¿Hoy cenamos arroz o cuscús?

Son las cuatro de la tarde del lunes en el barrio de Chamberí, el segundo más caro de la capital. Entre dos lujosos edificios, el portal se mantiene orgulloso, aunque más sencillo que la media. Pertenece al Ayuntamiento, y sus viviendas las gestiona la Empresa Municipal de la Vivienda, que alquila los pisos a precios bajos para moradores necesitados. En el sexto y en el tercero viven ocho vecinos muy especiales. Son jóvenes, fuertes y altos. Son africanos, marroquíes y latinoamericanos. Son deportistas, jardineros y cocineros. Son católicos y musulmanes. Son una familia que discute por si cenar arroz o cuscús, por hacer comida marroquí o africana. Por quién limpia la cocina. Una familia, al fin y al cabo, formada gracias a la ONG Cesal

Cristina Sánchez Aguilar
Foto: Archimadrid/José Luis Bonaño

Cuando llamamos al telefonillo tardan un poco en responder. Alphonse nos atiende con voz de dormido, es la hora de la siesta tras una larga mañana de formación y papeleos infructuosos. Tiene 19 años según la legislación española, aunque en realidad él sabe que tiene todavía 18 «porque cuando cruzó la frontera, como venía sin papeles, las autoridades decretaron que tenía un año más», señala Fernando Morán, responsable de jóvenes de Cesal, la ONG coordinadora de los pisos. Llegó hace ocho meses a España con una solicitud de asilo bajo el brazo. Tras seis meses viviendo en el programa de ayuda al refugiado de CEAR, tuvo que buscar una vivienda, tal y como corresponde a la segunda fase del programa. CEAR le derivó a Cesal para realizar un curso de jardinería y fue así como llegó hasta la casa de Chamberí.

Alphonse apenas se comunica por una mezcla de desconocimiento del idioma y de timidez, pero sonríe cuando la periodista señala su bonito reloj. «Me lo regaló mi padre», dice orgulloso, esta vez en un perfecto español. La palabra padre la aprendió pronto, porque le recuerda tiempos felices, pero no en su Costa de Marfil natal, ni en Guinea Conakry, donde vivió la mayor parte de su vida. Tampoco le trae recuerdos de Togo, Argelia o Marruecos, países en los que malvivió durante tres años antes de llegar a Europa. Su padre se llama Bernard y es suizo, y Alphonse le conoció tras viajar hasta el país de habla francófona, donde él se siente cómodo. El hombre, jubilado, y su mujer, Christine, conocieron al marfileño y le acogieron como a un hijo. «Pero cuando empezó a tramitar los papeles para pedir el estatuto de refugiado, las autoridades suizas le devolvieron a España, el país por el que había entrado en Europa, siguiendo el reglamento de Dublín», explica Morán.

Su sueño es volver a Suiza con su familia adoptiva, que por cierto vino a visitarle a Madrid hace un mes. De momento, tiene la tarjeta roja que acredita que su solicitud de asilo ha sido aceptada a trámite y en cuanto tenga el estatuto de refugiado –si se lo aceptan– podrá moverse libremente y volver a casa. Mientras, tendrá que bordear obstáculos como el de la mañana del lunes, cuando en el centro de salud le denegaron la tarjeta sanitaria aun con la tarjeta roja en el bolsillo. «Esta semana le acompañaré yo, porque cuando van ellos solos a hacer gestiones… les pueden ocurrir cosas como esta», cuenta Fernando.

El sonriente de la casa

Mientras intentamos sacarle con sacacorchos las palabras a Alphonse, suena el telefonillo. Ya ha terminado la jornada laboral y los muchachos vuelven a casa. Esta vez entra la alegría del hogar, Jean, con una sonrisa de lado a lado y una energía pegadiza. «Es muy trabajador, y también muy cabezota», bromea Morán, que hace el seguimiento de la convivencia y el día a día en los pisos. Atleta profesional, Jean solicitó asilo en España cuando llegó, hace casi tres años. Pero se lo denegaron. De momento, le falta un mes para poder solicitar el arraigo y cuenta las horas. «Mientras, trabajo como jardinero y participo en un club de atletismo en Leganés».

Jean, de 22 años, saltó la valla de Melilla tras huir de su Guinea Conakry natal. «Allí estuve dos meses y después me trajeron a un pueblo de Madrid, donde viví cinco meses entre montañas. Y eso que, cuando estaba en Marruecos esperando para dar el salto, soñaba con vivir en Valencia. Pero el hombre propone y Dios dispone nuestro futuro. Y acabé en Madrid, viviendo en un centro de CEAR los primeros seis meses de la solicitud de asilo», cuenta en español con gran soltura. Más de la esperada para dos años de aprendizaje.

Desde CEAR le derivaron a Cesal para hacer un curso de mantenimiento y «fue allí donde conocí a Fernando y me cambió la vida», afirma. Morán recuerda aquel primer contacto: «Jean siempre se quedaba después de clase solo en el ordenador. Un día le invitamos a comer y vi que cogió una tortilla con chorizo. Como pensaba que era musulmán, le quité rápido el chorizo y luego, al empezar a comer, se santiguó». Así que le devolvió su embutido y supo que el guineano era católico. «Y practicante», añade él. «Nunca pensé que alguien que no fuera tu padre pudiera velar así por ti, buscarte un techo, proveerte de comida, estar pendiente de tu salud…, hasta que encontré a gente como Fernando, que tienen amor en el corazón para alguien como yo. Y así mi corazón volvió a respirar».

Hamsa, el líder del grupo

Hamsa es marroquí y llega a la casa, prácticamente a la vez que Jean, de su jornada como jardinero en una empresa de San Fernando. Es el responsable de ambos pisos «porque es el que lleva más tiempo con nosotros», explica Morán. Tiene 24 años, pero conoce a los miembros de Cesal desde los 17, cuando «tras entrar en España con un visado de turista con mi padre me escapé para quedarme, porque no quería volver a Marruecos. Aunque cuando me vi solo llamé para que vinieran a por mí». Nunca regresaron. «Mis tíos, que vivían aquí, me pegaban y no quería seguir con ellos». Gracias a un chico dominicano conoció los cursos de formación de la ONG «y así empezó mi nueva vida», acompañado «de gente que de verdad me quiere y me lo demuestra. Por eso no he acabado en la droga, no robo, no he entrado en la comisaría… porque quiero labrarme un futuro aquí».

Reconoce de sí mismo «no ser fácil en la convivencia», pero esta nueva tarea de su vida, «de ayudar a recoger chavales en situación de dificultad y formar una familia» es «dura, pero bonita». Ante su modestia, Fernando le anima a contar la historia con Soufiane, otro chico marroquí que lleva poco tiempo en los pisos. El nuevo salió de un centro de menores con problemas de drogas, y Hamsa «está pendiente de él y le está sacando adelante», explica Morán en su lugar. «Ha robado, ha hecho de todo… llegó a España agarrado a una cuerda de un barco con 15 años y luego escondido en las chimeneas para cruzar a la península», añade Hamsa, que afirma «darle caña, porque no me gusta cuando ha tenido un momento libre y se ha ido a beber. Pero él lo entiende perfectamente y va cambiando poco a poco».

El último que llama al telefonillo es Thomas, más tímido si cabe que Alphonse. Tiene 20 años y nació en Burkina Faso, donde llegó a ser jugador de la selección nacional de fútbol. Su sueño, balbucea, es «jugar en el Barça» y, aunque dice que cinco meses son pocos todavía, «me siento en familia». No logramos arrancarle ninguna frase más.

Faltan un senegalés, otro chico colombiano y un guineano más. Están trabajando o haciendo papeleos, pero por la noche volverán a la casa que los acoge durante el tiempo que necesiten antes de poder volar, como el propio nombre del proyecto indica –se llama Proyecto Volar y dos han volado ya–. Por cierto, los fines de semana la casa se ensancha para acoger a dos chicos de un centro de menores que no tienen con quién pasar sus permisos de fin de semana. La familia, y dos más.

Cristina Sánchez Aguilar
@csanchezaguilar


Jean, Thomas, Hamsa y Alphonse. Foto: Archimadrid/José Luis Bonaño

Thomas es futbolista profesional. Jugaba en la selección nacional de Burkina Faso. Tiene 20 años y su objetivo es ser parte de la plantilla del Barça.

Hamsa es el veterano del grupo. Marroquí de nacimiento, es el responsable de los pisos y su nueva tarea es acoger, como hicieron con él, a los chicos que más lo necesitan.

Alphonse es costamarfileño. Su sueño es volver a Suiza, donde conoció a un matrimonio jubilado que le acogió como a un hijo.

Jean es atleta y en pocos meses podrá participar en su club de forma oficial, porque pronto se cumplirán sus tres años de estancia en España. Aunque ser jardinero le encanta.


La casa de los refugiados

Exterior de la casa de la Almudena, de la ONG Cesal. Foto: Alfa y Omega

La casa de la Almudena, donde hasta hace poco convivían varias familias con niños en acogida, ha dejado paso al nuevo proyecto de la ONG Cesal, de acogida también, pero esta vez de familias de refugiados. «Todo empezó hace menos de dos meses, y ya tenemos con nosotros a familias de Venezuela, República Centroafricana y Siria; en total, viven 35 personas en este grupo de casas que comparten zonas comunes», explica Jessica Martín, responsable del proyecto. Aunque el número ascenderá hasta 50 en los próximos meses.

Además de otorgar un techo, el trabajo de la ONG «es acompañarlos en su día a día, en la parte legal con procesos como el empadronamiento, la escolarización de los niños, el acceso a la salud, la asesoría jurídica… y también en el trabajo de integración, con clases de español e inserción laboral. De lo que se trata es que hagan un trabajo de autonomía exprés» en esta primera fase del proyecto, subvencionado por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, cuyo objetivo es que a los seis meses ya sean capaces de vivir de una forma más autónoma.

Martín recalca también la importancia del trabajo emocional. «El trastorno de estrés postraumático lo tienen todos, incluso dificultades físicas». Y recuerda cómo «el primer día que hemos ido con ellos al centro de salud hemos vuelto con 20 recetas para cada uno». Aunque, recalca la responsable de el proyecto, también van mejorando, como «las hijas mayores de una familia siria, que nos dijeron que desde hace unas semanas ya no piden medicinas a su madre para el dolor de cabeza». Se acabó la tensión.

El proceso de confianza también es lento: «Recuerdo al padre de una de las familias sirias, que cuando llegó me miraba muy serio, como en guardia. Y entiendes que es un hombre con mucho miedo que lleva años arrastrando a toda su familia a lugares desconocidos con gente desconocida. Pero después de un mes ves cómo empieza a disfrutar de cosas sencillas, su agradecimiento… y comprendes que empieza a confiar». De hecho, por las fiestas navideñas se juntaron todas las familias y prepararon pastel para los miembros de Cesal y los niños hicieron una obra de teatro sorpresa.

La segunda fase del proyecto, más autónoma, consistirá en la búsqueda de una vivienda propia con ayudas económicas y acompañamiento durante 18 meses.


La Iglesia propone un gran pacto por la hospitalidad

Natalia Peiró, secretaria general de Cáritas Española, y Juan Antonio Menéndez, obispo responsable de migraciones de la CEE, durante la rueda de prensa de presentación de la Jornada del Emigrante y del Refugiado el pasado lunes. Foto: CEE

La campaña para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado anima a las comunidades católicas, a la sociedad civil y a las autoridades políticas a trabajar juntos por la acogida e integración de migrantes

En España no ha habido «brotes de xenofobia», a diferencia de lo sucedido en otros países europeos, donde las reacciones de rechazo proceden incluso de comunidades católicas que apelan a la protección de «la identidad» cristiana de sus sociedades. «Desde nuestra experiencia en otros momentos de la historia, hemos aprendido que el forastero es un hermano», se felicitaba el lunes el obispo de Astorga, responsable de la Comisión de Migraciones, al presentar la campaña para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado de este domingo.

Monseñor Juan Antonio Menéndez pasó a renglón seguido a enumerar los «muchos retos» pendientes, comenzando por el incumplimiento del cupo de refugiados que el Gobierno español se comprometió ante la Unión Europea a acoger. También reiteró la petición de cierre tanto de los centros de estancia temporales como los de internamiento, los polémicos CIE, junto a las críticas a las devoluciones sumarias y colectivas, por las que –recordó– «nuestro país ha sido condenado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos». «Hay que tener mucho cuidado para que, en la frontera sur, no se lesionen los derechos fundamentales de los migrantes, especialmente de los menores», dijo.

Las directrices vienen marcadas desde Roma, donde el Papa ha querido hacerse cargo personalmente de la nueva sección de Migrantes, dentro del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. La Santa Sede ha elaborado un catálogo de 20 puntos para que las Iglesias locales trabajen de forma coordinada de cara a lograr el compromiso de sus gobiernos en la reunión de la Asamblea General de la ONU de septiembre, en la que se espera la aprobación de dos pactos mundiales sobre refugiados y emigrantes. El reto es avanzar en el respeto a los derechos fundamentales de unos 250 millones de personas en el mundo obligadas a vivir lejos de sus hogares. El documento abarca todas las dimensiones de este fenómeno, desde la apertura de rutas legales y seguras para los migrantes –de otro modo, abocados a jugarse la vida y a pagar fortunas a las mafias–, a medidas eficaces para facilitar la integración de estas personas en las sociedades de acogida.

Contactos con el Gobierno

«Estamos trabajando con diversos contactos con los ministerios correspondientes y los intensificaremos en los próximos meses», anunció Juan Antonio Menéndez. Esa labor de lobby incluye la propuesta de los corredores humanitarios, «una vieja aspiración de la Conferencia Episcopal». La Comunidad de Sant’Egidio ha abierto ya estos canales en varios países europeos, facilitando alojamiento, aprendizaje del idioma y capacitación laboral a refugiados que, en colaboración con las autoridades, la propia organización identifica en campos de refugiados. En España, los obispos han intercedido ante la Administración para su puesta en marcha, pero «hasta el momento no hemos tenido éxito», a pesar de que la propia Iglesia se ofrece a cargar con los costes.

Los contactos no se limitan a la Administración pública. Cada vez es más habitual la cooperación con organizaciones civiles no católicas. A modo de ejemplo, en el vídeo elaborado por la CEE para esta jornada, han colaborado los activistas Óscar Camps (ProActiva Open Arms) y José Palazón (Prodein), además del fotoperiodista Javier Bauluz. «La Iglesia no es la única defensora de los migrantes y sería bueno que cada vez más personas se fueran involucrando», dijo el director de la Oficina de Comunicación de la CEE, José Gabriel Vera.

Compartir el viaje

Junto al obispo de Astorga, la nueva secretaria general de Cáritas, Natalia Peiró, habló de la cooperación intraeclesial por medio de la Red Migrantes con Derechos, que abarca a las principales organizaciones católicas en el campo social. A escala internacional, Cáritas Española colabora con las cerca de 200 organizaciones hermanas en el mundo en la campaña Compartiendo el viaje, que pretende deshacer prejuicios y fomentar «acciones sencillas de encuentro entre la comunidad local y las personas inmigrantes». El reto es aprender a «reconocer en los otros a personas valiosas que tienen la capacidad de enriquecernos».

Se trata, en primer lugar, de lanzar una «llamada a nuestras comunidades cristianas para involucrarse en una convivencia intercultural», una línea central en la intervención directa de Cáritas que, al mismo tiempo, en el plano de la incidencia política, denuncia «el fracaso de las políticas orientadas al control policial de los flujos migratorios». Para frenar las migraciones –destacó Peiró– no existen muros suficientemente altos. Sin embargo, «si todos somos parte de ese cambio, serán una gran oportunidad».

Ricardo Benjumea