El otro Juan Pablo - Alfa y Omega

El otro Juan Pablo

Colaborador
El Papa Juan Pablo I saluda al entonces cardenal Karol Wojtyla

En estas páginas, lógicamente llenas de la vida y obra de Juan Pablo II, recordemos al cardenal que le precedió en el pontificado y de quien el Papa Wojtyla quiso tomar el nombre.

Frente al largo pontificado de su sucesor, el de Juan Pablo I sólo duró 33 días, desde el 26 de agosto de 1978 hasta su inesperado fallecimiento, en la madrugada del 28 de septiembre. Había tenido apenas tiempo de dirigir por radiotelevisión su primer Mensaje urbi et orbi y de empezar el estudio de los documentos sobre los que, más tarde, habría debido tomar decisiones no siempre fáciles.

Tuvo quien esto escribe la fortuna de conocerlo pocos meses antes, durante una visita oficial a Venecia como Embajador de España en Italia. Fue una charla grata, afectuosa y distendida con quien era Patriarca de Venecia y cardenal de la Santa Iglesia, además de un pastor que ejercía con sumo cuidado la cura de almas en un ambiente social más complicado de lo que parece, porque, junto a la bellísima ciudad de los canales, la diócesis patriarcal comprende la gran zona industrial de Mestre, donde no faltan las tensiones laborales. Mucho preocupaba al futuro Papa el destino de un buen colegio que el Patriarcado había construido allí para familias obreras, con ayuda de los patricios venecianos; tan alta era la calidad de las enseñanzas impartidas en el nuevo centro que muchos de aquellos donantes deseaban utilizarlo para sus propios hijos, lo que, naturalmente, reducía el número de plazas para los niños a quienes estaba destinado. El señor Patriarca encontraba difícil compatibilizar ambos fines, aunque aceptaba el razonable criterio de dar preferencia a los mejores talentos naturales, al margen de su cuna.

Un dato revelador lo señala su biografía oficial: cuando nació, en 1912, el futuro Papa Luciani hubo de ser bautizado por la comadrona con el agua de socorro, «por correr su vida grave peligro». Luego, sin embargo, su vida fue saludable, cursó los más altos estudios, se doctoró con una tesis sobre los orígenes del alma, fue nombrado obispo de Vittorio Veneto por Juan XXIII, Patriarca de Venecia y cardenal por decisión de Pablo VI y, por fin, Papa elegido en el segundo día del Cónclave. Había publicado varios libros, entre los que me parece delicioso el titulado Ilustrísimos Señores. Cartas a una cuarentena de personajes; conmueve entre ellas su Carta a Jesús, que escribió «temblando…, como un sordomudo que se esfuerza en ser comprendido».

Cuando, inesperadamente, Juan Pablo I murió con placidez mientras dormía, algunas repulsivas hipótesis imaginaron causas conspiratorias, que el tiempo ha desvanecido. Para quien esto escribe, valen dos explicaciones: la natural, del hombre bueno enfrentado a inmensas responsabilidades que seguramente agobiaban al Papa de la sonrisa; y la sobrenatural: después de casi cinco siglos con Papas italianos, era precisa una gran sacudida para que ese pueblo aceptara con serenidad a un Pontífice llegado de otra nación, otra cultura y otro mundo, que sería además Obispo de Roma. Y así, Dios ha escrito derecho con renglones torcidos.

Carlos Robles Piquer