Un hombre encarcelado en la prisión, con la mirada puesta en el crucificado, hace vida desde su celda la segunda estación del vía crucis: «Veo como te cargan con la cruz. Tu cruz. No. Tú no tuviste falta, no podías tener cruz, pero la llevas. En la soledad de mi chabolo he pensado y he visto que no es tu cruz la que llevas, sino la mía, las de todos nosotros. Es mi cruz personal, esa que por no saber decir no a tiempo me hizo caer en la droga, lo que cambió mi vida por completo.

Ella fue la que me apartó de mi familia, de mi mujer, de mis amistades y de mi trabajo. Me quitó de ser honesto conmigo mismo, de ser leal, cariñoso, honrado… y me lanzó al mundo de la miseria, de la hipocresía, de la mentira, del pillaje. Me convirtió en esclavo. Me hizo originar una gran cruz a mi familia, empezando por la persona que más quería, mi madre. He tenido que llegar a la cárcel para que, desde la soledad, comience a pensar y a ver la realidad de las cosas y de las personas que me quieren. Y ahí veo a mi madre, que me quiere, y a la que quiero cada día más. Mi cruz le hace sufrir, llorar, desesperarse, por eso hoy quisiera quitarle esa cruz.

También he creado cruces a los que he robado, pegado, engañado, a los que he introducido en este maldito mundo. Veo la cruz de mi mujer, a la que he insultado, pegado, maltratado… Para ella he sido todo menos un hombre. La consideré todo menos mi compañera. Y la cruz de la enfermedad que me acongoja y se apodera de mí…, pero me la busqué yo solito.

Te puse la cruz sobre los hombros y te la cargué con mis pecados, con la soberbia y la avaricia que nacen de mi propia maldad. Te puse una corona de espinas y maltraté tu cuerpo con los golpes. Desde esta realidad, dura y sombría, te pido que me ayudes a abrazar mi cruz y seguir caminando junto a ti sin temores. Quisiera estar allí, en el sendero del Calvario, para ayudarte. Hoy necesito que me muestres tu rostro para que no fracase con el peso de esta cruz: la cruz de la cárcel. Solo llevándola con alegría podré acurrucarme un día a tu lado y convertirme en tu discípulo».

Paulino Alonso
Capellán de la cárcel de Soto del Real. Madrid