Juan Pablo II y Pekín

Cristina Sánchez Aguilar
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En septiembre se cumplirá el 25 aniversario de un hito histórico: 189 gobiernos de todo el mundo negociaron compromisos para promover los derechos de la mujer y dar un paso adelante definitivo hacia la igualdad. En la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, se formularon compromisos que hoy siguen siendo una fuente de orientación e inspiración en ámbitos como la violencia, la capacitación, la salud, el acceso al poder o a la toma de decisiones. Aunque hay países que sí implementaron algunos de estos avances en sus agendas, ninguna nación ha logrado ejecutar las propuestas por completo. La brecha salarial y los empleos de baja calidad, la violencia física o sexual, o la falta de atención de salud en el parto, que causa la muerte de 800 mujeres al dar a luz cada día, son algunos ejemplos del trabajo inconcluso.

Una delegación de la Santa Sede, compuesta en su mayor parte por mujeres, participó en las reuniones preparatorias del encuentro de la ONU, y escuchó «con gran interés y estima las esperanzas y los temores, las preocupaciones y las exigencias de mujeres de todo el mundo». Así lo aseguró el entonces Pontífice Juan Pablo II, el 26 de mayo del mismo año, en una carta enviada a la secretaria general de la conferencia, Gertrude Mongella.

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Pero el santo polaco, que siete años antes había escrito su encíclica Mulieris dignitatem, recordaba a Mongella que las soluciones a los problemas planteados no podían basarse solo «en el reconocimiento de la dignidad inherente e inalienable de la mujer, y en la importancia de su presencia y de su participación en todos los ámbitos de la vida social». El éxito de la conferencia dependería de «si ofrece una visión verdadera de la dignidad y de las aspiraciones de la mujer», una visión «capaz de inspirar y apoyar respuestas objetivas y realistas a los sufrimientos, las luchas y las frustraciones» de las mujeres. Estas respuestas, advirtió, no se logran entendiendo la igualdad de dignidad como «idéntica al hombre». Esto, recalcó Juan Pablo II, solo «empobrecería a la mujer y a toda la sociedad, deformando o perdiendo la riqueza única y los valores propios de la feminidad».

Para el Pontífice no deberían existir dudas de que «las mujeres tienen pleno derecho a insertarse activamente en todos los ámbitos públicos y su derecho debe ser afirmado y protegido incluso por medio de instrumentos legales». La Conferencia de Pekín era una vía irrepetible para «ayudar a consolidar este desarrollo positivo y esperanzador». Algo consiguió, aunque queda mucho camino por andar.

Cristina Sánchez Aguilar