Leí esta expresión en una estupenda entrevista que le hicieron a Chema Caballero, en la que hablaba de la recuperación de los niños soldado de Sierra Leona. Me encantó. Estamos en pleno Adviento y esperamos a ese Dios de las cosas pequeñas: del vaso de leche que se toman los niños antes de ir al cole. De un detalle en el trabajo con algún compañero. De hacer esa llamada pendiente. De esa oración que hago por alguien que lo necesita, como un guiño al cielo. De la honradez y la transparencia en lo cotidiano. De perdonar alguna ofensa que me hicieron.

Todas estas cosas son tan pequeñas y tan grandes a la vez… Todo está en ese «espacio interior del mundo», en una expresión de Rilke tan querida para Etty Hillesum (fallecida en un campo de concentración); expresión que es aún más bonita en alemán porque constituye una sola palabra, sin división, sin escisión: Weltinnenraum. Cosas que son pequeñas pero que un día darán fruto, como la semilla. Como el pesebre de Belén. Porque lo importante, como subraya con frecuencia el Papa, es «generar procesos, y no ocupar espacios». Aquí, eso pequeño de lo que hablamos es la misión que llevamos juntos los alumnos, los profesores, las familias, las hermanas, la gente… Un día fructificará, pero ya está brotando. Educar es ayudar a un pueblo a ser protagonista de su propio desarrollo, a vivir con dignidad, a ponerse en pie, a fortalecer el tejido social, a crear estructuras más justas, a hacer más posible esa vida buena (que no buena vida) como decía el Papa en noviembre en su discurso a los movimientos populares.

Un día vino Ritong. Es un chaval que tiene 18 años y que está en primero de Secundaria (tendría que tener 12 años). Ha tenido que dejar los estudios varias veces por falta de medios, porque es huérfano, y se busca la vida como puede. Su frase más repetida es «quiero estudiar». Gracias a una beca, Ritong está estudiando y la verdad es que con muchísimo interés y ganas de aprender. Una frase que he oído más veces, de la boca de Numbi, de Antoinette, de Mangala, de Misenga, de Louis, de Mujinga… esa frase está preñada de futuro y esperanza.

Hace dos años apareció por aquí el señor Banza, un importante ingeniero informático de Kolwezi. Me contó que había estudiado en nuestra escuela de Kafakumba (un medio rural muy, muy apartado) y me dijo: «Yo quiero ayudar, porque a mí la escuela me dio mucho de lo que soy hoy». Viene dos veces por semana y nos está ayudando a implantar la sección Comercial-Informática. Y el otro día, para que no me olvidara de esta cadena ininterrumpida de solidaridad, de coraje y de entrega, vino un chaval y me dijo: «Yo de mayor quiero ser como el señor Banza».

Victoria Braquehais
Religiosa de la Pureza de María. Misionera en la República Democrática del Congo