Antonio Ángel Algora Hernando, obispo emérito de Ciudad Real y, anteriormente, de Teruel, falleció víctima de la COVID-19 el pasado 15 de octubre, fiesta de santa Teresa de Jesús, recién cumplidos los 80 años de edad, y 35 de ministerio episcopal. Estos días se han desgranado en diversos medios eclesiales y sociales su biografía personal y trayectoria pastoral, en la diócesis de Madrid, como sacerdote; en Teruel y Ciudad Real, como obispo; en su labor durante muchísimos años en el Departamento de Pastoral Obrera de la CEE y el en el Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia.

Menos publicada, pero más compartida entre quienes nos hemos quedado un poco huérfanos con su muerte, ha sido su figura humana, de padre, de amigo, de obispo, que tantos hemos podido recibir como un regalo en nuestras vidas. Antonio ligó su trayectoria sacerdotal desde el principio a la vida de los hombres y mujeres del trabajo, y a los sacerdotes que desempeñamos nuestro ministerio en esas realidades, enviados por la Iglesia.

En Hermandades del Trabajo, primero, y en el Departamento de Pastoral Obrera de la Conferencia Episcopal después, acompañó durante muchos años la vida y la tarea de los movimientos apostólicos obreros, especialmente la JOC y la HOAC, logrando impulsar en la Iglesia española la publicación del documento que más respaldo ha obtenido jamás en la historia de la CEE: La pastoral obrera de toda la Iglesia. El trabajo pastoral de Antonio Algora ayudó a ver que la tarea de evangelización del mundo obrero y del trabajo no debe ser, no es, tarea reservada a especialistas –los movimientos apostólicos– sino preocupación transversal de la misión evangelizadora de la Iglesia porque el trabajo humano, que es principio de vida, articula las posibilidades de vida digna de toda persona y a toda la vida humana quiere abarcar la Buena Noticia de Jesucristo.

Aquellas intuiciones han sido confirmadas posteriormente en numerosas ocasiones, de manera cada vez más profunda, por el magisterio de san Juan Pablo II, de Benedicto XVI y, muy especialmente, por el magisterio reciente del Papa Francisco.

Por eso, Antonio Algora en su perseverancia pastoral ha sido un obispo capaz de anticipar en la iglesia española caminos pastorales que hoy se revelan más necesarios que nunca. Los puentes que el papa Francisco invita a tender en nuestro mundo para construir la fraternidad universal, la amistad social, Antonio los comenzó a tender hace años en sus relaciones con instituciones y fuerzas políticas de todo signo y, muy especialmente, con las organizaciones sindicales,  posibilitando el encuentro entre ellas y la Iglesia, en el convencimiento de la necesidad de llevar a cabo la tarea compartida y común –confirmada por el Papa Francisco, posteriormente– de buscar justicia juntos, al servicio del bien común y de la vida digna de todas las personas.

Y todo eso, Antonio lo buscaba incansablemente, por amor. Por hacer vida el evangelio de Jesucristo, por buscar el Reino de Dios, y su justicia, sabiendo que Dios es buen pagador. Su tarea era sembrar, y como buen aragonés de campo, así lo hacía, y así nos enseñó a hacerlo confiados en que de los frutos se encargaría el Señor.

Un obispo de tierna humanidad

Su profunda fe cristiana modelaba también su tierna humanidad. Cercano, acogedor, cariñoso, cuidador, preocupado por la vida y las circunstancias de todos hizo suyas muchas alegrías compartidas y muchas penas también. Su palabra afable, amorosa, cercana siempre, era consuelo en muchas situaciones. Y todo eso era capaz de hacerlo con humor, con finura, sin ruido, sin hacerse notar. Antonio era capaz de hablar de Dios en el lenguaje que la gente podía entender, y era capaz de hablarle a Dios de nosotros porque nos conocía bien, en un lenguaje que Dios entendía más que bien, porque conocía a su Dios; sabía de quién se había fiado.

En estos días, en que quienes le queríamos y le queremos hemos compartido como hemos podido, el consuelo, ha vuelto a circular una anécdota que él mismo contaba. Cuando le llegó la noticia de que lo iban a nombrar obispo, Antonio Algora le preguntó al cardenal Tarancón: «Don Vicente, y a mí, ¿por qué me hacen obispo?», a lo que el cardenal respondió entre risas: «¡Ay, hijo mío! porque no te conocen…».

Hoy, nosotros, que te conocimos y te quisimos quizá podemos responder que hay obispos que Dios mismo logra nombrar, sorteándonos a los hombres. Y entonces descubrimos los inmensos regalos que Dios nos hace. Has sido una bendición para la Iglesia española, para la pastoral obrera, para los movimientos especializados de la Acción Católica, y para los pobres del mundo obrero.

Damos gracias a Dios por tu vida entregada, de padre, de amigo, de obispo. ¡Hasta mañana en el altar!

Fernando Carlos Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC