Nuestra cultura ha olvidado el significado de la gracia de Dios. Si la gracia sobrenatural desaparece de nuestro horizonte, nadie tendría la esperanza de poder superar la gravedad de nuestra cultura, o nuestra propia debilidad para vivir una vida santa en el matrimonio y en la familia, una vida apostólica en el mundo, o el regalo de toda una vida dedicada al sacerdocio ministerial o en la vida consagrada.