Hace 70 años, el 15 de septiembre de 1949, Konrad Adenauer, hombre de profunda fe católica y fuertes convicciones morales, era investido primer canciller de la República Federal de Alemania. Seis días más tarde estaba prevista la ceremonia de traspaso de poderes por parte de las tres potencias occidentales –Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia– que ocupan la parte occidental de Alemania –y sus correspondientes sectores de Berlín–, sobre la cual habían decidido impulsar la creación de un Estado democrático, en contra de la Unión Soviética que, como era de esperar, impuso una férrea dictadura comunista en la parte oriental. Pues bien, según refiere Hagen Schulze en su Breve Historia de Alemania, «para dejar bien claro cuál era la situación de la República Federal […], durante la ceremonia los tres representantes de los aliados iban a estar sobre una alfombra roja, mientras la delegación alemana ocuparía un lugar junto a la alfombra». Sin pisarla, claro.

Una humillación que Adenauer no estaba dispuesto a aceptar: estaba convencido que la nueva república no podía empezar dignamente su andadura si no respetaban mínimamente sus prerrogativas, incluidas las tocantes al protocolo, una herramienta al servicio de la política mucho más importante de lo que se cree, pero cuya transgresión puede revelarse necesaria en determinadas situaciones. La ceremonia del 21 de septiembre de 1949 era una de ellas. «El nuevo canciller federal, legitimado democráticamente […]», prosigue Schulze, «no permitió que los altos comisarios lo tratasen de aquella manera y, con toda naturalidad, caminó por la alfombra sobre la que, se suponía, no debía pisar». Inevitable consecuencia: «Con una sonrisa agridulce, los representantes de los aliados tomaron buena nota del gesto de Adenauer: el canciller federal había dejado claro que pensaba aprovechar el campo de acción que tuviera».

Lo aprovechó plenamente hasta el punto de hacer de la República Federal de Alemania la primera potencia económica de Europa en menos de tres lustros y de contribuir de forma decisiva a los inicios de la construcción europea. Y, como la historia se ha encargado de demostrar en incontables ocasiones, las grandes obras no se pueden realizar sin cuidar los pequeños detalles. Es lo que entendió Adenauer al pisar la alfombra.

José María Ballester Esquivias