Voy siguiendo el genocidio de los cristianos en África. Mi asombro está en la cristiana Europa, que asiste a esa matanza de cientos de miles de devotos de Cristo en África con la más pulcra indiferencia. Algo hay de profundo odio a sí mismo en esta complacencia del europeo con la aniquilación de los pocos africanos en los cuales pudiera reconocer algo suyo.