La fe y los hechos - Alfa y Omega

Quien lea en la página web del Vaticano las catequesis del Papa Francisco en la audiencia general, sus palabras en el ángelus del domingo y las homilías de las grandes fiestas, sabe muy bien que la tónica de sus enseñanzas es positiva, constructiva, alegre y evangélica. Aun así, a veces tiene que llamar la atención sobre problemas, o dar algunas alarmas para que los fieles no se dejen engañar. Su alerta de que «el restauracionismo ha llegado a amordazar el Concilio» –especialmente entre grupos de Estados Unidos que han caído en la antipatía y oposición al Vaticano II– ha traído a primer plano las gastadas dicotomías entre liberales y conservadores, progresistas y tradicionalistas, o izquierda y derecha en esta larga fase de politización, liderada sobre todo por la derecha religiosa norteamericana desde la desaparición del comunismo en los años 90.

Aparte de que muchos restauracionistas son meras víctimas inconscientes de fake news y sofisticadas maniobras de crispación en las redes sociales y cámaras de eco, las viejas dicotomías no son las mejores herramientas intelectuales para entender el estado del cristianismo. También son parcialmente engañosas otras categorías como la de católico practicante, escuchada con frecuencia. Muchas veces se refiere a personas que asisten a Misa y reciben sacramentos, lo cual está muy bien en sí mismo.

Pero esa categoría es incompleta si la conducta no incluye el estilo vital de las bienaventuranzas (los voluntariamente pobres, los pacificadores, los limpios de corazón…), y las obras de misericordia (visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar posada al peregrino, visitar a los presos, enseñar al que no sabe…).

Quienes se limitan a participar en ceremonias –como suele suceder en la Iglesia ortodoxa rusa, que las oficia muy bien pero no exhorta a la caridad y calla ante los crímenes de guerra diarios en Ucrania– no son practicantes, sino meramente participantes.

El cristianismo consiste en amar a Dios y al prójimo con hechos, pues «obras son amores». Si falta la manifestación de la fe en la propia conducta, quizá no somos practicantes, sino solo participantes.