¿Cuál es el valor de la vida? Es la pregunta que, a raíz de la muerte de Floyd me martillea el cerebro todos estos días. Donde no hay amor, siembra amor y recogerás amor, nos enseñaba san Juan de la Cruz. Pero, siguiendo el argumento, si siembro discordia, supremacismo, división… voy a recolectar lo que sembré. Y es precisamente lo que estamos viviendo: la cosecha de un fruto amargo. Hay demasiadas personas heridas que aprovechan cualquier incidente para sacar todo el odio que sembraron en su corazón.

Hay, por el contrario, otra gente que intenta poner cordura en medio de la barbarie y se hinca defendiendo que la vida de un negro si importa. Gente como nuestro obispo Mark Seitz, que se arrodilla acompañado de sus sacerdotes, para solidarizarse con quienes sufrieron el dolor de la pérdida a manos de la sinrazón. Un gesto tan grande que el Papa Francisco no dudó en llamarle personalmente para darle gracias por su trabajo en favor de los inmigrantes y por su sensibilidad en contra del racismo.

Tengo vivo en mi memoria el momento de mi secuestro. Estaba aterrorizado, tirado en el suelo, cuando una persona de color que no me conocía de nada les dijo a los secuestradores: «Don’t kill the father, kill me (no matéis al padre, matadme a mí)». Nunca olvidaré la respuesta del secuestrador: «¿Y a quien le importa un negro?». Ellos sabían perfectamente que la comunidad internacional solo actuaría en caso de que los secuestrados fuesen blancos. Curiosamente descubrí que, incluso entre los blancos, el valor de la vida dependía de la nacionalidad. Buscaban ingleses o americanos, y se enojaron al encontrarse con españoles, austríacos e italianos. Por lo visto, éramos blancos de segunda.

En una conversación familiar sobre el problema migratorio, mis sobrinos, después de haberme visitado en Sierra Leona, comentaban que ahora la perspectiva del problema era distinta. Los que se ahogaban en el Mediterráneo podían ser Medo, Fatu, Issah, Madie…, personas a las que querían. Tomando un café en Letyana oí que una persona le decía a otra mientras ojeaba el periódico: «¿Cuándo dejará de venir tanto negro a nuestras costas?». Me encanta la canción ¿De qué color es la piel de Dios? Hay un momento en el que el papá responde a su hijo que la piel de Dios es negra, amarilla, roja y blanca, y que todos somos iguales a sus ojos. Continúa la canción: «Dios nos ha dado otra oportunidad, de crear un mundo de fraternidad».  Ojalá que aprendamos la lección.

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)