«En el Magreb nos sentimos apreciados, no solo tolerados»

María Martínez López
Monseñor Cristóbal López, con un niño, cuando era director del colegio salesiano de Kenitra (Marruecos). Foto: Salesianos

La Iglesia del Magreb (que forma una única conferencia episcopal, desde el Sáhara Occidental hasta Libia) está formada por extranjeros, «pero no quiere ser extranjera sino encarnada», afirma el arzobispo de Rabat, monseñor López Romero. «Cuando podamos dar un testimonio explícito, lo haremos. Mientras, estamos haciendo lo más importante: hacer que crezca el reino de Dios»

A diferencia de países como Egipto o los de Oriente Medio, en el Magreb no hay comunidades cristianas autóctonas. ¿Cómo vive la Iglesia su vocación misionera?

La misión es la misma en todas partes, y no consiste en que haya más cristianos sino en hacer que crezca el reino de Dios: que haya más paz, justicia, libertad. No es algo simplemente horizontal: lo hacemos porque queremos que todos vivan con la dignidad que merece un hijo de Dios. Que haya más o menos cristianos es cosa del Espíritu Santo. Nosotros damos testimonio y, si es Su voluntad, Él tocará a las personas para que vengan.

Usted vivió así al frente del colegio de Kenitra, cerca de Rabat.

Justamente la educación es donde más se puede trabajar esto. Y estamos contentos de ver cómo crecen esas semillas. Se nota la transformación de las personas, se crea un ambiente de amistad y diálogo. En un momento en que algunos se empeñan en vivir enfrentados, es bueno fomentar la acogida mutua. Cuando las circunstancias cambien y podamos hacer un anuncio explícito, lo haremos. Mientras, hacemos lo más importante.

¿A qué se debe el crecimiento del número de cristianos?

A la llegada de extranjeros. Cada vez hay más universitarios subsaharianos, y aunque la mayoría son musulmanes, también hay cristianos. Cuando llegué a Kenitra había diez o doce universitarios cristianos, y ahora (estuve allí hace poco) son 170.

¿Hay conversiones?

Sí. He visto a personas mentirosas y niños violentos que dejaban de serlo. Cuando en Cuaresma se nos pide convertirnos, ¿significa cambiar de religión? Bautismos, solo de extranjeros. La ley no se lo impide a los marroquíes, aunque pueden tener dificultades sociales. Empieza a hablarse de la necesidad de que haya más libertad de conciencia. Somos una Iglesia de extranjeros, pero que no quiere ser extranjera, sino encarnada aquí. Y no es fácil, porque mucha gente viene para estudiar o trabajar unos años, y no todos están dispuestos a hacer ese viaje. Otros sí intentan conocer la cultura y la lengua, aprovechar las ocasiones de encuentro, participar en asociaciones que trabajan por los demás, e incluso conocer el islam más a fondo.

¿Cuáles son sus prioridades en relación con las autoridades?

La Iglesia no estuvo reconocida hasta 1985, cuando con motivo de la visita de Juan Pablo II el rey Hassan II publicó un edicto reconociendo su existencia jurídica. Nos gustaría que se siguiera profundizando y avanzando en ese camino, para poder tener una situación jurídica semejante a la de las mezquitas y entidades benéficas musulmanas. También que se reconociera la peculiaridad de las escuelas católicas, que ya están permitidas. Pero afrontamos todo esto con tranquilidad, porque las relaciones son buenas. Nos sentimos apreciados, no solo tolerados.

¿Esperan que ese camino hacia el reconocimiento se afiance con la visita de Francisco en marzo?

Esperamos que nos confirme en la fe y haga revivir la esperanza. Y también que ese primer paso no se quede estancado. El encuentro de Juan Pablo II con los jóvenes musulmanes, algo que quiso el propio rey, fue un poco formal pero extraordinario. Su discurso todavía nos da mucho juego. Querríamos que con Francisco hubiera al menos dos encuentros interreligiosos y que uno sea masivo (¡que no significa que venga un millón de personas!).

Con Lampedusa y Lesbos, es la tercera visita de Francisco a un escenario del drama del Mediterráneo.

Nuestra voluntad es que la obra social que visite sea el programa de Cáritas de Rabat con la Delegación de Migraciones de Tánger, que funciona también en Casablanca y otras cuatro ciudades con 92 trabajadores, la mayoría marroquíes. Acoge cada año a unos 7.000 u 8.000 migrantes que necesitan alojamiento, atención médica y protección (por ser menores, embarazadas…). Algunos siguen a España, otros se quedan, otros vuelven a su país. Se ha generado un saber hacer que compartimos con otras asociaciones, e incluso con los funcionarios del Gobierno.

¿Cómo es la vida de los migrantes en Marruecos?

El país ha hecho un esfuerzo muy grande de acogida: la regularización masiva de 50.000 personas en dos tandas, educación pública para todos los niños, atención en urgencias (algo muy bueno que antes no existía)… Es cierto que el Gobierno está desbordado, y un derecho básico como el alojamiento no se cumple. Pero hay que reconocer lo positivo.

¿Qué supone que Europa les delegue su control de fronteras?

Es muy feo hacer que Marruecos haga el trabajo de policía malo que Europa, por sus principios humanitarios, no quiere hacer. A veces me da vergüenza ver las políticas migratorias de España. Es un problema irresoluble a corto plazo, que ojalá se pudiera solucionar con una mayor justicia en las relaciones económicas entre países. Así podría desarrollarse África de manera que no hiciese falta emigrar para vivir dignamente. Mientras haya desigualdades entre países ricos y pobres habrá migración.

María Martínez López