La cronista del alma rusa

Ricardo Benjumea
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«Solzhenitsyn pensaba que el gulag fortalecería a la persona. Shalamov, en cambio, decía que aquel infierno corrompería tanto al verdugo como a la víctima… Es evidente el triunfo de Shalamov», sentenciaba la premio Nobel de Literatura Svletalana Aleksiévich durante un viaje relámpago hace unas semanas a Madrid, invitada por el Instituto Aspen y la editorial Acantilado, que ha publicado en España El fin del Homo sovieticus.

«Tratamos con una élite corrupta, con una sociedad corrupta». «El hombre-masa» que conforma la nueva Rusia ha proyectado en Vladimir Putin «sus rencores y su sentimiento de inferioridad», añadía la periodista y escritora. Pero lo más interesante y original en Aleksiévich no es tanto su afilada crítica al actual hombre fuerte de Rusia, sino su descripción del «pequeño Putin» que se esconde dentro de miles de personas desencantadas por aquel sueño fracasado que fue la perestroika de Gorbachov.

El capitalismo mostró en Rusia su rostro más cruel. Aterrorizada, una mayoría de rusos se echó en brazos de un nuevo Stalin que no ha arreglado los problemas sino que ha buscado un chivo expiatorio en el extranjero. Ha vuelto la histeria militarista de los tiempos soviéticos. El lugar del marxismo-leninismo lo ocupa ahora la peculiar visión de la ortodoxia que defiende el archimandrita Tijon, padre espiritual de Putin, «y todo ese grupo de personas que, cuando hablaban en los 90, la gente se reía de ellos, y ahora son las que gobiernan».

A unos y a otros les da voz la escritora. Aleksiévich ha elevado el periodismo a una nueva categoría, en la que un coro de miles de voces anónimas tejen el relato de los acontecimientos. Es el mismo método elevado a las más altas cumbres literarias en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate). Entonces la escritora mostró la Segunda Guerra Mundial a través de mujeres combatientes que, alejadas de la épica oficial, contaron sus emociones, miedos y vivencias en el frente. Ante una situación límite, «una persona elegía convertirse en verdugo y firmaba la condena a muerte de sus amigos, mientras que otra, sometida a torturas, se negaba a hacerlo».

La autora destaca el caso de un hombre arrestado junto a su mujer en las purgas estalinistas en 1937. Durante la guerra le liberaron para permitirle ir al frente, de donde volvió con varias medallas. Le devolvieron el carné del partido. «Yo estaba feliz, besaba esa libreta roja», contaba el hombre, que hasta pasado un buen tiempo, fue incapaz de tomar conciencia de que sus benefactores habían asesinado a la persona a quien más amaba.

Ricardo Benjumea