La parroquia de 24 nacionalidades que «a veces parece la ONU»
La Crucifixión del Señor tiene un gran acento social «porque la Iglesia aquí ha querido estar junto a la gente». Es vecina de CEDIA, un centro para personas sin hogar
En los tiempos en los que el barrio del Caño Roto, en el extrarradio de Madrid, era una zona problemática, un puñado de monjas se acercó para levantar allí un colegio y empezar a ofrecer a todos la vida que trae la Iglesia. «Las Hermanas Irlandesas pusieron su colegio aquí como una opción preferencial por los pobres, y la vida parroquial comenzó al lado, bajo un árbol», cuenta hoy el párroco de la Crucifixión del Señor, Miguel Ángel Sastre.
Bajo ese árbol se concentraban entonces los vecinos para las Misas, las bodas y los bautizos, que poco más tarde empezaron a tener lugar en el gimnasio del centro. Sastre recuerda también a dos figuras míticas en la labor social de aquellos años: sor Aurelia, de las Hijas de la Caridad, y el padre Julio Palomar, que luego sería el párroco durante muchos años. Ambos se desgastaron ayudando a los jóvenes del barrio a y a sus familias durante la epidemia de droga que diezmó a aquella generación en los 70 y 80.
El párroco también menciona a la asociación Nazaret, presente en el barrio desde aquella época, vinculada a esta comunidad, que trabaja con pequeños y mayores y hoy asiste a 80 niños, a 65 adultos y a un grupo de migrantes que reciben ayuda laboral y con los trámites para su regularización. «El contexto en el que ha vivido la parroquia ha sido lo que ha marcado el acento social que tienen tan fuerte. Ha ido haciendo lo que se demandaba en ese momento; y la Iglesia siempre quiso estar ahí junto a la gente», dice Sastre.
Hoy, esa premisa sigue en pie, y en ese acompañamiento a la realidad de alrededor se ha acercado a muchos con otros acentos y otros idiomas. «De los españoles de los primeros tiempos solo quedan los mayores; sus hijos se tuvieron que marchar a otras ciudades del sur de Madrid», cuenta el sacerdote. Su sitio lo han ocupado desde hace algunos años inmigrantes, una gran mayoría latinoamericanos, y eso se nota en el templo. Por ejemplo, durante la reciente fiesta de la parroquia pusieron banderas de todos los países de procedencia de los feligreses y llegaron a colocar hasta 24. Para seguir dando aire internacional, desde hace 20 años los domingos celebra aquí la Eucaristía la comunidad rumana católica. «A veces esto parece la ONU», dice el párroco con humor, que en el elenco se incluye a sí mismo, uruguayo de nacimiento, y al vicario parroquial, un sacerdote de Angola de nombre Abreu.

A la Eucaristía diaria y a las dos dominicales se unen en el ámbito oracional los grupos de Biblia, el rosario, la adoración semanal, las catequesis de niños y jóvenes… «Esta es una comunidad muy sencilla», dice el párroco, para quien «nuestro principal trabajo es con Cáritas, que atiende no solo a los vecinos del barrio en dificultades, sino que intentamos ayudar a todo aquel que pasa».
En este sentido, dentro de su territorio está el centro residencial de Cáritas Jubileo 2000, con 71 familias acogidas, algunos de cuyos hijos acuden a recibir catequesis a la Crucifixión del Señor. Asimismo, pared con pared se encuentra el centro de acogida de Cáritas CEDIA, que atiende a hombres y mujeres en situación de calle, con el que esta iglesia comparte no solo un muro sino una misma sensibilidad.
«Ofrece una acogida de urgencia a estas personas hasta que encuentran una solución residencial más permanente», cuenta el párroco. Algunos de ellos, durante el tiempo que pasan en CEDIA, se integran en la Misa dominical e incluso leen las lecturas. Otros participan en la procesión del Viernes Santo, un vía crucis por las calles del barrio en el que también quieren participar. «Suele ser gente joven que ha venido a España buscando una vida mejor —cuenta Sastre—. Muchos son religiosos y traen a nuestra parroquia la fe que han vivido en sus países de origen».