Javier Gomá: «la dignidad es lo que estorba a los planes racionales»
El Seminario Conciliar de Madrid ha acogido un diálogo entre Javier Gomá Lanzón, director de la Fundación Juan March, y José Antúnez Cid, decano de la Facultad de Filosofía de San Dámaso
Reflexionar sobre la dignidad de la persona, uno de los conceptos clave del pensamiento contemporáneo, ha sido el propósito de la conferencia organizada la Universidad Eclesiástica San Dámaso (UESD) este 19 de febrero. La dignidad, un concepto revolucionario, título de este evento, forma parte del seminario permanente «Cristianismo y cambio de época».
Transformación personal y colectiva
El diálogo entre Javier Gomá Lanzón, director de la Fundación Juan March, y José Antúnez Cid, decano de la Facultad de Filosofía de la UESD, en el Salón de Actos del Seminario Conciliar, ha querido mostrar el concepto de dignidad humana como un auténtico motor de transformación personal y colectiva.
Javier Gomá destacaba la necesidad de que la Filosofía pueda dar luz y calor como punto de partida desde el que dirigirse a los presentes. En referencia al tema a ser abordado, afirmaba que dignidad y ejemplaridad son conceptos que están en todas partes, pero no han sido nunca objeto de un estudio filosófico, con una exposición universal y abstracta, aunque son conceptos aplicados a la disciplina jurídica y a la bioética. En su opinión, la dignidad es «un concepto que todo mundo siente, pero nadie define», y que nos lleva a ver al resto de la humanidad como deudores de un respeto. Para Gomá, «la cosificación es el mayor delito contra la dignidad».
El concepto de dignidad
Hasta el siglo XVIII, la verdad está en la totalidad, lo que posibilitaba la teoría de que el mundo es bueno, bello y perfecto. A partir de ese momento se incide en el concepto de individualidad autorreferente, que condiciona el concepto de dignidad, que será individual y conflictiva, en palabras de Gomá, que se define como militante a favor de la dignidad. La novedad está en que se pasa de la supremacía del interés general, de la polis, frente al individuo, a que el interés general cede ante la dignidad individual, viendo la dignidad moderna como aquello que resiste ante el despotismo de la mayoría, ante el bien común, ante el interés general, ante el progreso social.
Desde esa perspectiva, «no puedes producir, promover o invocar el interés general o el bien común, o el progreso social si implica el atropello de la dignidad individual», afirmaba. Una novedad histórica que le lleva a decir «la dignidad es lo que estorba a los planes racionales, incluso a los planes buenos». Desde ahí se entiende el cuidado a los vulnerables, cuyo cuidado dignifica a la humanidad.

Para el presidente de la Fundación Juan March es necesario distinguir entre dignidad ontológica, inherente al ser, y dignidad pragmática, que tiene que ver con las condiciones de vida y comportamientos. Más que felicidad, condicionado a poseer en términos aristotélicos, Gomá dice que hoy se habla de ser dignos de ser felices. Igualmente reflexionaba sobre la relación entre dignidad y miseria, lo que le lleva a decir que el hombre es víctima de una cosificación escalofriante. Por eso, señaló que la muerte es un atropello a nuestra dignidad intolerable y absurdo, una destrucción absurda, algo verdaderamente escandaloso, que no tendría que ocurrir.
Diversas perspectivas
Una dignidad que se aborda desde diversos puntos de vista, según José Antúnez. A partir de la experiencia cristiana, defensora de la dignidad humana, reflexionaba sobre la dignidad existencial, que la vincula a la noción de persona, como algo concreto que lleva al individuo humano a ser visto como un quién y no solo un qué. Una dignidad que es un don de Dios, subrayaba el decano de la Facultad de Filosofía de la UESD.
«Los fundamentos de la moral dependen del sentimiento», según Gomá, algo que ha llevado a nuevas evidencias y a superar ideas aceptadas en otras épocas. Ponía como ejemplo que hasta no hace mucho tiempo era evidente, inclusive para las mentes más brillantes, que la mujer tenía menos dignidad que el hombre, algo que hoy resulta inaceptable. Desde ahí sostiene que «la educación, pero también la filosofía y la cultura, en el fondo es una administración de evidencias», dado que «todo depende de lo que nos resulta evidente», lo que le lleva a pensar que el principal motor es «crear una educación sentimental de la gente que vea como evidente cosas rectas, decentes, excelentes como la dignidad».

Para Gomá, «ciudadano es alguien que siente su propia dignidad y la dignidad ajena», y desde ahí resaltaba que «el mayor valor moral de la sociedad es el asco», que considera movilizador y generador de una nueva realidad moral que nace de la vida social y no del pensamiento racional.
Escuchar el Evangelio
Al final de este diálogo, el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, daba algunas pistas para un mundo marcado por un cambio de época. En sus palabras se remontaba al Sermón de Montesinos, en La Española, en 1511, que considera «uno de los más significativos momentos de la conciencia moral en la historia moderna». Allí se denunciaba, sin hablar de dignidad en sí misma, la crueldad y tiranía de los colonizadores contra los indígenas, con palabras en las que aparece «la contemplación de la vida herida y de la escucha del Evangelio».
Algo que manifiesta que «antes del derecho está la vida, antes de la formulación conceptual está el reconocimiento moral”, y que «la persona no vale por lo que tiene ni por lo que produce, sino por lo que es», subrayó Cobo. Ideas presentes en la declaración Dignitas infinita, que afirma que la dignidad ontológica pertenece a todo ser humano. Desde ahí deducía que «la dignidad no es una concesión jurídica, ni un premio moral, sino una realidad previa que el derecho está llamado a reconocer y proteger».
El arzobispo de Madrid, frente a la afirmación de Hobbes que dice que «el hombre es un lobo para el hombre», sostiene que «aunque la humanidad esté marcada por el pecado original, la bondad constituye su atributo fundamental», hasta el punto de que «la dignidad no depende del mérito moral», pues es anterior y superior al comportamiento moral. Una dignidad humana que, en la encarnación, «alcanza una cota insuperable».

Dignidad y bien común
El magisterio del Concilio Vaticano II, en palabras del cardenal Cobo, reconoce el crecimiento de la conciencia de la dignidad humana y, al mismo tiempo la multiplicación de las violaciones de esa dignidad. Junto con ello, Evangelii Gaudium pide que la dignidad de cada persona humana y el bien común estructuren toda política económica, «aunque moleste hablar de la dignidad de los débiles o de un Dios que exige compromiso con la justicia».
Cobo sostiene que «abandonando la ideologización, el cristianismo debe asumir el seguimiento misionero de Jesús y de su causa, protegiendo la vida en todas sus etapas y defendiendo también la dignidad con la que se vive». A ello se une lo relacional como parte de esta dignidad, que todos sean tratados como miembros de la comunidad y portadores de una dignidad común, frente a una delimitación de esa dignidad a espacios individuales, algo que en la tradición cristiana viene de la Trinidad y su relación interpersonal.
Frente al imperativo del poder, marcado por la globalización, que genera exclusión y debilita vínculos, el cardenal propone el camino de la catolicidad y la Eucaristía, que lleva a la «universalidad sin borrar las diferencias. Es la lógica del encuentro, donde cada cultura aporta su riqueza su riqueza y donde todos nos reconocemos hijos de Dios y hermanos». Aquí los pobres tienen un puesto muy especial, porque «pertenecen por derecho evangélico a la vida de la Iglesia», concluyó.