En este colegio todos los alumnos son migrantes y acogerlos «es de justicia» - Alfa y Omega

En este colegio todos los alumnos son migrantes y acogerlos «es de justicia»

El colegio Santa Isabel, de las Hijas de Caridad, se dedica desde los años 80 a los recién llegados. Ponen rostro a la Jornada Mundial del Migrante, este año centrada en los niños

Rodrigo Moreno Quicios
El grueso de los niños vienen recomendados por las entidades y el boca a boca de los padres.
El grueso de los niños vienen recomendados por las entidades y el boca a boca de los padres. Foto: Colegio Santa Isabel.

«Hoy en día es normal encontrar niños extranjeros en cualquier centro educativo, pero hace 45 años era un hecho que sorprendía», nos cuenta Blanca López. Es hija de la Caridad y directora del colegio Santa Isabel, un centro educativo que «a partir de los años 80 se volcó en la acogida de alumnado migrante» y en el que hoy, «salvo por algunos hijos de profesores», prácticamente «el 100 % de nuestros alumnos» tiene sus orígenes fuera de nuestro país. «Tenemos unas 34 nacionalidades y muchos vienen de América Latina, pero también de China y Filipinas o incluso Mali, Senegal y Burkina Faso», recuerda la religiosa, quien subraya que «conviven entre ellos de una manera admirable».

Son unos 660 y cada uno pone un rostro concreto a la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado que se celebrará el próximo domingo y que lleva como lema Incluso uno solo de estos pequeños. Es una cita del Evangelio de san Mateo que llama a la atención de los niños y, en este caso, especialmente a los que llegan a España desde fuera. El título, de acuerdo con el mensaje que ha publicado para la ocasión la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Epsicopal, «nos sirve para revivir a nivel personal y comunitario la experiencia vivida con intensidad durante el viaje del Papa a Canarias».

El comedor no solo alimenta a los niños, sino que les pone en contacto con otras hijas de la Caridad no docentes.
El comedor no solo alimenta a los niños, sino que les pone en contacto con otras hijas de la Caridad no docentes. Foto: Colegio Santa Isabel.

El colegio Santa Isabel es diocesano, pero eso no le ha impedido recibir todo tipo de reconocimientos de la sociedad civil por su compromiso con los menores extranjeros. Por ejemplo, en 2005 recibió el Primer Premio Nacional de Compensación Educativa y en 2020 el Premio Acciones por el Refugio Juan María Bandrés de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). «Los chicos muchas veces vienen con un desfase curricular importante y nuestro colegio no entiende la escolarización únicamente como el acceso a una zona educativa», revela la directora. Como explica, «las Hijas de la Caridad queremos ser su familia, que encuentren un espacio de acogida y poner en práctica esa cita del Evangelio de “Conmigo lo hicisteis”». En definitiva, «para todo vicenciano acoger al inmigrante es acoger a Dios».

Según nos cuenta la directora, esto se logra a través de un trabajo en red, pues «a lo largo de los años hemos acogido a personas que vienen del Albergue Mejía Lequerica» para familias con menores o mujeres solas. Del mismo modo, como la sede del Samur Social «está muy cerca», este es el primer colegio al que derivan sus técnicos «a los refugiados políticos» y, aunque «no hay convenio en sí», la colaboración estrecha del día ha acabado grabando esta costumbre sobre piedra.

Las 34 nacionalidades que coinciden en el centro no son fuente de conflicto gracias al acompañamiento.
Las 34 nacionalidades que coinciden en el centro no son fuente de conflicto gracias al acompañamiento. Foto: Colegio Santa Isabel.

«No queremos que la escolarización sea una barrera más para su integración en nuestro país», reivindica Blanca López, quien recuerda el derecho de los niños, «como menores que son», a encontrar «esa acogida y el trato humano que merecen como personas dignas». La afirmación puede parecer simple pero no está de más teniendo en cuenta que «nos encontramos con adolescentes muy solos, que han roto el vínculo con su familia en el país de origen y que no tienen a nadie con quien dar los primeros pasos», pues sus padres suelen sufrir explotación laboral y jornadas maratonianas.

Para ser formados con la dignidad que merecen «tenemos un profesorado que se dedica al seguimiento individualizado», no solo con apoyo escolar o «diversificación curricular para los alumnos que viene ya mayores», sino sobre todo con un proyecto pastoral al que han llamado Programa Joven Vicenciano y en el que los docentes «reservan en su jornada lectiva todos los días una hora para hablar con uno de los alumnos, no sobre lo académico sino sobre su situación personal». Esto se combina con que, «fuera de su horario laboral, nuestros profesores también hacen ese hueco para conocer a las familias y acompañarlas».

Trabajo en red con toda la Iglesia

Desde las Hijas de la Caridad, «queremos que los recursos de nuestra congregación sirvan para transmitir a los niños que van a estar bien», apunta Blanca López, quien recalca que «aquí no estoy yo sola sino una comunidad de 13 hermanas que colaboran en distintos ámbitos». Entre otros, un comedor «con tres turnos y que cada día da de comer a unos 300 alumnos». Esto permite conciliar a los padres, quienes también pueden beneficiarse de becas de la congregación y entidades privadas o la bolsa de empleo que este centro comparte con el María Inmaculada —también en el centro de Madrid— y con Cáritas porque «trabajamos en red con toda la Iglesia».

Es una práctica que muy pocos colegios siguen y «destaca que somos un centro vicenciano por nuestra sensibilidad ante los más desfavorecidos», pues el santo francés ya les encargó en el siglo XVII «ofrecer una educación de calidad sin generar diferencias sociales porque es de justicia». «Desde los centros educativos no podemos cerrar nuestras puertas a la infancia», sentencia la directora.

De cara a la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, en este colegio «trabajaremos los materiales para la campaña en la asignatura de Religión y, en la tutoría, invitaremos a los niños a que cuenten su historia migratoria». Por último, preguntada sobre qué podrían copiar otros colegios del suyo, se niega a dar lecciones y solo pide «que no vean a estos niños como una carga, sino que valoremos su singularidad como una riqueza para nuestros alumnos».

Siguen las vigilias en el CIE

Este año, como todos y cada uno desde 2018, la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado se celebrará también con una vigilia ante el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche, presidida el sábado 26 por el vicario Pastoral José Luis Segovia. «No podemos hacer que sea solo un recuento de penurias, sino que sea también una llamada a la esperanza cristiana», apunta Rufino García Antón, delegado de Migraciones de la archidiócesis. Respecto a las condiciones en que los menores migrantes viajan a nuestro país, subraya que «a menudo vienen solos y a uno se le abren las carnes de imaginar ser su padre y saber que tu hijo está perdido». Y recuerda que, en su mensaje para esta jornada, «el Papa hace una llamada muy clara a las diferentes religiones y subraya que en todas debe haber una preocupación por esta situación».

Morir de esperanza: memoria y compromiso

Hay expresiones que nos obligan a detenernos. «Morir de esperanza es una de ellas». Cada año, la Comunidad de Sant’Egidio celebra una Eucaristía para recordar a quienes han perdido la vida mientras buscaban un futuro mejor. Hombres y mujeres, jóvenes y niños que emprendieron un viaje con la esperanza de encontrar paz, trabajo o simplemente una oportunidad para vivir.

En una sociedad acostumbrada a recibir noticias sobre naufragios y fronteras convertidas en lugares de sufrimiento, esta celebración quiere recordar los nombres, las historias y los sueños de quienes ya no están. Porque cuando las personas se convierten solo en cifras, corremos el riesgo de perder la humanidad. Y cuando olvidamos sus nombres, una segunda muerte se abre paso: la del olvido.

«Morir de esperanza» nace de esta convicción. Cada persona tiene un rostro irrepetible. Cada uno de los que murió en el mar o cualquier ruta migratoria tenía una historia que merecía ser vivida. Recordarlos es devolverles una dignidad que ninguna frontera puede borrar.

Este año la llamada es particularmente intensa. León XIV ha querido poner el foco en los niños y adolescentes migrantes, los más vulnerables. Muchos afrontan viajes peligrosos, separados de sus familias, expuestos a la violencia. Su sufrimiento nos interpela de manera especial. No podemos acostumbrarnos a que un niño muera buscando un lugar seguro donde crecer.

Pero «Morir de esperanza» es también una invitación al compromiso. Al escuchar esos nombres, nos preguntamos qué podemos hacer para que otros no corran la misma suerte. La oración se convierte así en una llamada a construir una cultura de la acogida.

La memoria de los que murieron buscando futuro nos ayuda a mirar de otra manera a quienes hoy llaman a nuestras puertas. Porque detrás de cada migrante hay una, una dignidad infinita.

Quizá por eso esta Eucaristía conmueve tanto cada año. Porque nos recuerda que nadie debería morir buscando esperanza. Y porque nos invita a mantener viva una certeza profundamente cristiana: esas vidas tienen un nombre escrito en el corazón de Dios.

Javier Ojeda
Delegado episcopal de Cáritas Madrid