El maestro que quiso devolver a sus alumnos «una educación completa» y acabó dando la vida por su fe - Alfa y Omega

El maestro que quiso devolver a sus alumnos «una educación completa» y acabó dando la vida por su fe

José María Soler Plà, maestro, marido y padre de cuatro hijos, será beatificado este sábado en Santander. Su bisnieto reconstruye la vida de un hombre «sencillo» cuya vocación educativa y condición de maestro católico marcaron el camino que acabaría llevándole al martirio

Cristina Sánchez Aguilar
José María Soler Pla.
José María Soler Pla. Foto cedida por Juan Cerezo.

Juan Cerezo Soler ha reconstruido la vida de su bisabuelo, José María Soler Plà (1895-1936), un maestro de Revilla de Camargo cuya vocación pedagógica estuvo profundamente unida a su fe. Columnista, apicultor, padre de familia y protagonista de la renovación educativa de su tiempo, fue asesinado durante la persecución religiosa de los años 30 por defender la presencia de Dios en la escuela.

Ahora, su bisnieto recupera su historia en El maestro de Revilla de Camargo (BAC) una biografía que quiere ser documento histórico, pero también homenaje a un hombre «bueno y sencillo» y a un testimonio de coherencia y perdón que, casi un siglo después, sigue interpelando. Este sábado será beatificado junto a otros 79 testigos de la fe en Santander.

—¿Quién era José María Soler Plà antes de ser el mártir que será beatificado este sábado?
—En definitiva, fue un hombre sencillo, entregado a su profesión y a su familia. Un maestro de profunda vocación docente y verdadero amor por la enseñanza que, por lo demás, nunca pretendió destacar ni dejar huella de manera alguna. Su encuentro con la historia no fue fruto de una elección propia, sino que irrumpió en su vida de forma repentina y contra su voluntad. Fue también un cristiano en el sentido más pleno de la palabra: creció en el seno de una familia en la que la religión ocupaba un lugar central en la vida cotidiana; de sus padres heredó una fe que le sostuvo y orientó desde sus primeros pasos en la vida adulta y que permaneció a su lado a lo largo de toda su existencia, tanto dentro como fuera de las aulas, hasta el último momento.

—⁠⁠El título del libro, El maestro de Revilla de Camargo, parece querer devolverle precisamente esa identidad cotidiana. ¿Por qué le interesaba contar primero al maestro y no solamente al mártir?
—Porque uno no llega al martirio de la nada. En su caso, la persecución, detenciones y asesinato vino directamente causada por su condición de maestro católico. No se entiende su martirio sin entender antes su preciosa vocación a la enseñanza, a la formación de la generación siguiente. El amor por este oficio le llevó a alzar su voz frente a medidas y leyes que iban, según dejó escrito en varios artículos, contra el interés de los alumnos. Si defendió la presencia de la religión en el aula no fue por un catolicismo ideológico, sino por una convicción plena de que en la formación de un joven es fundamental incluir la apertura a la trascendencia, la relación con Dios, el conocimiento de la Escritura, la Tradición de la Iglesia por estar entrañada, entrelazada, con la tradición cultural de Occidente. Arrancar todo este conocimiento del aula equivalía, para él, mutilar la educación, ofrecer una educación manca, incompleta.

—¿Qué le sorprendió más al investigar la vida de su bisabuelo?
—Quizá uno de los descubrimientos que más me sorprendió fue su faceta como columnista. En mi familia ha existido siempre una suerte de inclinación natural hacia las letras, y entre mis primos hay grandes lectores, no pocos maestros y, quien más quien menos, encuentra cierto gusto en poner por escrito sus cosas. Es verdad que no todos han llegado a publicar, pero la palabra y el lenguaje han ocupado siempre un lugar importante en nuestras conversaciones y discusiones. Descubrir que esa vocación literaria tenía ya un precedente en las columnas de mi bisabuelo, y comprobar cómo había sabido trasladar al papel retazos de su mundo interior, constituyó para mí una verdadera sorpresa. Su escritura era cuidada y elocuente, alejada de toda rigidez y de cualquier esquematismo, con una prosa fluida, cercana y agradable de leer. Porque, además de todo cuanto he dicho, mi bisabuelo fue también un magnífico escritor.

—Hay una tendencia a imaginar a los mártires como figuras excepcionales desde el principio. ¿Encontró en José María Soler algo especialmente ordinario, incluso cotidiano, que ayude a entender mejor su santidad?
—Al principio del libro lo declaro sin medias tintas: si algo quiero reivindicar es su preciosa humanidad, y por eso he intentado ser muy cauto. Es una biografía, no una hagiografía, y la línea que separa una de otra a veces puede volverse difusa, más aún cuando uno es bisnieto del biografiado y tiene que lidiar con la tentación de esculpir una talla de mármol, de idealizar, de recoger solo las luces y ocultar las sombras. He intentado evitarlo, juzgue el lector si lo he conseguido o no. Sí es cierto que me he obligado a incluir algunas estampas en las que no salía bien parado, como su severidad en su forma de ejercer la paternidad, unas maneras que hoy podrían parecernos algo brutas. Son fruto de su tiempo y se comprenden, pero ocultarlas habría sido como dar un barniz de candor al personaje que no tuvo; sería algo irreal. Al incluirlas, se le devuelve al suelo, se le situa en sus coordenadas exactas, allí donde vivió. Eso me sirve también para poner en valor su santidad, pues solo recordando que fue humano se entiende un sacrificio sobrehumano, y que fue posible solo gracias a haber recibido de lo alto la fe como un don.

—José María era maestro de escuela pública. ¿Qué idea tenía de la educación?
—Sobre todo, que no debía ser trinchera ideológica de ningún tipo. Se rebeló con todas sus fuerzas y con todos los medios que tuvo a su alcance contra esa visión utilitarista de la escuela que la trataba como terreno de adoctrinamiento. Le pasó en los años más crudos de la Segunda República, que veía que las leyes y las medidas de la Inspección de Enseñanza se dirigían a virar la sensibilidad de los alumnos, muchos de ellos católicos, religiosos, de grandísima espiritualidad, y a forzar un cambio incluso en sus conciencias. ¡En sus conciencias! Ese fue para mi bisabuelo un terreno sagrado, inviolable, y no lo pudo consentir.

Juan Cerezo.

Foto cedida por Juan Cerezo.

—Además, presidió la Asociación de Maestros Católicos de Santander. ¿Qué significaba ser un maestro católico en la España de aquellos años?
—La presidió y la fundó. Significaba, a fin de cuentas, exponerte con nombre, rostro y apellidos a la violencia que, ya desde mucho antes de julio del 36, formaba parte del clima general. Piquetes, huelgas, manifestaciones de uno y otro signo que se cruzaban a pie de calle y terminaba en un tiroteo, mitines, etc. El clima era irrespirable y tenía, como elemento común, un sentimiento de fondo anticlerical que enseguida se convirtió en antirreligioso: cada manifestación, convocada por la causa que fuera, se saldaba con la quema o el saqueo de una iglesia o de un convento. Con cada nueva medida del Frente Popular se crispaba mucho más el ánimo, lo que en la calle se traducía en reyertas y emboscadas de todo tipo. En este contexto, José María Soler Plà no se parapetó en su casa y sus clases, sino que intensificó su presencia pública, fundando esta asociación y escribiendo sus columnas, y no tanto por un deseo de tomar partido sino por ondear, como fuera, la bandera del sentido común en medio del delirio irrespirable que empezaba a ser España. Estaba convencido, y así lo dejó escrito varias veces, que la solución nunca estaría en mirar a la derecha o a la izquierda, sino al cielo.

—¿Hay alguna anécdota o testimonio concreto que permita imaginar cómo era delante de sus alumnos?
—Sí. Su presencia en Revilla de Camargo tuvo como centro la Escuela Modelo, un proyecto educativo entonces muy innovador, abierto a la experimentación y a la vanguardia de la educación de todo el país. Enseñar allí le permitió incorporar como actividad extraescolar la apicultura. Se formó como apicultor en Madrid, al amparo del Conde de Doña Marina, y enseguida trasladó a su escuela todo lo aprendido. Montó un coto apícola, enseño la apicultura a sus alumnos y mantuvo las colmenas, de las que a final de curso extraía la miel con todos sus alumnos embelesados. Era día de fiesta grande en la escuela. Sobre eso, puso a la venta la miel extraída, la distribuyó por toda la comarca y repartió, equitativamente, todos los beneficios obtenidos entre sus alumnos: a todos —por lo general de familias muy humildes— les abrió una cartilla de ahorros en el Monte de Piedad para que, al salir de la escuela, contasen con un capital. Así, entre otras cosas, fue como logró tener un impacto directo en la vida de todo el Valle de Camargo.

—⁠⁠Entre los 80 nuevos beatos hay sacerdotes, religiosos, seminaristas y también laicos. ¿Qué importancia tiene que uno de ellos sea precisamente un maestro, marido y padre de cuatro hijos?
—Es importante porque testimonia, con grandísima claridad, que aquella persecución no fue solo una cuestión de anticlericalismo. Anticlericalismo siempre ha habido en España, tensiones entre el Estado y la Iglesia son, y serán siempre, constantes, y así debe ser. Lo de 1936 fue un fenómeno de naturaleza e intensidad muy distintas, o al menos así lo veo yo. Dejó de ser una cuestión de anticlericalismo para convertirse en odio a todo lo religioso, ensañándose de manera febril y desproporcionada, por supuesto, con el sacerdote de tu aldea, pero también con el pescadero, el médico, el jovencito que repartía los periódicos y, como en este caso, el maestro de la escuela.

—Su esposa, Fermina Zulategui, también era maestra. ¿Qué sabemos de ese matrimonio y de la vida que construyeron juntos?
—Sabemos que se presentaron juntos a un examen de ingreso, lo que hoy llamaríamos oposición, y sacaron las dos primeras plazas. Mi bisabuela sacó la primera y mi bisabuelo la segunda. Los dos se dedicaron a la enseñanza, con una preciosa vocación educativa. En el caso de Fermina, de hecho, su vocación no hizo sino crecer con los años. Terminada la guerra, y tras haber perdido a su marido, volvió a Pamplona, ahogada por la angustia y, también, por las estrecheces económicas. Sacó una plaza como inspectora de Enseñanza, lo que la obligó a trasladarse a Valencia. Este puesto tenía una remuneración y unas condiciones mucho mejores que las de simple maestro de escuela, y allí se fue a dedicarse a la inspección. Bien, pues pocos meses duró en este puesto, no soportó el quehacer burocrático de la Inspección, necesitaba volver al aula; enseguida solicitó traslado de nuevo a Pamplona y recuperó su puesto de maestra rasa, dedicada a sus hijos y a sus alumnos. En cuanto a su intimidad familiar, sabemos que Fermina tenía un carácter fuerte, lo que en mi familia llamamos el «gen Zulategui», y consiste en un pronto desproporcionado y muy intenso ante cualquier contrariedad. Fermina lo tenía, sin embargo, se apaciguaba ante las palabras de su marido: «Ferminica, tranquila». Esta frase funcionaba como un bálsamo, calmaba a la fiera, podríamos decir. Se quisieron mucho, muchísimo.

—⁠A menudo hablamos de los mártires desde el momento de la muerte. Pero en este caso queda una familia detrás. ¿Cómo vivieron su mujer y sus hijos la pérdida?
—Esta pregunta es fundamental, y es la que detona el arranque del libro y con la que se cierra el epílogo. Su mujer y sus hijos vivieron esta muerte con inmenso dolor pero desde el perdón. Esta es frase que se dice pronto pero conviene entenderla bien: Fermina perdonó, desde el mismo minuto cero, a los verdugos de su marido. Se ve en las declaraciones que prestó cuando desde el juzgado la pidieron testificar, en concreto contra uno de los captores de su marido. En todo momento dice lo que sabe, lo que vivió, pero sin dejarse llevar por el dolor, ni convertir en acusación aquello que fuera simple sospecha. No pidió venganza. Su hijo mayor, por el contrario, pasó un tiempo odiando a los asesinos de su padre, pero terminó por perdonarlos al ver que su madre nunca emitió una sola nota de rencor. Esto terminó por derrumbar las durezas de odio que se habían instalado en su interior. Si alguna lección se ha transmitido en mi familia de generación en generación es, precisamente, la de este perdón a toda cosa.

—¿Ha encontrado alguna huella de José María en la memoria familiar que haya pasado de generación en generación?
—Sí, por supuesto. La primera vez que oí su historia por boca de mis padres yo era muy pequeño para comprenderla, pero recuerdo la impresión que me causó aquella frase que dijo frente a los milicianos que se presentaron en su casa para detenerle. Les dijo «ustedes cumplan con su deber, yo estoy dispuesto a cumplir con el mío. Soy cristiano y por defender esta verdad, dejo que me hagáis pedacitos». Mi madre me lo trasladó diciendo «dejo que me cortéis por aquí, por aquí, por aquí y por aquí», y mientras lo decía, con su mano izquierda iba haciendo un gesto como de pequeños tajos sobre el brazo derecho. Aquella frase, con esa puesta en escena, nos ha provocado a mis primos y a mí, a toda nuestra generación de soleres, un grandísimo impacto. Lo hemos trasladado de padres a hijos y nos hemos repetido esa frase constantemente como un código muy nuestro.

—Este tipo de historias siguen siendo delicadas porque nos llevan inmediatamente a la Guerra Civil y a memorias enfrentadas. ¿Cómo contar la muerte de José María sin utilizarla para reabrir trincheras?
—Sobre esto ahondo un poco en el epílogo, ya terminado el libro. Creo que no puedo ser ambiguo aquí: si lo que he escrito sirve para alimentar el más mínimo odio, preferiría de verdad no haberlo escrito. Si se utiliza para reabrir viejas heridas, alimentar querellas presentes o trasladar a los hijos las culpas de sus padres, te prometo que doy por perdido todo este esfuerzo; es más, sería capaz de buscar uno por uno todos los ejemplares y retirarlos de las librerías. Los quemaba incluso. Creo que ni José María, ni Fermina, ni sus descendientes me lo perdonarían jamás. Pienso mucho en esto, y es que resulta que quienes sobrevivieron a su muerte tenían más razones que nadie para odiar y, sin embargo, no lo hicieron; perdonaron del todo y sin vuelta de hoja. Qué derecho voy a tener yo para reavivar ese rencor. Lo digo muy en serio: si estas páginas dejan en el lector una sola brizna de odio hacia unos hombres, unas siglas o una mitad de España, sea la que sea, sentiré que he fracasado. Si, en cambio, sirven para comprender que responder al odio con más odio no lleva a ninguna parte, y que el amor, incluso cuando exige dar la propia vida, puede dar frutos que uno ni siquiera alcanza a imaginar, entonces sí, habrá merecido la pena escribirlas.