La identidad de Europa - Alfa y Omega

La identidad de Europa

Alfa y Omega
Declaración de Schuman, en el Salón del Reloj, Quai d’Orsay, París (9 de mayo de 1950).

«La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas. Europa no se construyó y hubo la guerra»: así comienza la Declaración Schuman, propuesta, el 9 de mayo de 1950, por el ministro de Exteriores de Francia, hoy en proceso de beatificación, Robert Schuman. No puede ser más nítido el juicio sobre la causa de la terrible Segunda Guerra Mundial: «Europa no se construyó». El carbón y el acero, que Dios puso en manos del hombre para construir un mundo en paz y fraternidad, se utilizó para destruir. Quien reconoce la verdad de Dios y la verdad del hombre, creado a su imagen y semejanza, no puede por menos que seguir esa verdad, y así Schuman continúa: «Europa no se hará de una vez, ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho».

Es la concreción de la obra de Dios que no llama a los hombres en general, sino que envía a su Hijo Jesucristo, hecho hombre en el seno de una mujer bien concreta, María de Nazaret, y desde ahí va llamando e incorporando a Sí, uno a uno, a los hombres, ininterrumpidamente hasta hoy. Es el método de Dios, bien aprendido por el cristiano Schuman y sus hermanos en la fe, el alemán Adenauer y el italiano De Gasperi. Esta fe cristiana, y no otros intereses o ideologías, explica la oferta de Schuman: «La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, y cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas».

Es el primer paso en la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA, y con ello las bases para una Europa fiel a sí misma, es decir, fiel a sus raíces que no son otras que el cristianismo. No fue fácil el camino, hasta llegar a la firma de los Tratados de Roma en 1957, en la construcción de la hoy Unión Europea, y vale la pena fijarse en lo que Adenauer le escribe a Schuman, ante el grave contratiempo del rechazo, por el Parlamento francés, del proyecto lanzado en septiembre de 1950 de la Comunidad Europea de Defensa, cuyo Tratado se negocia durante dos años y se firma en mayo de 1952, para ser finalmente rechazado en 1954. Si el obstáculo no se supera –escribe Adenauer–, «nuestro objetivo de los últimos años –volver a construir un mundo europeo fundado en la paz y la libertad– se verá totalmente cuestionado. Nuestra finalidad –una Europa que descansa en los fundamentos cristianos y que podría dar al resto del mundo la imagen de su tradición y de su espiritualidad cristiana– habrá fracasado».

¿No son, en realidad, un eco de esta carta de Adenauer las palabras de Juan Pablo II en Compostela? Sin duda, no han perdido actualidad alguna: «La identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo»; y, tras la constatación de la verdad de Europa, la propuesta: «Yo, sucesor de Pedro en la sede de Roma, una sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes».

En el Congreso organizado por la Comisión de Episcopados de la Unión Europea, en el 50º aniversario de los Tratados de Roma, Benedicto XVI lo volvía a subrayar: «No se puede pensar en edificar una casa común europea descuidando la identidad propia de los pueblos de nuestro continente. Se trata de una identidad histórica, cultural y moral, antes que geográfica, económica o política; una identidad constituida por un conjunto de valores universales, que el cristianismo ha contribuido a forjar, desempeñando así un papel no sólo histórico, sino también fundacional con respecto a Europa». Y vemos cómo se reniega de esta identidad, de tal modo que el Papa no duda en hablar de «esta forma singular de apostasía de sí misma». Están el carbón y el acero, y está, o no, la dignidad del hombre que nos ha dado Cristo, para que haya paz y fraternidad, o haya guerra. «Una comunidad –concluye Benedicto XVI– que se construye sin respetar la auténtica dignidad del ser humano, olvidando que toda persona ha sido creada a imagen de Dios, acaba por no beneficiar a nadie».

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