En 2021, El juego del calamar marcó un hito en la historia reciente de las series de ficción. Esta multipremiada ficción surcoreana supo escandalizar y hacer caja al mismo tiempo. Pasamos de asustarnos porque nuestros hijos jugaban en los patios de los colegios a tan macabros juegos como los que aparecían en la serie, a ver con cierta normalidad que se instale en nuestras grandes ciudades una experiencia inmersiva en torno a la historia, que —afortunadamente— solo te cuesta la bolsa pero no la vida.
Para los que estén fuera de juego, este calamar, de tinta más roja que negra, nos cuenta la historia de unos parias de la tierra, cargados de deudas hasta las trancas, que aceptan participar en una serie de juegos, aparentemente infantiles, donde el que se equivoca es eliminado. Literalmente. Se le pega un tiro y a otra cosa. Todo muy sórdido y secreto para que el morbo aumente.
Al final de la primera temporada dejábamos al protagonista, multimillonario, a las puertas de coger un avión y desaparecer con su dinero para siempre. Ahora se ha lanzado la segunda temporada; tramposa, porque no cierra, se queda a la mitad de todas las tramas que plantea, y avanza ya una tercera que es, en realidad, la conclusión de esta segunda. Sun Ki-hoon, el protagonista, da media vuelta y se convierte en todo un héroe dispuesto a detener el juego y encarcelar a sus promotores y ejecutores. No hay ni siquiera el interés en la construcción de los personajes que la primera temporada aportaba. Alguna metáfora luminosa como la del brutal juego del tiovivo y poco más. Son siete nuevos episodios que se entregan a las ideologías más políticamente correctas del momento, que son muy previsibles, que abandonan tramas de cierto interés por el camino y que terminan en un baño de sangre gore, repelente para cualquiera que no se haya insensibilizado ya con el jueguecito de marras. A ver si Sun Ki-hoon consigue detener pronto este desatino, pasa de nosotros el cáliz de la tercera temporada y el juego se detiene de una vez para siempre.