En la parroquia intentamos tener las puertas abiertas el más tiempo posible para que nadie se encuentre las puertas cerradas. Dedicamos cuatro días de la semana al despacho parroquial, un espacio para tener entrevistas personales o para responder a solicitudes de documentos que tramitar, para organizar la agenda de Bautismos, bodas… Normalmente compartimos la tarea sacerdotes y voluntarios de la parroquia, y siempre es una oportunidad para encontrarnos con Cristo en la acogida del otro. Yo, cuando bajo al despacho, nunca sé con qué me voy a encontrar, pero rezo para que, sea lo que sea, acerque a las personas el rostro compasivo de Jesús.

Ocurren experiencias felices de una pareja de novios que quieren casarse. O aparece un carrito empujado por una mamá orgullosa, solicitando el Bautismo para su bebé. Otras son más tristes, como la celebración de un funeral de alguien que ha fallecido, o la unción de los enfermos a alguien que está grave. Las puertas de la parroquia se abren a la vida real. Los gozos y las alegrías que viven las personas encuentran el espacio de acogida por parte de una comunidad que se sabe expresión y abrazo del que Dios nos da a todos.

Pero hay veces que el despacho es ocasión para el agobio y el estrés., como cuando ves que se acumula la gente en la sala de espera y no das abasto. A uno le encantaría que fuese más amplia la plantilla de personas que atienden o que el día tuviera más horas A veces tengo la tentación de acelerar, de volverme un funcionario y atender de forma mecánica, sin casi mirar a los ojos ni preguntar un «¿Cómo estás?». Esa tentación es peligrosa, porque el día que convirtamos el sacerdocio en un oficio y la parroquia en una oficina, el Espíritu se entristecerá. «No os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,14).

Responder a la llamada del amigo solo se puede hacer en clave de gratitud. La vocación no es un proceso de selección de los mejores. Es un derroche de misericordia para que los que estamos cansados y agobiados, como ovejas sin pastor, encontremos un hombro amigo que nos invita a cargar con su yugo, que es llevadero.

Vicente Esplugues
Misionero Verbum Dei, Nuestra Señora de las Américas, Madrid