«El Sínodo abre la vía de la misericordia»

Ricardo Benjumea

¿Cuál es su balance final del Sínodo?

Era la primera vez que asistía a un Sínodo y, para mí, ha sido una experiencia que ha calado profundamente en mi vida. He visto una Iglesia en marcha que quiere caminar con los hombres, que se acerca a todas las situaciones del hombre… He visto también –lo he vivido– una profunda experiencia de libertad para poder decir todo lo que yo pensaba, y para observar –también desde esa libertad– las situaciones en los diversos lugares del mundo y en las diversas culturas, que son diferentes, aunque hay algo común y que nos preocupa a todos. Ha sido también una experiencia de fraternidad. Tenemos que ir juntos y ser fieles a la naturaleza de la Iglesia, que es madre; tenemos que ser buscadores de los hombres para curar con la acogida, con la misericordia, no cerrando puertas –porque la Iglesia es una casa, como dice el Papa, «de puertas abiertas»–, no juzgando, sino estando al lado de los demás. Y ha sido una experiencia de búsqueda de la verdad y de la belleza de la familia. Y por último, y no menos importante, he experimentado, he vivido, he sentido la acción del Espíritu Santo. Ese Espíritu que el Señor dejó a la Iglesia nos hace caminar juntos, nos hace trazar y surcar los caminos de este mundo como una Iglesia que sabe leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios, que es un corazón misericordioso.

¿Qué resultados espera ahora?

Sobre todo, creo que la familia cristiana puede aportar mucho a la transformación de este mundo. Lo dije en el Sínodo: lo mejor de mi vida lo aprendí en mi familia. Allí aprendí a servir, a amar, a no descartar a nadie… Todas las generaciones que forman la familia son importantes. La ayuda en la familia a quienes más lo necesitan es esencial para irse acostumbrando a construir un mundo donde no hay descartes.

En lo que respecta a la comunión a los divorciados, el Sínodo habla de discernir caso por caso. ¿Esto qué significa?

Por una parte, lo más importante ha sido que, durante un mes entero, en todos los medios de comunicación, la noticia más grande en el mundo ha sido la familia. Y a mí me parece que eso es, ya en sí mismo, algo maravilloso. Después ha habido opiniones diversas, pero el Sínodo lo que plantea es que nos encontramos con situaciones de familias, con matrimonios, hijos, personas que están sufriendo por padecimientos diversos, y la Iglesia naturalmente tiene que aceptarlas. No se ha hecho más que abrir una vía que es la que siempre ha pedido el Señor: la vía de la caridad, la vía del amor. No es que se haya decretado nada extraordinario, no, pero es una vía de la escucha y de ver también, en esa escucha, si hay que tomar alguna decisión o no. Y lo más probable es que, en esa vía, personas que estaban con grandes sufrimientos encuentren soluciones. Es la vía que tuvo el Señor cuando se acercó a tanta gente para regalarles su misericordia. No fue la vía de la justicia de los hombres. Muchas veces nos encontramos en el Evangelio con situaciones en las que la justicia de los hombres en tiempos de Jesús eliminaba a la gente. Sin embargo, la solución de Jesús fue la vía del amor misericordioso. Esa vía es la que abre, a mí me parece que de un modo singular y especial, el Sínodo que acabamos de celebrar: la vía del amor y de la misericordia.

Ricardo Benjumea