«Hacía tiempo que en Artenara no se oían tantas risas por la calle» - Alfa y Omega

«Hacía tiempo que en Artenara no se oían tantas risas por la calle»

Travesías, exposición de Pepe Naranjo y Juan Luis Rod, llega a Gran Canaria para dar voz a menores migrantes y sus familias. Seguirá abierta cuando esté el Papa, quien esperan que subraye que «son personas con sueños»

María Martínez López
Mariama junto al Bufadero de La Garita, en Telde (Gran Canaria).
Mariama junto al Bufadero de La Garita, en Telde (Gran Canaria). Foto: Juan Luis Rod.

Cuando el padre de Mariama Dampha, carpintero, cayó desde una altura de cuatro metros en su Lamine natal (Gambia) y se lesionó hasta el punto de no poder volver a trabajar, la primogénita de cinco hermanos decidió emigrar. Sentía que era su responsabilidad. Llegó a Tenerife en cayuco con el objetivo de ponerse a trabajar lo antes posible y a los pocos días pasó a Gran Canaria. Al ser menor de edad, entró en un centro de acogida donde, pasado el shock de no poder comunicarse en inglés como esperaba, empezó a estudiar. Inició un ciclo de Auxiliar de Enfermería: «Desde que era pequeñita siempre quise ayudar a la gente», asegura. Pero al cumplir los 18 tuvo que dejar el centro, sin nada. Ahora se levanta a las cuatro y media de la madrugada para trabajar en un hotel y ha tenido que dejar los estudios, aunque está tratando de retomarlos.

Mariama es una de los 13 jóvenes llegados a Canarias que protagonizan Travesías. Menores migrantes, el largo viaje. Este proyecto se presentó el pasado lunes en Las Palmas de Gran Canaria y allí, en Casa África, seguirá la exposición cuando el Papa León XIV visite la isla, el 11 de junio. Además de la muestra, se ha editado un fotolibro, un documental —montado por David Linuesa— y el libro en el que otra joven, Binta, cuenta con gran hermosura su experiencia de dejar su pueblo con el sueño de jugar al fútbol. 

Estas historias nos llegan de la mano del periodista Pepe Naranjo y del fotógrafo Juan Luis Rod; aunque ellos, de forma pionera, han querido que sus nombres compartieran espacio en los carteles con los de los chicos, que también participaron en la presentación. La iniciativa surgió a petición y con la financiación del Gobierno de las islas, que tenía interés en publicar un producto divulgativo sobre las migraciones. Al planteárselo a Naranjo y Rod, estos le ofrecieron centrarse en los menores no acompañados y sus familias. 

La familia extensa de Issa en su casa de Bargny, en Senegal. Abajo, el muchacho con el Club Baloncesto Los Realejos.
La familia extensa de Issa en su casa de Bargny, en Senegal. Abajo, el muchacho con el Club Baloncesto Los Realejos. Foto: Juan Luis Rod.

Tras la intensificación de las llegadas —más de 5.000 entre 2020 y 2025—, «ha habido un gran debate social y político sobre su acogida y su distribución en otros territorios», que se ha iniciado en los últimos meses, señala Naranjo. Pero al mismo tiempo que empezaban a aparecer estos chicos en los colegios, parques y canchas de deporte isleños, «ha emergido un discurso, más que odio, de incomprensión y desconocimiento de su contexto, de su vida, de por qué vienen o cuáles son sus intenciones». Y, frente a él, «sentíamos que se había escuchado poco su propia voz». 

En febrero del año pasado, Naranjo empezó a visitar centros de menores para buscar a sus protagonistas. En un principio iban a ser solo cinco, pero «le empezaban a contar historias y veíamos algunas muy potentes», relata Rod. «Nos vinimos arriba muy rápidamente» y las cinco se convirtieron en 13, de ocho centros de acogida de cuatro islas. Veían necesario contar con más chicos para mostrar la variedad de realidades que representan, si bien hay casos más frecuentes, como la huida de la guerra de los que vienen de Mali; o del matrimonio, para bastantes chicas. 

Así lo cuentan las familias

En consecuencia, la dificultad del proyecto se multiplicó, pues siempre tuvieron la intención de viajar a sus países de origen (Senegal, Marruecos, Guinea Conakry, Mali y Gambia) para conocer a la familia de cada joven y su entorno. Hablaron hasta con Ibrahima Gariko, profesor de inglés del maliense Male, que decidió emigrar mientras trabajaba como albañil en una ciudad costera de Mali. Ahora sueña con ser electricista para ayudar a su madre y sus hermanos pequeños, que por culpa de las sequías y las lluvias irregulares ya no pueden vivir del campo, y a cuya región, Selifely, ha llegado la guerra. Su maestro aún recuerda su inteligencia y su «letra bonita y cuidada».

Escuchar a las familias es clave para conocer el fenómeno migratorio, con todos sus matices. Naranjo recuerda encontrar, también en Mali, una familia prácticamente matriarcal porque casi todos los hombres emigraron; y ahora una mujer lo hacía por primera vez. O escuchar al padre de la muchacha que con 13 años huyó de un matrimonio forzado explicar cómo «había intentado hacer lo mismo que su padre y su abuelo», ajeno a un mundo que «ha cambiado y en el que las niñas quieren tener su propia vida». Entre los padres que sabían de las intenciones de sus hijos —«muchos se fueron sin decirlo»—, «algunos las veían con buenos ojos y otras las rechazaban de pleno». Aunque, en general, para las familias «es muy importante que tengan estas oportunidades». 

Una nueva familia

«Adam estaba traumatizado» por la violencia que veía sufrir en Marruecos a su madre, Fátima, casada antes de los 18 con un pariente. Cuando por fin ella pidió ayuda, la consecuencia fue la pobreza, hasta el punto de llegar a tener solo pan y aceite para comer muchos días. «Adam sufría porque no podía ayudarme así que decidió irse» sin haber cumplido los 14 años. «Fue durísimo para mí, lloré durante dos días enteros», recuerda su madre. En el centro de menores de Tinajo, en Lanzarote, Junior, un educador, se fijó en cómo el chico salía a jugar al patio solo. Empezó a conocerlo mejor. Él también había sufrido por los malos tratos y, luego, cuando su madre emigró a España desde República Dominicana. Decidió convertirse, en marzo pasado, en su padre de acogida.

—¿A costa de arriesgar la vida?

—Allí los peligros les vienen por todos lados. El guineano Saliou es huérfano de padre y madre y se fue con 10 años. Ya estaba teniendo una vida difícil y en su cabeza de niño veía que no había posibilidades para él y asumió el riesgo como una parte de la vida. Además me he dado cuenta de que su percepción tiene que ver también con la narrativa. Aquí tenemos una muy dominada por las muertes. En África, es la de las casas de cemento que se construyen gracias al dinero que mandan los migrantes, la del estatus que adquieren o la de la mujer que se ha podido pagar un tratamiento contra el cáncer porque su hijo está en Francia. 

También llegan las noticias negativas. «Pensé mucho en todos esos accidentes y me asustaba», confiesa el padre de Mariama. «Pero estábamos desesperados». Naranjo considera que para entender la realidad de estos adolescentes es asimismo muy importante «el vínculo que mantienen» con sus familias, ya que la migración «está muy marcado por la comunicación permanente por los móviles y redes sociales». Y las «expectativas» puestas sobre ellos desde unos contextos donde se trabaja desde pequeños. Esto les genera bastante presión, como cuando la madre de Mariama la llama para decirle que sus hermanos pequeños llevan días sin poder tomar pollo ni pescado, solo arroz blanco.

Querían dar la cara

Juan Luis Rod comparte que, junto a la complejidad e intensidad de tantos viajes a África para contar la historia completa, otro reto al que se enfrentó al principio como fotógrafo era contar visualmente sus historias sin poder mostrar explícitamente su rostro, por ser menores tutelados. Finalmente sí han podido hacerlo con la mayoría, porque algunos ya han cumplido los 18 años y buena parte de los que no, encantados con el proyecto, «querían salir, contar su historia y que se los viera. Reclamaron a la Fiscalía de Menores» y consiguieron autorización. Poder relatar ese «¿y ahora qué?» tras la mayoría de edad es otra de las piezas del puzle. «Están muy protegidos hasta que cumplen los 18 y de la noche a la mañana se ven sin nada», ni papeles a veces, y obligados a buscar un lugar donde vivir y un trabajo para pagarlo, explica Naranjo. Aunque empieza a haber pisos de transición a la vida adulta, aún son muy insuficientes. 

El Papa los pondrá en el mapa

Sobre la presencia de León XIV en Gran Canaria el 11 de junio coincidiendo con su muestra, Rod bromea que «nos ha venido Dios a ver. Es un gran empujón mediático para que se siga hablando del tema migratorio». Y confiesa su ilusión por que alguien pudiera hacerle llegar un ejemplar de los dos libros. Naranjo no cree que la visita del Santo Padre cambie mucho el fenómeno, pero «va a ser capaz de situar en el mapa mundial» una realidad «que se está dando aquí desde hace más de 30 años, y que en algún momento ha sido incomprendida desde fuera». Las migraciones «van a seguir y hay que asumir que es algo estructural, no coyuntural. Hay que facilitar que los procesos de acogida sean estables y que no se hable más de crisis como algo pasajero que hay que resolver».

Espera que, al igual que ellos con su exposición, lance el mensaje de que «lo que vienen son personas con sueños, expectativas, que quieren mejorar sus vidas»; algo a lo que «tienen todo el derecho». Al tiempo, le gustaría oír al Santo Padre hablar de «la importancia de la acogida, algo muy cristiano», en un momento de recrudecimiento de las políticas antimigratorias a nivel de toda la UE. Por eso, acoger es «un ejercicio de resistencia más necesaria que nunca». 

Una clase del colegio de Artenara (Gran Canaria), que ya no se enfrenta a la amenaza de cierre.
Una clase del colegio de Artenara (Gran Canaria), que ya no se enfrenta a la amenaza de cierre. Foto: Juan Luis Rod.

Con todo, cree que la respuesta de la sociedad canaria ha sido «más positiva que negativa. He visto muchas experiencias de solidaridad». Más aún: del impacto positivo que la llegada de estos muchachos tiene en algunos sitios. Como en Artenara, un pueblo de montaña en Gran Canaria. «Se habían quedado casi sin niños y dijeron: “vamos a abrir un centro de menores porque nos van a cerrar el colegio”». Ahora, «las señoras mayores van al centro a ver a los chiquillos y el alcalde me decía que hacía tiempo que no se oían tantas risas por la calle». 

En efecto, la acogida «funciona en doble sentido», asegura Naranjo: «A ellos se les da otra oportunidad pero también aportan muchísimo». Empezando por la enseñanza que supone para sus coetáneos canarios. El periodista recuerda a su sobrino adolescente pidiéndole un diccionario de wolof para hablar con los senegaleses que había conocido. «Ese interés que despierta el otro y saber que hay un mundo más allá deja poso y genera conciencia». Por eso, cree que para Canarias es «más una oportunidad que un problema». Y asegura que «el futuro de estos niños es el nuestro. En función de cómo lo hagamos con ellos nos irá a nosotros. Si los condenamos a la ilegalidad va a tener un impacto negativo; pero si lo hacemos bien generará mucho».

Con 12 años

Issa se embarcó en un cayuco en Senegal por impulso, cuando en un paseo por la playa vio los preparativos. Con 12 años, la mayoría de sus amigos ya se habían marchado. A diferencia de muchos otros, no pasó miedo en la travesía porque su familia es de pescadores y estaba acostumbrado a pasar hasta 20 días en el océano. De Tenerife, le gustan las papas locas, las clases de matemáticas y las hamburguesas. Se ha integrado de tal manera en Tacoronte, en su instituto y en su equipo de baloncesto, que cuando lo llevaron a Gran Canaria la gente protestó hasta su regreso. En su país, hasta 30 parientes conviven en casa de su abuelo, un líder musulmán local. Su madre, Mariama, narró a los periodistas que lo buscaron durante horas y, al enterarse de que había subido al cayuco, se asustó mucho. Ahora que sabe que está bien, solo le preocupa que no se olvide de rezar y que coma bien.