«El Cuerno de África se extingue»

«El Cuerno de África se extingue». Así de tajante se mostró el periodista Daniel Burgui durante las Jornadas de Delegados diocesanos de Misiones, celebradas esta semana en Alcalá de Henares. Uno de los grandes asuntos abordados ha sido la tragedia del Cuerno de África

Cristina Sánchez Aguilar

«El Cuerno de África se extingue». Así de tajante se mostró el periodista Daniel Burgui durante las Jornadas de Delegados diocesanos de Misiones, celebradas esta semana en Alcalá de Henares. Uno de los grandes asuntos abordados ha sido la tragedia del Cuerno de África

El Cuerno de África fue el punto de mira, el jueves, en una de las mesas redondas del segundo día de las Jornadas de Delegados diocesanos de Misiones, en la que Daniel Burgui, periodista y testigo presencial de la tragedia que se vive en la zona oriental del continente africano, declaró, contundente: «El cuerno de África se extingue». Y recordó cómo más de mil supervivientes llegaron, cada día durante 2011, al campo de refugiados de Dadaab, en Kenia, «huyendo de Somalia, de la peor sequía en 60 años, de una hambruna que estrangula estómagos y una guerra ininterrumpida que dura dos décadas».

Una huida que, contada con palabras, no es capaz de acercarse a describir el infierno que supuso, y que, según Burgui, «sólo le hacen justicia los textos sagrados o las tragedias clásicas con devastador acierto en sus descripciones de masivas migraciones humanas».

«Cada día, 1.200 personas, durante los meses de julio, agosto y septiembre, atravesaron desde el Bajo Juba, en las entrañas del sur de Somalia, el desierto que media hasta alcanzar el suelo keniano. En travesías de hasta 20 y 30 días, sin comida, sin agua, a menudo descalzos. Muchas familias se perdían por el camino, algunas se reencontraban; debían dormir en arcenes, al raso, entre arbustos de espinos. Muchos fueron atacados por milicias, contrabandistas o por los propios ejércitos regulares, abusados, robados, desposeídos y temerosos de las hienas y otras alimañas, del sol, el calor y la deshidratación», narró el periodista.

Pero, tras describir la dureza, Burgui dejó un aliento a la esperanza: «Tanto los refugiados, como los misioneros y cooperantes, se esfuerzan y sudan a diario por hacer sostenible la vida, en un contexto y una emergencia humanitaria sin precedentes».

Los piratas somalíes… ¿atacantes, o atacados?

Por su parte, Gerardo González, ex redactor jefe de la revista Mundo Negro, recorrió la historia de Somalia y concluyó que, «a su guerra sin fin -desde la caída del general Siad Barre, en el año 1991, y que ha costado 300.000 muertos y un millón y medio de refugiados-, se suman otras dos realidades conflictivas: la piratería y el hambre». Y aludió a una piratería desconocida para muchos: «Los verdaderos bandidos del mar son los pescadores clandestinos que saquean los peces de los pescadores artesanales somalíes. Somalia no es, por tanto, sólo un Estado fallido. Es un Estado atrapado en la tela de araña de los intereses internacionales. Sus 3.300 kilómetros de costa, en el golfo de Aden, el mar de Arabia y el Océano Índico -donde faenan 700 barcos pesqueros tanto legal como ilegalmente- y su acceso al estrecho de Bad el-Mandeb son la razón de que no se le permita vivir en paz».

Cristina Sánchez Aguilar