La joya social de la diócesis de Ávila que encandila a la ministra de Defensa - Alfa y Omega

La joya social de la diócesis de Ávila que encandila a la ministra de Defensa

La Casa Grande de Martiherrero lleva desde 1965 al servicio de las personas con discapacidad intelectual. Primero como colegio de educación especial y hoy como residencia, centro ocupacional y centro especial de empleo

Fran Otero
Esta obra social de la diócesis de Ávila también organiza un certamen de teatro inclusivo. Foto: La Casa Grande de Martiherrero

Cuenta Pura Alarcón, directora general de la Casa Grande de Martiherrero, que cuando la ministra de Defensa, Margarita Robles, visitó esta obra social de la diócesis de Ávila se quedó impactada. «Fue ella –es diputada nacional por Ávila– la que nos dijo si la podía visitar. Vino y pasó un día entero con los chavales siendo ministra. Se dejó preguntar por ellos y salió realmente impresionada», añade Alarcón.

Desde entonces, Robles no ha dejado de preocuparse por la Casa Grande y por las 130 personas, todas ellas con discapacidad, que la habitan. Han sido ya varias las llamadas de la ministra al teléfono de Pura Alarcón para interesarse, para felicitar la Navidad… La última muestra de afecto fue hace una semana, cuando se hizo presente en una gala donde se nombró a cuatro nuevos embajadores de la casa:  Javier Pérez de Andrés (periodista), Carmen Esteban (Cadena SER), Santiago Portas (Banco Sabadell) y Ángel Martín (Espacio Castilla y León Digital).

No es de extrañar que este proyecto obtenga tal reconocimiento. Para los obispos que han ocupado la sede de Ávila desde la creación del centro es «la joya de la corona de la diócesis». Además de ser «una de las empresas más grandes de la ciudad de Ávila», pues emplea a más de 100 personas.

La Casa Grande, situada en Martiherrero, un pueblo a cinco kilómetros de Ávila, nació en 1965 de la mano de Cáritas –y con el impulso del obispo Moro Briz y del sacerdote Bernardo Herráez– para atender a las personas con discapacidad intelectual de la zona. Chicos cuyo principal hándicap, según Alarcón, no era la discapacidad sino el entorno. «Las familias no los atendían bien y a algunos incluso los escondían en corrales», afirma.

En un primer momento fue colegio de educación especial, donde llegaron a estudiar 300 chicos, pero a finales de los años 80 la situación educativa cambió y estos se empezaron a integrar en centros ordinarios públicos. Entonces, la Casa Grande pasó a ser un centro de servicios sociales.

En la actualidad esta obra tiene tres patas: el servicio de residencia, los talleres ocupacionales y un centro especial de empleo. En la Casa Grande viven 110 personas a tiempo completo, mientras que 20 la utilizan como centro de día. Hay personas que necesitan asistencia continua por su situación y hay otros con mayor autonomía. También se organizan talleres ocupacionales de carpintería o manipulados para empresas, entre otras, que permiten a los chicos tener una jornada de trabajo –de 10:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 19:00 horas–, que solo se interrumpe para acudir a sesiones de logopedia, fisioterapia… Por último, el centro especial de empleo es una lavandería industrial. «Surgió porque un grupo de chavales lo hacía muy bien en los talleres. Decidimos dar un paso más y ahora mismo trabajan 20 personas con discapacidad con su calendario laboral, su salario acorde… Tenemos en cartera 300 clientes del mundo de la hostelería de Ávila entre hoteles, casas rurales… Es una sociedad limitada que pertenece a la institución. Y como es de iniciativa social, si hay beneficios estos redundan en el proyecto», explica Pura Alarcón. Además, en la Casa Grande hay un coro que integran los propios usuarios y organiza un certamen de teatro inclusivo.

La ministra Margarita Robles pasó un día entero en la Casa Grande y se dejó preguntar por las personas que viven allí. Foto: La Casa Grande de Martiherrero

Con el Papa

En los últimos cinco años, la institución ha conseguido una mayor visibilidad gracias, sobre todo, al trabajo de Esther Martín, responsable de Comunicación y Marca. Una apuesta de Pura Alarcón con motivo del 50 aniversario de la institución en 2015. De Martín surgió la idea de nombrar embajadores –ya se han nombrado 20–, personas «con valores y principios, que sepan ponerse en el lugar del otro y estén al lado de los que menos tienen». «En la última gala dije que un embajador es el altavoz de voces a los que esta sociedad tan injusta solo oye pero no escucha», añade Alarcón.

Otra de las propuestas de la responsable de Comunicación fue grabar un vídeo con los chicos de la casa que luego se enviaron al Papa Francisco. En él, contaron quién era el Papa para ellos y mostraron su deseo de verlo. «A los dos meses llegó una respuesta desde el Vaticano y una invitación para participar en una audiencia papal. En septiembre allá nos fuimos: un grupo de chicos acompañados por el obispo, Jesús García Burillo, y el entonces secretario general y hoy obispo de Plasencia, José Luis Retana. Recuerdo que el Papa les pidió que rezaran por él, y uno de nuestros chicos le contestó: “Pida usted por nosotros para que sepamos llevar con dignidad lo que nos pasa”».