El Papa: «¡Que cese el fuego y se reabran las vías de diálogo!»

El Papa eleva el tono: «¡Que cese el fuego y se reabran las vías de diálogo!»

Asomado al balcón del Palacio Apostólico, ha denunciado que «miles de personas inocentes han sido asesinadas y muchísimas otras han sido obligadas a abandonar sus propias casas»

José Calderero de Aldecoa
León XIV asomado al Palacio Apostólico.
El Papa pide por la paz en Oriente Medio. Foto: Vatican Media.

«¡Que cese el fuego y se reabran las vías de diálogo!». El Papa ha elevado el tono durante el rezo de la oración mariana del ángelus, este domingo, para clamar por la paz. «Desde hace dos semanas los pueblos de Oriente Medio sufren la atroz violencia de la guerra», ha aseverado León XIV, que además ha denunciado la muerte de personas ajenas al conflicto.

«Miles de personas inocentes han sido asesinadas y muchísimas otras han sido obligadas a abandonar sus propias casas». Por ello, «renuevo mi cercanía de oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques», algunos de ellos dirigidos contra «escuelas, hospitales y otros centro habitados».

Edificios dañados por los bombardeos.
Edificios dañados por los bombardeos. Foto. EFE / EPA / Wael Hamzeh.

«¡Que cese el fuego y se reabran las vías de diálogo!»

Particularmente, el Pontífice se ha referido a la situación del Líbano, que le causa «gran preocupación». De esta forma, «deseo caminos de diálogo que puedan sostener las autoridades del país». También les ha pedido «la implementación de soluciones duraderas a la grave crisis en curso, por el bien común de todos los libaneses».

El Santo Padre se ha acordado especialmente de los cristianos de Oriente Medio, y también de todas las mujeres y hombres de buena voluntad. En su nombre, «me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡Que cese el fuego y se reabran las vías de diálogo!».

Por último, el Papa ha asegurado que «la violencia no podrá nunca llevar a la justicia, a la estabilidad y a la paz que los pueblos esperan.

Valencia y Barcelona, presentes

Tras sus palabras, pronunciadas desde su nueva residenciaLeón XIV se trasladó este sábado a vivir de forma permanente en el Palacio Apostólico—, el Pontífice ha saludado a distintos grupos de peregrinos significativos que se encontraban en la plaza de San Pedro.

A los primeros que ha mencionado ha sido a los españoles. Concretamente se ha referido a «los peregrinos que llegaron desde Valencia y desde Barcelona, en España». Más tarde, se ha referido a otros grupos y ha mandado un saludo especial a un grupo de chicos «que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación».

Las palabras del Papa antes del ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9, 1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.

Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29, 18; 35, 5; Sal 146, 8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11, 4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.

Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9, 10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).

Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.

Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesario una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.

Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.