Francisco advierte frente a «peligrosos atajos» ante las dificultades como la droga o la magia - Alfa y Omega

Francisco advierte frente a «peligrosos atajos» ante las dificultades como la droga o la magia

Durante el rezo del Ángelus, el Papa anima a reconocer «nuestra fragilidad» y a confiar en Dios, que «está ahí para sanarnos»

Redacción

Durante el rezo del Ángelus, el Papa anima a reconocer «nuestra fragilidad» y a confiar en Dios, que «está ahí para sanarnos»

«Cuando encontramos la valentía de reconocernos por aquello que somos nos damos cuenta de ser personas llamadas a confrontarnos con nuestra fragilidad y nuestros límites». Pero «entonces puede suceder que caigamos en la angustia, la inquietud del mañana, el miedo a la enfermedad y a la muerte». «Esto –explicó el Papa a los fieles congregados en la plaza de San Pedro–, hace que tantas personas, buscando una vía de salida, toman a veces peligrosos atajos como por ejemplo el túnel de la droga o aquel de la superstición o de los dañinos rituales de magia».

Pero los cristianos –añadió Francisco– «no debemos desanimarnos cuando vemos nuestros límites, nuestros pecados, nuestras debilidades: Dios está ahí, Jesús está en la cruz para sanarnos. Este es el amor de Dios», dijo el Papa durante la oración mariana del Ángelus del IV Domingo de Cuaresma, conocido como Domingo Laetareo de la alegría.

El Papa aclaró sin embargo que el cristianismo «no ofrece fáciles consuelos», porque no es un atajo, sino que «exige la fe y una vida moral sana, que rechace el mal, el egoísmo, la corrupción». En este sentido, Francisco se refirió a la cruz de Jesús como la manifestación «más grande del amor de Dios», «un amor que proviene del corazón del Padre y es acogido y donado con generosidad por el corazón del Hijo».

«¡No olviden nunca: Dios es siempre mucho más fuerte que nuestras miserias! Jamás se cansará de estar a nuestro lado. Aquí reside la alegría del cristiano», añadió.

Durante la Cuaresma –concluyó– los cristianos están llamados a abrir su corazón para acoger la misericordia de Dios. «Solo así podremos vivir una vida animada por la justicia y la caridad, y nos convertiremos en testigos de este amor divino, un amor que no se da sólo a quien se lo merece, no pide recompensas, sino se ofrece gratuitamente, sin condiciones».

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