«Hemos de atrevernos a ser distintos del mundo»

Joan Planellas será desde el sábado arzobispo de Tarragona. Le hace «sufrir» que algunos le presenten como «independentista». La Iglesia –cree– debe ayudar a serenar ánimo

Ricardo Benjumea
Foto: Medios de Comunicación. Arzobispado de Tarragona

Joan Planellas será desde el sábado arzobispo de Tarragona. Le hace «sufrir» que algunos le presenten como «independentista». La Iglesia –cree– debe ayudar a serenar ánimos

«La Iglesia no se identifica con ninguna opción política», insiste una y otra vez Joan Planellas (Gerona, 1963). El hasta ahora decano de la Facultad de Teología de Cataluña recibe el 8 de junio la ordenación episcopal en la catedral de Tarragona. De sacerdote pasa directamente a arzobispo, hecho muy inusual. La Santa Sede ya dio la sorpresa a finales de 2015 con el nombramiento de Juan José Omella para Barcelona, y ahora remata la jugada poniendo al frente de la otra archidiócesis catalana a otro prelado de perfil netamente pastoral y social.

No ha sido precisamente esta, sin embargo, la clave de lectura que han ofrecido muchos medios. Planellas confiesa que le han hecho «sufrir» las interpretaciones en clave política y lamenta que algún «episodio muy puntual» de su biografía se haya «extrapolado totalmente» para presentarle como un «obispo independentista», lo que califica de «fake news». Más bien –considera–, hoy en Cataluña los católicos deben ser «elementos de cohesión que contribuyan a curar heridas» y a calmar los «ánimos exaltados».

Alejado del mundo en los días previos a su toma de posesión, el nuevo arzobispo atiende a Alfa y Omega desde su retiro en el monasterio cisterciense de Santa María de Solius (Gerona). Su prioridad –insiste– será aplicar en la Iglesia local de Tarragona las reformas del Papa Francisco, que son básicamente «las reformas del Concilio». Las resume en «volver a Cristo, volver al Evangelio, volver a las bienaventuranzas…». Siempre «con una actitud propositiva, desde una actitud de diálogo abierto con los demás, porque el Evangelio se propone, no se impone, como podríamos haber hecho en otras épocas».

Ello exige del obispo «un espíritu de humildad, pensando en que esta es una tarea de servicio al pueblo santo de Dios y con el pueblo santo de Dios», avanzando hacia una Iglesia más inclusiva y participativa, lo que en argot eclesial se conoce como «sinodalidad».

Esa cercanía al pueblo, cree Planellas, demanda igualmente de los obispos «manifestar nuestro profundo amor por el país. La Iglesia se pone a su servicio porque siente la urgencia de anunciar en ese contexto el Evangelio, a la persona de Jesucristo y su Reino, que son el tesoro mas grande que tenemos. Tenemos que incidir en ello, conociendo la personalidad y las trazas propias de nuestro pueblo». Lo cual –matiza de nuevo– «no quiere decir que nos identifiquemos con una determinada opción política».

¿Existe ese peligro en la Iglesia –y no me refiero solo a Cataluña, ni tampoco solo a los obispos y sacerdotes–: sacralizar la propia ideología, identificándola con el Evangelio?

Este problema lo aborda el Concilio [en Gaudium et spes]: en la Iglesia caben todas las opciones mientras sean opciones de dialogo constructivo y respeten los derechos inalienables de las personas. Corresponde a la ciudadanía decidir el presente y el futuro del país, de la nación o del Estado. En este sentido es importante contar con políticos bien preparados que busquen el bien común, el cual, como decía ya Rousseau en El contrato social, está hecho de las renuncias de cada posición para el bien colectivo, pero parece que esto lo hemos olvidado.

Gracias a Dios los católicos hemos superado actitudes como las que se dieron en los años previos a la Guerra Civil, en los que la Iglesia estaba identificada con una determinada opción política. Hay cristianos militando en diversos partidos. Los laicos, a título individual, tienen la responsabilidad de trabajar por el bien del país, pero como subraya el Vaticano II no pueden pretender actuar en nombre de la Iglesia.

En una situación de tensión como la que se vive hoy, ¿qué aporta el diálogo de los obispos de las diócesis catalanas con el resto del episcopado español en la Conferencia Episcopal Española (CEE)?

Que los obispos de Cataluña estén en la CEE es una gran riqueza, porque posibilita un dialogo, un entendimiento, desde una capacidad de escucha ante los problemas que tiene esta tierra, esta parte del Estado español. Ahora, por otra parte, también es muy importante, y esto ya se hace, que los obispos de las diócesis con sede en Cataluña trabajen como una unidad pastoral, aglutinadas en sus dos provincias eclesiásticas, la tarraconense y la de Barcelona. El cardenal Omella y yo hemos hablado mucho y vemos la importancia de trabajar conjuntamente.

«Spiritus iuvenem facit Ecclesiam». ¿Por qué ha elegido este lema episcopal?

Le estuve dando muchas vueltas, y al final me decidí por esta frase de la [constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II] Lumen gentium: «Con la fuerza del Evangelio [el Espíritu] rejuvenece la Iglesia». Si tengo un plan pastoral es este: volver al Evangelio de Jesús, vivido con fuerza interior, compartido sin amagos. Esto es lo que nos salvará del naufragio espiritual. De lo contrario, los vaivenes y sacudidas provocados por tantas oscilaciones que provienen de un mundo inestable y ambiguo acaban desquebrajando nuestra voluntad e hiriendo gravemente la juventud y la alegría de la vida cristiana. Me uno especialmente a aquellos puntos del Papa Francisco en su reciente exhortación a los jóvenes en los que insiste en que hemos de atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños diferentes de los que este mundo nos ofrece, a dar testimonio de la belleza del Evangelio.

Ricardo Benjumea