Ermanno Olmi alcanzó fama planetaria en 1978 cuando El árbol de los zuecos fue galardonada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Esta película rezuma humanidad desde el principio hasta el final en su descripción hiperrealista de la vida de unos campesinos en la Lombardía de finales del siglo XIX. Como en la mayoría de sus películas, Olmi prescinde de actores de primer nivel y cede el protagonismo a gente normal y corriente. ¿Humano, Olmi? Sí, muy humano. Pero, por encima de todo muy cristiano. «Todos necesitamos espiritualidad y nuestro amor ha de ser una señal visible para todos», declaraba hace seis años a Famiglia Cristiana.

En el caso de Olmi no se trataba de una declaración hueca o de una estratagema para meterse en el bolsillo a los lectores de una publicación señalada. No. El catolicismo era su vida, tanto en el plano personal –fueron 55 años de feliz matrimonio con Loredana Detto, que actuó en Il Posto, su segunda película– como en su obra.

El cineasta bergamasco trataba con la misma sutileza la vertiente popular de la fe –así lo ha subrayado la jerarquía eclesial por boca del padre Ivan Maffeis, responsable de Comunicaciones Sociales de la Conferencia Episcopal Italiana– como aspectos de mayor envergadura, como lo demuestra el capítulo «Génesis: la creación o el diluvio», dentro de la serie televisiva internacional Historias de la Biblia o, más recientemente, su largometraje sobre el cardenal Carlo María Martini, titulado Veis, soy uno de vosotros, sin olvidar el horizonte cristológico que se percibe en Centochiodi. Asimismo, permanecerán en la retina Vino un hombre, la primera película que se hizo sobre san Juan XXIII apenas dos años después de su muerte, o Alcide de Gasperi, en la que capta toda la dimensión espiritual del estadista católico.

Con todo, Olmi, sin renunciar a sus principios, no se encerraba en un marco beato: lo demuestra su autoría de la primera parte de Tickets, una película de viajes cuya continuación corrió a cargo de Ken Loach, el cineasta ideologizado por antonomasia. Olmi entendió que los católicos han de dialogar con el mundo sin encerrarse en él, como han venido señalando los siete Papas bajo los que desarrolló su extensa carrera. El último al que vio fue a Benedicto XVI en el Vaticano en 2012. Descanse en paz.

José María Ballester Esquivias