Jacob Rees-Mogg, católico y brexiter

José María Ballester Esquivias
Foto: EFE/Andy Rain

Jacob Rees-Mogg personifica, tal vez mejor que ningún otro, el empeño del ala más intransigente del Partido Conservador por salir cuanto antes de la Unión Europea, aun pagando el alto precio que supondría un brexit sin acuerdo previo con Bruselas. Sostiene el diputado por el distrito de North East Somerset que un Reino Unido libre de ataduras europeas se convertiría en poco tiempo en un polo de prosperidad gracias al libre cambio y una bajísima presión fiscal. Coherente, lo es: euroescéptico desde antes incluso de ser elegido diputado –llegó a la Cámara de los Comunes en 2010, tras dos intentos fallidos–, fue uno de los principales promotores de la campaña del Leave en 2016. Desde entonces, no escatima esfuerzos ni se para en barras para conseguir el objetivo en torno al cual ha forjado su fama política, por lo que se ha convertido –según varias cabeceras británicas– en una «pesadilla» para el número 10 de Downing Street cuya inquilina es su compañera de partido Theresa May. El mensaje es tan criticable como nítido: la consecución del brexit prevalece sobre cualquier otra consideración, aunque eso implique sacudir la estabilidad institucional.

Estas pretensiones rupturistas no deben hacer olvidar que Rees-Mogg es el típico representante del establishment británico más clásico: hijo de un mítico director de The Times –y miembro del Pontificio Consejo para la Cultura, nombrado por Juan Pablo II–, educado en Eton y en Oxford, hizo sus pinitos financieros siendo adolescente antes de emprender una exitosa carrera en la City, siendo a día de hoy socio principal –pero carente de capacidad ejecutiva– de un fondo de inversión cuyos activos ascienden a varios miles de millones de euros y que opera en paraísos fiscales. Se calcula que el patrimonio familiar rondaría los ciento diez millones de euros. Obviamente, vive en consonancia. Y sin complejos en plena ofensiva feminista: hace dos años, recién nacido su sexto hijo, se jactó de no haber cambiado un pañal en su vida, dando la cínica explicación de que la nanny no se lo permitiría. Faltaría más.

Otro aspecto que no oculta es su fe católica. Baste decir que su matrimonio se celebró por el rito tridentino –la mentalidad de su padre era mucho más conciliar–, que procura rezar el rosario todos los días y que exhibe sin tapujos sus convicciones provida, si bien es consciente de la imposibilidad de derogar a corto plazo la ley del aborto o el matrimonio homosexual. Personaje interesante, si bien su sectarismo en el tema del brexit, así como algunas discutibles prácticas financieras no posibilitan que pueda ser considerado un referente ético. De momento, no compite con Tomás Moro o con Juan Fisher.

José María Ballester Esquivias