El Papa a las familias: «El amor de la Virgen la hace ser hacia los otros. María es madre»

En la mañana (hora local) de su segundo día en Ecuador, el Papa visitó el santuario de la Divina Misericordia, donde prometió a todos los presentes rezar por cada uno de ellos

Alfa y Omega

En la mañana (hora local) de su segundo día en Ecuador, el Papa visitó el santuario de la Divina Misericordia, donde prometió a todos los presentes rezar por cada uno de ellos. A continuación, celebró una Misa con familias, a las que invitó a mirar a María madre, a rezar y actuar como ella en Caná, y a confiar en que «el mejor vino está por venir»

En la segunda jornada del viaje del Papa Francisco a América Latina, el Pontífice y su séquito se dirigieron desde Quito a Guayaquil, una ciudad que cuenta con más de tres millones de habitantes y que es el mayor punto comercial del país gracias al puerto que da al océano Pacífico. Desde el aeropuerto llegaron al santuario de la Divina Misericordia, segundo lugar de culto más importante de la ciudad por sus dimensiones, después de la catedral de San Pedro Apóstol.

En este santuario, el Santo Padre dedicó espontáneamente unas palabras a los presentes: «¡Buenos días! Los invito, todos juntos, a rezar a la Virgen: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo… Ahora voy a celebrar Misa y los llevo a todos ustedes en el corazón. Voy a pedir por cada uno de ustedes, le voy a decir al Señor: Vos conocés el nombre de los que estaban ahí. Le voy a pedir a Jesús para cada uno de ustedes mucha misericordia, que los cubra con su misericordia, que los cuide. Y a la Virgen que esté siempre al lado de ustedes. Y ahora antes de irme –porque esto es de paso– para la Misa donde me dice el señor arzobispo que nos corre el tiempo, les doy la bendición, pero… no, no les voy a cobrar nada… Pero les pido por favor que recen por mí. ¿Me lo prometen? Los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Gracias por el testimonio cristiano!»

«La fe se mezcla con la leche materna»

Desde el santuario, el Papa se dirigió al parque de Los Samanes para celebrar la Santa Misa dedicada a la familia. Durante su homilía, reflexionó sobre la importancia que tiene el rezar con nuestros familiares. «La fe se mezcla con la leche materna: experimentando el amor de los padres se siente cercano el amor de Dios», añadió.

Ante un recinto completamente lleno de fieles entusiasmados, el Santo Padre profundizó sobre el significado del pasaje del Evangelio de las bodas de Caná, y honró el hecho de que la Virgen María le dijera a Jesús que ya no tenían más vino para la celebración; es decir, se preocupó por la organización del evento. Añadió Francisco: «No se ensimisma, no se enfrasca en su mundo, su amor la hace ser hacia los otros. María es simplemente madre», dijo. E hizo repetir a los presentes: «María es madre».

El Pontífice invitó a pensar que en esta ocasión el vino sería una metáfora de diferentes situaciones de nuestra vida cotidiana como puede ser el estar enfermo, tener problemas con la familia, la falta de trabajo, etc. Por esto aseguró que «rezar siempre nos saca del perímetro de nuestros desvelos, nos hace trascender lo que nos duele, lo que nos agita o lo que nos falta a nosotros mismos y nos ayuda a ponernos en la piel de los otros, en sus zapatos». La familia –añadió– es una escuela donde se nos recuerda que nuestro prójimo vive bajo el mismo techo y comparte nuestra vida.

«El mejor vino está por venir»

El Papa Bergoglio también recordó que, en pocos meses, la Iglesia celebra el Sínodo Ordinario de los Obispos que estará dedicado a la familia y a encontrar soluciones de los desafíos con los que encuentra la sociedad de hoy. «Los invito a intensificar su oración por esta intención, para que aun aquello que nos parezca impuro, como el agua de las tinajas nos escandalice o nos espante, Dios –haciéndolo pasar por su hora– lo pueda transformar en milagro. La familia hoy necesita de este milagro».

El Papa terminó subrayando que «el mejor de los vinos está por ser tomado, lo más lindo, lo más profundo y lo más bello para la familia está por venir. El mejor de los vinos está en esperanza, está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y en la familia hay que arriesgarse al amor, hay que arriesgarse a amar. El mejor vino está por venir en aquellos que hoy ven derrumbarse todo. Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir, murmúrenselo cada uno en su corazón, el mejor vino está por venir». Insistió en este mensaje también para los necesitados, desesperados o desenamorados: «Dios siempre se acerca a las periferias de los que se han quedado sin vino».

RV/Alfa y Omega

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El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar es el primer signo portentoso que se realiza en la narración del Evangelio de Juan. La preocupación de María, convertida en súplica a Jesús: «No tienen vino» –le dijo– y la referencia a «la hora» se comprenderá después, en los relatos de la Pasión. Y está bien que sea así, porque eso nos permite ver el afán de Jesús por enseñar, acompañar, sanar y alegrar desde ese clamor de su madre: «No tienen vino».

Las bodas de Caná se repiten con cada generación, con cada familia, con cada uno de nosotros y nuestros intentos por hacer que nuestro corazón logre asentarse en amores duraderos, en amores fecundos, en amores alegres. Demos un lugar a María, la madre como lo dice el evangelista. Y hagamos con ella ahora el itinerario de Caná.

María está atenta, está atenta en esas bodas ya comenzadas, es solícita a las necesidades de los novios. No se ensimisma, no se enfrasca en su mundo, su amor la hace «ser hacia» los otros. Tampoco busca a las amigas para comentar lo que está pasando y criticar la mala preparación de las bodas. Y como está atenta, con su discreción, se da cuenta de que falta el vino. El vino es signo de alegría, de amor, de abundancia. Cuántos de nuestros adolescentes y jóvenes perciben que en sus casas hace rato que ya no hay de ese vino. Cuánta mujer sola y entristecida se pregunta cuándo el amor se fue, cuándo el amor se escurrió de su vida. Cuántos ancianos se sienten dejados fuera de la fiesta de sus familias, arrinconados y ya sin beber del amor cotidiano, de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos. También la carencia de ese vino puede ser el efecto de la falta de trabajo, de las enfermedades, situaciones problemáticas que nuestras familias en todo el mundo atraviesan. María no es una madre reclamadora, tampoco es una suegra que vigila para solazarse de nuestras impericias, de nuestros errores o desatenciones. ¡María, simplemente, es madre!: Ahí está, atenta y solícita. ¡Es lindo escuchar esto! ¡María es madre! ¿Se animan a decirlo todos juntos conmigo? ¡Vamos! ¡María es madre! ¡Otra vez! ¡María es madre! ¡Otra vez! ¡María es madre!

Pero María, en ese momento que se percata que falta el vino, acude con confianza a Jesús: esto significa que María reza. Va a Jesús, reza. No va al mayordomo; directamente le presenta la dificultad de los esposos a su Hijo. La respuesta que recibe parece desalentadora: «¿Y qué podemos hacer tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Pero, entre tanto, ya ha dejado el problema en las manos de Dios. Su apuro por las necesidades de los demás apresura la hora de Jesús. Y María es parte de esa hora, desde el pesebre a la cruz. Ella que supo «transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii gaudium, 286) y nos recibió como hijos cuando una espada le atravesaba el corazón a su hijo. Ella nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios.

Y rezar siempre nos saca del perímetro de nuestros desvelos, nos hace trascender lo que nos duele, lo que nos agita o lo que nos falta a nosotros mismos y nos ayuda a ponernos en la piel de los otros, a ponernos en sus zapatos. La familia es una escuela donde la oración también nos recuerda que hay un nosotros, que hay un prójimo cercano, patente: que vive bajo el mismo techo, que comparte la vida y está necesitado.

Y finalmente, María actúa. Las palabras «hagan lo que Él les diga» (v. 5), dirigidas a los que servían, son una invitación también a nosotros, a ponernos a disposición de Jesús, que vino a servir y no a ser servido. El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos por amor servidores unos de otros. En el seno de la familia, nadie es descartado; todos valen lo mismo.

Me acuerdo que una vez a mi mamá le preguntaron a cuál de sus cinco hijos –nosotros somos cinco hermanos– a cuál de sus cinco hijos quería más. Y ella dijo: como los dedos, si me pinchan éste me duele lo mismo que si me pinchan éste. Una madre quiere a sus hijos como son. Y en una familia los hermanos se quieren como son. Nadie es descartado.

Allí en la familia «se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir gracias como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y allí se aprende también a pedir perdón cuando hacemos algún daño, cuando nos peleamos. Porque en toda familia hay peleas. El problema es después pedir perdón. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea» (Laudato si, 213). La familia es el hospital más cercano, cuando uno está enfermo lo cuidan ahí mientras se puede. La familia es la primera escuela de los niños, es el grupo de referencia imprescindible para los jóvenes, es el mejor asilo para los ancianos. La familia constituye la gran riqueza social, que otras instituciones no pueden sustituir, que debe ser ayudada y potenciada, para no perder nunca el justo sentido de los servicios que la sociedad presta a sus los ciudadanos. En efecto, estos servicios que la sociedad presta a los ciudadanos no son una forma de limosna, sino una verdadera deuda social respecto a la institución familiar, que es la base y la que tanto aporta al bien común de todos.

La familia también forma una pequeña Iglesia, la llamamos «Iglesia doméstica» que, junto con la vida, encauza la ternura y la misericordia divina. En la familia la fe se mezcla con la leche materna: experimentando el amor de los padres se siente más cercano el amor de Dios.

Y en la familia, y de esto todos somos testigos, los milagros se hacen con lo que hay, con lo que somos, con lo que uno tiene a mano… y muchas veces no es el ideal, no es lo que soñamos, ni lo que «debería ser». Hay un detalle que nos tiene que hacer pensar: el vino nuevo, ese vino tan bueno que dice el mayordomo en las bodas de Caná nace de las tinajas de purificación, es decir, del lugar donde todos habían dejado su pecado… Nacen de lo peorcito, porque «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Y en la familia de cada uno de nosotros y en la familia común que formamos todos, nada se descarta, nada es inútil. Poco antes de comenzar el Año Jubilar de la Misericordia, la Iglesia celebrará el Sínodo Ordinario dedicado a las familias, para madurar un verdadero discernimiento espiritual y encontrar soluciones y ayudas concretas a las muchas dificultades e importantes desafíos que la familia hoy debe afrontar. Los invito a intensificar su oración por esta intención, para que aun aquello que nos parezca impuro, como el agua de las tinajas nos escandalice o nos espante, Dios –haciéndolo pasar por su «hora»– lo pueda transformar en milagro. La familia hoy necesita de este milagro.

Y toda esta historia comenzó porque «no tenían vino», y todo se pudo hacer porque una mujer –la Virgen– estuvo atenta, supo poner en manos de Dios sus preocupaciones, y actuó con sensatez y coraje. Pero hay un detalle, no es menor el dato final: gustaron el mejor de los vinos. Y esa es la buena noticia: el mejor de los vinos está por ser tomado, lo más lindo, lo más profundo y lo más bello para la familia está por venir. Está por venir el tiempo donde gustamos el amor cotidiano, donde nuestros hijos redescubren el espacio que compartimos, y los mayores están presentes en el gozo de cada día. El mejor de los vinos está en esperanza, está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y en la familia hay que arriesgarse al amor, hay que arriesgarse a amar. Y el mejor de los vinos está por venir, aunque todas las variables y estadísticas digan lo contrario. El mejor vino está por venir en aquellos que hoy ven derrumbarse todo. Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir, murmúrenselo cada uno en su corazón, el mejor vino está por venir y susúrrenselo a los desesperados o a los desamorados. «Tené paciencia, tené esperanza, hacé como María: rezá, actuá, abrí tu corazón, porque el mejor de los vinos va a venir». Dios siempre se acerca a las periferias de los que se han quedado sin vino, los que sólo tienen para beber desalientos; Jesús siente debilidad por derrochar el mejor de los vinos con aquellos a los que por una u otra razón, ya sienten que se les han roto todas las tinajas.

Como María nos invita, hagamos «lo que el Señor nos diga». Hagan lo que Él les diga. Y agradezcamos que en este nuestro tiempo y nuestra hora, el vino nuevo, el mejor, nos haga recuperar el gozo de ser la familia, el gozo de vivir en familia. Que así sea.

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