«El compromiso por el bien común -escribe Benedicto XVI en su encíclica de 2009, Caritas in veritate-, cuando está inspirado por la caridad, tiene un valor superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno». No hay mayor garantía, ciertamente, del verdadero progreso en los asuntos temporales que la fe en la vida eterna, que actúa por la caridad. No ha dejado de demostrarlo la Historia, una y otra vez, por mucho que se difunda el falso cliché de que los creyentes en el cielo no trabajan por la tierra. Sencillamente, porque la caridad, como dice también el Papa, «da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Y añade más adelante: «El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil, aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco». La caridad, en efecto, es la mejor garantía para una política a la altura de la dignidad del hombre. Y cuanto más grave aparece la situación social, económica y política, como hoy sucede en España, mayor habrá de ser, lógicamente, ese compromiso de la caridad que se traduce en la máxima responsabilidad a la hora de dar el voto en unas elecciones.

«Sin entrar en opciones de partido», como dicen los obispos españoles en la Nota de su Comisión Permanente ante las ya cercanas elecciones generales, en este número de Alfa y Omega buscamos, nada más, y nada menos, que ayudar «al ejercicio responsable del deber de votar». Estas páginas no están para hacerle la campaña a ningún partido, ni tampoco para denigrar a nadie, sino para dar esas pistas de fondo que ayuden a un voto responsable. ¿Acaso hay mayor ayuda que acoger el don de Dios, que es justamente la Caridad misma, a cuya imagen hemos sido creados? En Asís, junto a representantes de las distintas religiones del mundo, e incluso agnósticos y ateos «que buscan la verdad, al verdadero Dios», Benedicto XVI ha recordado que «el muro cayó», y que «apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz». La fe no sólo tiene pleno derecho a estar presente en la vida pública, sino que es su mejor aliada: sin ella, se derrumba. Con ella, en cambio, los que caen son los muros destructores de lo humano.

El encuentro de Asís, tan poco atendido, tristemente, por los medios españoles, en continuidad con aquel primero de 1986 convocado por Juan Pablo II, no es en absoluto irrelevante para los asuntos sociales, económicos y políticos. ¡Todo lo contrario! En la encíclica Centesimus annus, de 1991, el Bienaventurado Juan Pablo II evoca así la caída del muro: «Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el Derecho y la moral… Hubiera sido impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la Historia, que tiene en sus manos el corazón de los hombres». Y los hechos igualmente no han dejado de demostrar, como afirma su sucesor en Caritas in veritate, que «la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a injerencias de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva», y tales posturas «han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían». Palabras que evocan las de Juan Pablo II, hace ya dos décadas, en Centesimus annus: «Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la Historia».

Dice la Nota de los obispos que, «cada uno, deberá sopesar, en conciencia, a quién debe votar para obtener, en conjunto, el mayor bien posible en este momento». Para tal reflexión en busca de ese mayor bien posible, no puede ser más luminosa la doctrina social de la Iglesia expuesta a lo largo de estas líneas, y en primer lugar la que es, en expresión de Benedicto XVI en Caritas in veritate, su vía maestra: la caridad.