La Iglesia sí cree en la Unión Europea

Promover los «valores comunes» en su política exterior ayudará a los Estados europeos a superar sus divisiones, afirma la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE)

Ricardo Benjumea

Promover los «valores comunes» en su política exterior ayudará a los Estados europeos a superar sus divisiones, afirma la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE)

La Iglesia sí cree en la Unión Europea. En tiempos de fuerte descrédito del proyecto comunitario y a pocos días del referéndum británico, la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) ha publicado «La vocación de Europa de promover la paz en el mundo», un documento con sus aportaciones a la Estrategia Global de la UE, que será presentada este mes. Se trata, básicamente, de un llamamiento a los 28 a volver a abrazar los ideales fundacionales, para irradiarlos hacia el resto del mundo.

«La Unión Europea comenzó su vida como un proyecto de paz y reconciliación». «El dividendo de paz que ha aportado el proyecto europeo es precioso», escribe en el prólogo el cardenal Marx, arzobispo de Múnich y presidente de la COMECE. Pero si la UE ha dado a Europa paz y prosperidad, de cara al exterior su aportación ha sido mucho más modesta. En un mundo «más frágil de lo que hasta recientemente pensábamos», con «varios conflictos armados en las fronteras de Europa», de Ucrania a Siria pasando por Libia, los obispos piden a la UE que haga honor a «su vocación de promover la paz en su vecindario amplio y en el mundo». «La UE y sus Estados miembros tienen una responsabilidad particular de promover valores universales más allá de sus fronteras», afirma el documento. «Promover los valores comunes» hacia el exterior «ayudará también a superar las divisiones entre los Estados miembros, que a veces tienden a dar preferencia a sus intereses nacionales particulares antes que al bien común europeo y global».

Entre las peticiones, figura una mayor atención a la prevención de conflictos, en cooperación con instancias regionales y mundiales, como la ONU, la OCDE, la Unión Africana o la Liga Árabe. También se insiste en la necesidad de que los Estados miembros cumplan su promesa de elevar la cooperación al desarrollo al 0,7 % del PIB y desempeñen un papel mucho más activo en la promoción de los derechos humanos y de la justicia social en el mundo, sin olvidar la defensa del medioambiente o el control a las exportaciones de armamento.

Con cautela, los obispos europeos defienden una mayor integración en materia de política exterior y defensa, siempre que la cesión de soberanía de los Estados siga siendo voluntaria.
Una parte importante del documento –que entre sus redactores tiene a Emilio José Gómez, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, en representación de Justicia y Paz España– es «la amenaza del terrorismo fundamentalista». No es solo un reto de seguridad, «sino también social y cultural». Además de «controlar los flujos financieros» y «mejorar la cooperación en inteligencia», hacen falta «educación, integración y políticas sociales», y «hay que dar reconocimiento y apoyo al papel de los líderes religiosos y al valor del diálogo entre culturas y religiones».

La preocupación por el yihadismo se extiende a «la radicalización de jóvenes, muchos de ellos ciudadanos europeos, que con frecuencia carecen del sentido de pertenencia a la sociedad europea y tienen pocas perspectivas de futuro».

Ricardo Benjumea