En el país más secularizado de Europa, el Papa anuncia la esperanza
Quienes vieran, en las noticias del pasado domingo, imágenes de la Misa presidida por Benedicto XVI junto a 150 mil peregrinos, en la explanada que se encuentra junto al aeropuerto de Brno, capital de Moravia, en la República Checa, pueden haber pensado que se trataba de un encuentro más de un Papa. Se trataba, sin embargo, del acto religioso más numeroso de la historia de este país
De hecho, Chequia es conocida como el país de los ateos. Los datos del último censo hablan claro: de los 10 millones 200 mil habitantes, el 59 % no se reconoce en ninguna religión, y el 8,8 % no ha sido capaz, o no ha querido especificar su religión, mientras que los católicos constituyen el 26,8 %, los protestantes el 2,1 %, y los pertenecientes a otras confesiones el 3,3 %.
Con estos datos, se comprende mejor lo que significa el que un Papa, de origen alemán (la relación entre estos dos países está marcada por heridas históricas), reúna en un solo encuentro al 1,5 % de la población. Pero quizá es aún más significativo el que en la Misa del día siguiente, en la festividad litúrgica de San Wenceslao, Patrono de la nación, en la explanada de Melnik, en Stará Boleslav, se congregaran unas 45 mil personas, en buena parte jóvenes.
Pocas veces como durante los días del decimotercer viaje apostólico de este pontificado, entre el 26 y el 28 de septiembre, se ha hablado tanto de religión. En un primer momento, los periódicos acogieron al Papa en medio de un gran debate y, en ocasiones, de fuertes críticas ideológicas. Al ver, después, cómo el Pontífice ha sabido convocar a los checos, el debate en los periódicos, tanto del país como extranjeros, se ha transformado en interrogantes: «¿Qué quedará de lo que está predicando?» O bien: «Sus palabras, ¿tocarán el corazón de un pueblo tan indiferente ante la fe?».
En el fondo, la Visita del Papa ha servido para sacar a la luz el dinamismo de una Iglesia ciertamente minoritaria, en ocasiones ridiculizada, que, sin embargo, ha sabido resurgir de la dura persecución comunista y que ahora, en medio del materialismo, se convierte en lo que el Pontífice ha llamado minoría creativa.
Misión esperanza
En este contexto, se puede decir, sin temor a equivocarse, que el Viaje de Benedicto XVI, cuyo lema era: El amor de Cristo es nuestra fuerza, tenía un objetivo muy concreto: dar esperanza.
En la gran Misa del domingo, hablando junto a una gran ancla, imagen que en la Carta a los Hebreos hace referencia a la esperanza, es decir, al ancla del creyente, Dios, el Pontífice reconoció que «la experiencia de la Historia muestra a qué absurdos llega el hombre cuando excluye a Dios del horizonte de sus opciones y de sus acciones, y cómo no es fácil construir una sociedad inspirada en los valores del bien, de la justicia y de la fraternidad, porque el ser humano es libre y su libertad permanece frágil».
«El hombre tiene necesidad de ser liberado de las opresiones materiales, debe ser salvado, y con mayor profundidad, de los males que afligen el espíritu. Y ¿quién puede salvarlo sino Dios, que es Amor y ha revelado su rostro de Padre omnipotente y misericordioso en Jesucristo?», preguntó.
«Nuestra firme esperanza es, pues, Cristo: en Él, Dios nos ha amado hasta el extremo y nos ha dado la vida en abundancia , esa vida que cada persona, algunas veces incluso sin llegar a saberlo, anhela poseer», aseguró el Pontífice, que, en casi todos los actos, ha estado acompañado por el Presidente de la República, Václav Klaus.
Una cita en Madrid 2011
Este mismo objetivo explica el que el último acto público del Papa fuera el mensaje que dejó a los jóvenes, que habían participado, entre la noche del domingo y lunes, en una especie de Jornada nacional de la Juventud, que el Papa clausuró con la Misa.
A ellos también les dejó como consigna una sola palabra: ¡La esperanza! Esta palabra, les dijo, «se conjuga precisamente con la juventud. ¡Vosotros, queridos jóvenes, sois la esperanza de la Iglesia! Ésta espera que vosotros os hagáis mensajeros de la esperanza, como sucedió el año pasado, en Australia, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, gran manifestación de fe juvenil, que pude vivir personalmente y en la que algunos de vosotros tomasteis parte. Muchos más podréis venir a Madrid en agosto de 2011. Os invito desde ahora a esta gran reunión de los jóvenes con Cristo en la Iglesia».
Raíces cristianas de Europa
En esta misión de recuperar la esperanza, el Papa tenía un fuerte aliado: las raíces cristianas de la República Checa, que en sus ciudades, y en particular en la hermosísima Praga, han dado frutos de arte y cultura estupendos, que van desde la catedral hasta la Universidad Carolina, la primera del Centro y el Este de Europa.
Nada más aterrizar en el aeropuerto de la capital, éste fue su primer mensaje: «Si toda la cultura europea está profundamente plasmada por la herencia cristiana, esto es verdad de modo particular en las tierras checas, porque, gracias a la acción misionera de los santos Cirilo y Metodio en el siglo IX, la antigua lengua eslava fue por primera vez puesta por escrito».

«Con razón ellos, apóstoles de los pueblos eslavos y fundadores de su cultura, son venerados como Patronos de Europa. Además, es digno de mención el hecho de que estos dos grandes santos de la tradición bizantina hayan encontrado aquí a misioneros procedentes del Occidente latino», constató el Papa.
Teniendo en cuenta que ahora ha sido recuperada la libertad religiosa, Benedicto XVI hizo un llamamiento a todos los ciudadanos de la República Checa para que vuelvan a descubrir las tradiciones cristianas que han plasmado su cultura, y exhortó a la comunidad cristiana a seguir haciendo sentir su propia voz mientras la nación debe afrontar los desafíos del nuevo milenio. «Sin Dios, el hombre no sabe dónde ir, ni tampoco logra entender quién es», subrayó el Papa. «La verdad del Evangelio -añadió- es indispensable para una sociedad próspera, puesto que abre a la esperanza y nos hace capaces de descubrir nuestra inalienable dignidad de hijos de Dios».
La Europa unida necesita cristianos unidos
En este país en el que las llamadas guerras de religión, en particular la Guerra de los Treinta Años, han dejado regueros de sangre, el Papa consideró que la unidad de los cristianos, separados hoy en diferentes confesiones, debe convertirse en un objetivo para hacer más creíble la fe a la nueva Europa unida. Al reunirse, el domingo, con los representantes de las Iglesias cristianas presentes en la República Checa, en la Sala del Trono del Arzobispado de Praga, el obispo de Roma consideró que la unidad de los cristianos servirá para que Europa redescubra sus raíces. «No porque se hayan marchitado», advirtió. «¡Al contrario! Es por el hecho de que siguen -de manera tenue, pero al mismo tiempo fecunda- ofreciendo al continente el apoyo espiritual y moral que permite establecer un diálogo significativo con personas de otras culturas y religiones».
Por eso confesó que reza para que las «iniciativas ecuménicas den fruto no sólo para continuar el camino de la unidad de los cristianos, sino por el bien de toda la sociedad europea». De hecho, el Papa reconoció que, en estos momentos surgen en Europa «nuevos intentos orientados a marginar la influencia del cristianismo en la vida pública; en ocasiones, con el pretexto de que sus enseñanzas son dañinas para el bienestar de la sociedad».
Benedicto XVI reconoció que «este fenómeno nos pide que nos detengamos a reflexionar». Es más, exigió una «autocrítica de la Edad Moderna» y una «autocrítica del cristianismo moderno», centrada, «en particular, sobre la esperanza que pueden ofrecer a la Humanidad».
Para hacer este examen de conciencia, planteó esta pregunta: «¿Qué tiene que decir el Evangelio a la República Checa y más en general a toda Europa, en un período marcado por la difusión de diferentes visiones del mundo?».
«El cristianismo puede ofrecer mucho a nivel práctico y moral, porque el Evangelio siempre impulsa a hombres y mujeres a ponerse al servicio de sus hermanos y hermanas. Pocos podrían contradecirlo», dijo el Papa. «Cuando Europa escucha la historia del cristianismo, está escuchando su misma historia. Sus nociones de justicia, libertad y responsabilidad social, junto a las instituciones culturales y jurídicas establecidas para defender estas ideas y transmitirlas a las generaciones futuras, están plasmadas en su herencia cristiana. En realidad, la memoria del pasado anima sus aspiraciones futuras».
El rechazo de la religión, un nuevo fundamentalismo
Este mensaje lo presentó también, en ese día, a los representantes de las Universidades del país, profesores, docentes y estudiantes, en el Salón de Vladislav del Castillo de Praga, constatando cómo, en estos momentos, el rechazo de Dios en la cultura acaba convirtiéndose en una forma de fundamentalismo. «Quienes se proponen esta exclusión positivista de lo divino y de la universalidad de la razón no sólo niegan una de las convicciones más profundas de los creyentes, sino que, además, acaban oponiéndose al diálogo de las culturas que ellos mismos proponen», alertó el Santo Padre. «Una comprensión de la razón cerrada a lo divino -insistió-, que relega las religiones en el ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en ese diálogo de las culturas del que tiene una necesidad urgente nuestro mundo».

Benedicto XVI aclaró que, si bien hay quienes consideran «que las preguntas elevadas por la religión, la fe y la ética no tienen lugar en el ámbito de la razón pública, esta visión no es para nada evidente», en cuanto la libertad es el fundamento del ejercicio de la razón y tiene el objetivo preciso de buscar la verdad, y, como tal, expresa una dimensión propia del cristianismo.
Por eso se preguntó: «¿Si por un lado ha pasado el período de la injerencia derivada del totalitarismo, no es quizás también verdad que, por otro lado, frecuentemente hoy en el mundo el ejercicio de la razón y la investigación académica están obligados -de manera sutil y a veces no tan sutil- a plegarse a las presiones de grupos de intereses ideológicos y a las exigencias de objetivos utilitaristas a corto plazo, o simplemente pragmáticos?».
Y siguió preguntándose: «¿Qué pasaría si nuestra cultura se basara sólo en argumentos de moda, con pocas referencias a una tradición intelectual histórica genuina, o en convicciones promovidas con mucho ruido o con fuerte financiación? ¿Qué pasaría si, a causa del ansia de mantener una secularización radical, acabara por separarse de las raíces que le dan vida?».
En ese caso, constató, «nuestras sociedades dejarán de ser razonables, o tolerantes, o dúctiles, para convertirse en más frágiles y menos inclusivas, y tendrán que esforzarse cada vez más para reconocer lo que es verdadero, noble y bueno».
Benedicto XVI, en sus discursos, siempre sorprende con algo que no te esperas. Este lunes, al despedirse en el aeropuerto de Praga de la nación, citó a Franz Kafka, el más célebre escritor praguense: «Quien mantiene la capacidad para ver la belleza no envejece nunca». En esta frase se resume este Viaje que ha buscado dar esperanza, a través de la belleza de Dios manifestada en Cristo, clave para superar todos los fundamentalismos, también el relativista, materialista o utilitarista…
Seguramente, la República Checa es menos atea que hace una semana.
No es difícil constatar que en todo joven hay una aspiración a la felicidad, quizá mezclada con un sentimiento de inquietud; una aspiración que, sin embargo, a menudo la sociedad de consumo aprovecha de forma falsa y alienante. Es necesario valorar seriamente el anhelo a la felicidad que exige una respuesta verdadera y exhaustiva. A vuestra edad se realizan las primeras grandes elecciones, capaces de orientar la vida hacia el bien o hacia el mal. Por desgracia, no son pocos vuestros coetáneos que se dejan atraer por espejismos ilusorios de paraísos artificiales para encontrarse después en una triste soledad. Hay también, sin embargo, muchos chicos y chicas que quieren transformar la doctrina en acción para dar un sentido pleno a sus vidas. Os invito a mirar a la experiencia de san Agustín, que decía que el corazón de toda persona está inquieto hasta que no encuentra lo que verdaderamente busca. Y él descubrió que sólo Jesucristo era la respuesta satisfactoria al deseo, suyo y de cada hombre, de una vida feliz, llena de significado.
El Señor sale al encuentro de cada uno de vosotros. Llama a la puerta de vuestra libertad y pide ser acogido como amigo. Os quiere hacer felices. La fe cristiana es esto: el encuentro con Cristo, Persona viva que da a la vida un nuevo horizonte y, con ello, la dirección decisiva. Y cuando el corazón de un joven se abre a sus designios divinos, no le resulta difícil reconocerle y seguir su voz.
El Señor confía a cada uno una misión específica. A muchos os llama al matrimonio. Considerad seriamente la llamada a construir una familia cristiana. ¡La sociedad necesita familias cristianas, familias santas!
Si el Señor os llama a seguirle en el sacerdocio o en la vida consagrada, no dudéis en responder a su invitación. La Iglesia necesita numerosos y santos sacerdotes y personas totalmente consagradas al servicio de Cristo, esperanza del mundo.
¡La esperanza! Esta palabra se conjuga precisamente con la juventud. ¡Vosotros, queridos jóvenes, sois la esperanza de la Iglesia! Ésta espera que vosotros os hagáis mensajeros de la esperanza, como sucedió en Australia, para la Jornada Mundial de la Juventud, gran manifestación de fe juvenil, en la que algunos de vosotros tomasteis parte. Muchos más podréis venir a Madrid en agosto de 2011. Os invito desde ahora a esta gran reunión de los jóvenes con Cristo en la Iglesia.
Queridos amigos, el Papa os pide que viváis con alegría y entusiasmo vuestra fe; que crezcáis en unidad entre vosotros y con Cristo.