La apuesta del Papa por la diplomacia en zonas calientes

A Francisco le preocupan sus embajadores alrededor del mundo. Sabe que padecen no pocas tentaciones, desde el deseo a ser tratados con especiales honores hasta criticar directamente al Papa, incluso en los medios de comunicación. Por eso, ha reservado para ellos un discurso punzante, una llamada a la conversión. No para reprenderlos sino porque, en realidad, él cree especialmente en la diplomacia. La necesita, sobre todo, para influir en las zonas calientes del mundo. Allí donde, desde el inicio de su pontificado, se ha propuesto llevar la paz

Andrés Beltramo Álvarez
El Papa durante su encuentro con los nuncios apostólicos, en la sala Clementina del Vaticano, el pasado 13 de junio. Foto: CNS

A Francisco le preocupan sus embajadores alrededor del mundo. Sabe que padecen no pocas tentaciones, desde el deseo a ser tratados con especiales honores hasta criticar directamente al Papa, incluso en los medios de comunicación. Por eso, ha reservado para ellos un discurso punzante, una llamada a la conversión. No para reprenderlos sino porque, en realidad, él cree especialmente en la diplomacia. La necesita, sobre todo, para influir en las zonas calientes del mundo. Allí donde, desde el inicio de su pontificado, se ha propuesto llevar la paz

De Oriente Medio a Sudán del Sur. De Venezuela a Colombia. De Ucrania a la República Centroafricana. De Estados Unidos a Cuba. Jorge Mario Bergoglio ha intervenido activamente en los escenarios más violentos del planeta. Allí donde la concordia escasea. Lo ha hecho a través de la diplomacia vaticana tradicional, pero también de otra paralela. Él habla de promover la «cultura del encuentro» mediante gestos de buena voluntad y cercanía humana entre las partes en conflicto. No siempre ha cosechado éxitos inmediatos, pero esto no ha mermado su voluntad de acercar posiciones.

Un ejemplo emblemático. En noviembre de 2015 y contra la recomendación de algunos de sus colaboradores, el Pontífice viajó a Bangui. Quiso allí cumplir un gesto sugestivo. Una semana antes de la apertura oficial del Jubileo de la Misericordia, decidió abrir la Puerta Santa en la catedral de la ciudad más importante de República Centroafricana. Así, el Año Santo no se inició en Roma, sino en uno de los países que mejor representan la periferia del mundo.

Aquel momento se logró gracias a una intensa labor de diplomacia vaticana silenciosa. Y gracias también a este viaje apostólico, los principales líderes políticos del país firmaron un histórico acuerdo de paz que aún pervive. Aquella arriesgada visita brindó frutos tangibles de reconciliación a un pueblo enfrascado en décadas de lucha intestina.

Esta historia demuestra cuánta importancia reserva el Papa a la diplomacia de la Santa Sede en las zonas calientes del mundo. Por eso, resulta de suma importancia el discurso que Francisco brindó a los nuncios apostólicos del mundo convocados en Roma el pasado 13 de junio. Un mensaje incisivo, que el Pontífice quiso dejar por escrito y hacer público, aunque la reunión tuvo lugar a puerta cerrada y en el más estricto hermetismo.

La prensa se concentró en los pasajes más picantes del mensaje papal. Sobre todo cuando Francisco advirtió que resulta «inconciliable el ser representante pontificio con el criticar por detrás al Papa, tener blogs e, incluso, unirse a grupos hostiles a él, a la Curia y a la Iglesia de Roma». Los observadores identificaron esta frase con el ex nuncio apostólico en Estados Unidos, Carlo María Viganó, quien se ha convertido en uno de los más célebres críticos del Obispo de Roma gracias a sus manifiestos públicos contra el Papa. Pero esas palabras no iban dirigidas solo al diplomático italiano, quien –por cierto– se encuentra desaparecido y no acudió al encuentro del Vaticano. El mensaje llevaba otros destinatarios, esos sí presentes.

Preocupado por la acción eficaz de los nuncios pero, sobre todo, por la congruencia de los diplomáticos, Bergoglio presentó un decálogo de recomendaciones. «El nuncio que olvida ser un hombre de Dios se arruina a sí mismo y a los demás; se sale del carril y daña también a la Iglesia, a la cual ha dedicado su vida», dijo.

«El nuncio deja de ser “hombre de Iglesia” cuando inicia a tratar mal a sus colaboradores, al personal, a las religiosas y a la comunidad de la nunciatura como un mal patrón y no como un padre y pastor. Es triste ver a algunos nuncios que afligen a sus colaboradores con las mismas angustias que ellos recibieron de otros nuncios cuando eran colaboradores», añadió. «Es feo ver un nuncio que busca el lujo, la indumentaria y los objetos de marca en medio a la gente privada de lo necesario. Es un contra-testimonio. El honor más grande para un hombre de Iglesia es ser siervo de todos», siguió.

Aunque no todo fueron reproches en el discurso papal. Francisco recordó a los nuncios que deben ser hombres con «celo apostólico», una fuerza que «protege del cáncer de la desilusión»; que deben proteger a la Iglesia «ante las fuerzas del mal que buscan siempre desacreditarla, difamarla y calumniarla»; y deben buscar la reconciliación, teniendo siempre abiertas las nunciaturas al encuentro de la gente.

Pero, sobre todo, subrayó que los nuncios son «hombres del Papa» y, por eso, no tienen permitido ser hipócritas, más allá de sus «simpatías» o «antipatías». Porque el buen embajador vaticano, insistió, es un hombre de obediencia, de iniciativa, de oración, de caridad actuante y de humildad.

El español Alberto Ortega, nuncio en Irak y Jordania, durante una visita a los cristianos de Erbil (Irak), en 2016. Foto: AFP/Safin Hamed

Reuniones que se han convertido en tradición

Palabras especialmente explícitas. Frases que el Pontífice quiso hacer públicas, aunque no las pronunció. Sí las escribió y las firmó. Las entregó a los nuncios al terminar un encuentro privado con ellos en la mañana del jueves 13 en la sala Clementina del Palacio Apostólico. En cambio, prefirió utilizar las dos horas de audiencia para un coloquio libre con preguntas y respuestas.

Sobre el contenido de ese diálogo el Vaticano mantuvo el más estricto silencio. Nuncios consultados aclararon que no estaban autorizados a hablar sobre los asuntos abordados. El mismo secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Pietro Parolin, prefirió no entrar en detalles «dado que se trató de un encuentro a puerta cerrada». Pero precisó que se trató de un diálogo «muy abierto y franco». «Seguramente los nuncios apreciaron las respuesta que el Papa dio, porque no tuvieron miedo de entrar en temas delicados hablando con mucha apertura», apuntó, en declaraciones al portal de la Santa Sede Vatican News.

La conversación fue el punto culminante de tres días de reuniones que los nuncios sostuvieron en Roma hasta el sábado 15 y que incluyeron una imprevista Misa de exequias que Francisco encabezó en la basílica de San Pedro para despedir a León Kalenga, el embajador vaticano en Argentina que falleció en Roma justo antes del encuentro.

Estas reuniones ya se convirtieron en tradición. Eran un viejo reclamo de los nuncios, desde tiempos de Benedicto XVI. La primera tuvo lugar en junio de 2013, la segunda en 2016. Instauradas cada tres años por el Papa argentino, quien ha demostrado así su interés explícito por la diplomacia vaticana, a pesar de que él mismo proviene de una experiencia pastoral totalmente distinta.

Interés manifestado también con la inédita creación, a finales de 2017, de la Tercera Sección en la Secretaría de Estado, dedicada exclusivamente a los nuncios apostólicos y sus necesidades. Y, además, con las visitas (en su mayoría privadas) que el Papa ha realizado a las instalaciones de la Pontificia Academia Eclesiástica, el centro de formación de los futuros nuncios ubicada en el corazón de Roma, a pocos pasos del famoso Panteón. Francisco ha aprovechado esos encuentros para insistir en la congruencia y la preparación necesaria para desarrollar ese delicado papel.

«Creo que el Santo Padre está muy abierto y bien dispuesto a recibir comentarios, observaciones, reflexiones sobre las diversas cuestiones. Al mismo tiempo nosotros debemos buscar mantener la unidad, que es la condición para la eficacia de nuestra acción en el mundo. Seremos mucho más eficaces cuanto más estemos realmente unidos en las cosas esenciales. Por ello, sobre todo como representantes pontificios, debemos tener esta unidad con el Papa y esta adhesión a su enseñanza que se debe traducir más concretamente en actitudes de compartir su pensamiento y su dirección», explicó Parolin.

Y apuntó: «Estamos abiertos a recibir todo el empuje y también correcciones que nos puedan servir para mejorar de verdad nuestro servicio, porque queremos dar un servicio cada vez más grande a la Iglesia, al Papa y a los hombres. Por lo tanto, los llamamientos del discurso del Santo Padre deben ser leídos en este sentido positivo. Me parece que así han sido acogidos y vividos por los participantes».

Andrés Beltramo Álvarez
Ciudad del Vaticano