Jornadas eternas, palizas... Así viven los pescadores de Tailandia

Apinya Tajit, responsable de Apostolado del Mar en el sureste de Tailandia, ha llevado al Congreso Mundial de esta entidad la voz de los pescadores invisibles del sureste asiático

María Martínez López
Un joven víctima de tráfico de personas muestra los daños sufridos en sus manos a bordo de un pesquero tailandés

Apinya Tajit, responsable de Apostolado del Mar en el sureste de Tailandia, ha llevado al Congreso Mundial de esta entidad la voz de los pescadores invisibles del sureste asiático

Rahat rondaba los 50 años cuando llegó a la estación de autobuses de Bangkok desde una región remota de Tailandia. Un amigo le había ofrecido un trabajo en la capital. Pero poco después de bajar del autocar, «otro hombre se me acercó y me invitó a trabajar con él en un pesquero. Me dijo que el sueldo sería mucho más alto». Aceptó, y después de varios días encerrado en un edificio y otros diez o doce más de viaje por el mar, llegó al pequeño barco que se iba a convertir en su cárcel. Cuando embarcó, descubrió que el sueldo que le habían prometido –10.000 baht (255 euros), en vez de los 200 o 230 euros que ganaría en tierra– era mentira.

Sin contrato y sin recibir nada a cambio, Rahat trabajaba a veces durante todo el día, según lo exigiera la situación de los bancos de peces. «Por cada tres horas de trabajo, nos dejaban parar media hora o una, así que en total descansábamos cinco o seis horas al día. Si alguno estaba herido o enfermo, le obligaban a seguir faenando». En una habitación de tres metros cuadrados dormían siete personas, tan apretadas que si una se giraba tenían que hacerlo las demás. Las verduras frescas se agotaron en unos días, y únicamente las reponían cada dos meses. «Solo comíamos pescado cocido». Así pasó cuatro años, hasta que una vez que atracaron en una isla de Indonesia se escapó y buscó otro trabajo. Sin embargo, no tenía ni dinero ni papeles para volver a casa.

El testimonio de Rahat nos llega a través de Apinya Tajit, subdirectora del Apostolado del Mar en la diócesis de Chanthaburi, en el sureste de Tailandia. En 2015, Tajit acudió a Indonesia porque recibió el aviso de que había muchos pescadores atrapados en sus islas más pequeñas. Después de rescatar al grupo de 130 personas, entre ellos Rahat, el Gobierno tailandés pidió su colaboración en una gran operación que devolvió a sus casas a 2.000 pescadores tailandeses y de otros países que habían sido abandonados por sus patronos o habían huido de sus barcos.

Pescado basura a bordo de un pesquero tailandés

La semana pasada Tajit participó en el XXIV Congreso Mundial del Apostolado del Mar, celebrado en Taiwán bajo el lema Atrapados en la red. y que se centraba en el tráfico de personas en el sector pesquero. Esta laica tailandesa compartió la situación en su país. También la denunció Max Schmid, subdirector de la Fundación Justicia Ambiental (EJF por sus siglas en inglés), una ONG británica que investiga y monitoriza las violaciones de los derechos humanos de los pescadores en este país.

De la sobrepesca a la esclavitud

Tailandia ilustra a la perfección cómo comportamientos ecológicamente irresponsables desembocan en la explotación de, en este caso, unas 200.000 personas. Décadas de exceso de pesca han generado una grave carencia de peces. Si en los años 1960 se capturaban casi 300 kilos de pescado por hora de trabajo, en los últimos años el mismo esfuerzo apenas logra 30. Para compensar la pérdida de ingresos, los empresarios recurren a redes de tráfico de personas, que les ofrecen mano de obra casi gratuita, captada en los países vecinos y las zonas rurales de Tailandia.

Un tercio de los pescadores a bordo de pesqueros tailandeses no ganan ni 150 dólares al mes, y el 94 % no tienen contrato. Además, según diversos estudios, los patronos son dueños de su vida y su muerte. El 68 % han sufrido violencia física o sexual. Y, según una encuesta a un pequeño grupo de trabajadores, el 59 % habían visto cómo sus compañeros eran ejecutados.

Los pescadores están totalmente atrapados en una red de deudas impagables a sus traficantes, amenazas… y miles de kilómetros de agua. Los viajes cada vez más largos en busca de peces hacen que los pesqueros permanezcan de forma indefinida en alta mar. Otras embarcaciones los abastecen y recogen las capturas; por lo que hay pescadores que pasan meses, o años, sin pisar tierra. «Son invisibles. Cuando compráis marisco, compráis las lágrimas de jóvenes asiáticos», afirma Tajit a Alfa y Omega.

Tercer exportador mundial

En los últimos años, y a raíz de varias advertencias internacionales, Tailandia ha aprobado varias leyes para intentar poner fin a la esclavitud en el mar y la pesca ilegal. «Estamos trabajando con el Gobierno. Todavía queda mucho por corregir, pero hace falta tiempo», valora Tajit.

Pero, más allá de las leyes, el problema es que este engranaje de explotación está al servicio de un mercado internacional que tiene en Tailandia a su tercer exportador de marisco a nivel mundial. Incluso el pescado basura cada vez más presente en las redes –especies no deseadas, en malas condiciones o alevines– se procesa y se utiliza como alimento en las granjas de gambas destinadas sobre todo, una vez más, a la exportación. La pesca de alevines impide, por otro lado, la regeneración de la fauna marina: un círculo vicioso.

Una cara amiga en los puertos

Apinya Tajit explica el material que hay en un botiquín antes de entregárselo a los pescadores en Si Racha. Foto: Archivo personal de Apinya Tajit

Tajit y su equipo del centro Stella Maris del puerto de Si Racha juegan un papel fundamental para acabar con la esclavitud en el mar. Son de las pocas personas en los puertos en las que las víctimas pueden confiar, pues muchos otros, policías incluidos, son cómplices de las mafias. El primer paso –explica– es informar sobre las leyes laborales tailandesas. Durante sus visitas, algunos pescadores le piden ayuda en secreto. «Tenemos además un teléfono con traductores camboyanos y birmanos».

Cuando reciben una solicitud de ayuda, hacen las primeras pesquisas y contactan con la autoridad competente en cada caso. «Si el barco está en aguas tailandesas, los cuerpos de seguridad llevan el barco a tierra para investigarlo. Si no, contactamos con el país en cuyas aguas están. La mayoría de los casos tienen que ver con problemas de salud, accidentes de trabajo, impagos, tráfico de personas, trabajo forzado y servidumbre por deudas». Tajit también participa en inspecciones a los barcos, y su centro ofrece a los pescadores atención sanitaria, un albergue, y clases de alfabetización para que sus hijos puedan ir al colegio.

María Martínez López


Atrapados en la red

La situación de los pescadores víctimas del tráfico de personas y que trabajan en condiciones inhumanas «no se limita a ciertas zonas geográficas, sino que está creciendo en todo el mundo e implica a hombres, mujeres e incluso niños. El Papa Francisco ha definido el tráfico de personas como un crimen contra la humanidad. Queremos comprometernos a luchar contra esta vergüenza». El cardenal Peter Turkson, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, explicaba así el lema escogido para el XXIV Congreso Mundial del Apostolado del Mar, que reunió en Taiwán a 250 representantes de 52 países: Atrapados en la red.

La presencia de este ministerio en 311 puertos de todo el mundo hace de la Iglesia un testigo de excepción y una importante fuerza de cambio para poner fin a las nuevas formas de esclavitud que se dan en alta mar. Durante su intervención en el congreso, el cardenal Turkson animó a los participantes a que trabajen para que sus países de origen se adhieran e implementen el Convenio 188 sobre el Trabajo en Pesca, de la Organización Internacional del Trabajo, que entrará en vigor en noviembre. Los capellanes portuarios deben también esforzarse por «transmitir a los trabajadores del mar la solicitud de Dios por ellos».