En Europa, como las órdenes religiosas, solo sobreviven los valientes

La mayoría de órdenes religiosas desaparecieron, se disolvieron o se transformaron en algo distinto en la tercera generación. La misma crisis de transición ha golpeado al proyecto europeo 70 años después

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Foto: AP Photo/Virginia Mayo

Desde el comienzo, la Iglesia católica ha tenido una disposición benévola hacia el proyecto europeo. Pío XII dio a los padres fundadores una bendición discreta, aunque había reticencias a hacer muy pública la adhesión de la Iglesia por miedo a comprometer una iniciativa que aspiraba a embarcar a todos los europeos y a no excluir a nadie.

Los valores sociales que patrocinaron Adenauer, De Gasperi, Monnet y Schuman, y los principios sobre los cuales buscaron dar forma a esta nueva comunidad de naciones, se podían encontrar en la encíclica de Pío XI Quadragesimo anno (1931), la segunda gran encíclica social. La condición previa indispensable era la reconciliación.

A medida que la entonces Comunidad Económica Europea aumentaba, pareció obvio que la Iglesia en Europa debía dotar de una estructura organizativa a su compromiso con el proyecto europeo. Así nació la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) en 1980. Este organismo sigue los acontecimientos dentro de la Unión, articula la preocupación de la Iglesia por las cuestiones del momento, y mantiene un diálogo intenso, «regular, abierto y transparente» con las instituciones de la UE. He tenido el privilegio de ser su secretario general desde otoño de 2012, y me he retirado de este puesto el día de Pentecostés, el 15 de mayo.

Tres años turbulentos

No solo siento que ahora conozco a la UE y su labor bastante mejor; he podido observar sus instituciones y seguir sus políticas con una perspectiva más cercana, incluso privilegiada. Es más, los años 2013-2016 no solo han sido turbulentos en términos políticos, dentro y fuera de la Unión, sino que han sido testigos de cambios significativos en la forma en la que la UE hace política y en las prioridades que sus dirigentes se han planteado. Pero lo más significativo es que, en la persona del Papa Francisco, la Iglesia católica tiene un líder que no solo ve a Europa a través de una lente distinta, sino cuya visión de dónde deberíamos situarnos en relación con el resto del mundo es radicalmente nueva. La encíclica Laudato si ha abierto camino.

Foto: COMECE

Yo serví como párroco en el Reino Unido durante 22 años. Justo ahora, allí hay un airado debate sobre Europa, solo queda un mes para el referéndum dentro/fuera. Los católicos representan el 10 % de la población, y aunque algunos de los críticos más ruidosos en el mundo del periodismo y la política son católicos, siempre me ha dado la impresión de que los católicos merecen ser más proeuropeos. Ellos tienen una experiencia única de lo que es ser europeo. En Lourdes o en la plaza de San Pedro descubren, junto con sus correligionarios de toda Europa, que la unidad en la diversidad que caracteriza a la UE está muy próxima a la identidad católica. Alguien de la tradición de la Reforma no puede tener esta experiencia de autoconciencia, un ingrediente esencial de la identidad europea.

Lecciones de la historia

No se puede negar que la UE está en crisis. Incluso un veterano como Mario Monti, excomisario europeo y protagonista del ideal de una Europa federal, asegura que el proyecto está en quiebra. Los problemas se acumulan, el liderazgo político parece incapaz de ofrecer una solución creíble y factible. Después de mirar a la UE desde la banda durante más de 40 años, mi visión es que las instituciones de la UE se están ahogando en el vaso de agua de una transición generacional. Los que están al timón del proyecto europeo son de la tercera generación. ¡La metodología que desarrollaron los primeros eurócratas, puesta a prueba por ellos y legada a la segunda generación, no está funcionando esta vez!

La mayoría de órdenes religiosas en la historia de la Iglesia católica desaparecieron, se disolvieron o se transformaron en algo distinto en la tercera generación. Solo sobrevivieron los valientes. La misma crisis de transición ha golpeado al proyecto europeo 70 años después.

Se pueden aprender lecciones estudiando la historia de la vida religiosa en la Iglesia, particularmente las estrategias de renovación adoptadas por esas pocas órdenes que sobrevivieron, como los jesuitas o los dominicos. Hay otra lección que la historia nos enseña: cuando una institución, sea una abadía o la Comisión Europea, empieza a interesarse por sí misma, está en crisis.

Mirando hacia adelante, mi esperanza para la UE es que la voz de la Iglesia –alentadora, moderada, matizada pero profundamente enraizada en su experiencia pastoral– contribuya al debate sobre Europa y a las opciones de la UE sobre su política. Espero que COMECE pueda continuar inyectando ideas nuevas y desafiantes en el debate sobre Europa y convenciendo a los miembros de la Iglesia de que el compromiso con el proyecto europeo es una cuestión de conciencia cristiana.

Patrick H. Daly
Ex secretario general de COMECE