Cobo a Escuelas Católicas: «Nuestros colegios son los primeros que acogen la fragilidad» - Alfa y Omega

Cobo a Escuelas Católicas: «Nuestros colegios son los primeros que acogen la fragilidad»

El Seminario Conciliar de Madrid acoge la Asamblea General de Escuelas Católicas de Madrid para reflexionar sobre el papel de la educación

Luis Miguel Modino
José Cobo con Escuelas Católicas en el Seminario Conciliar de Madrid. Foto: Infomadrid

El Salón de Actos del Seminario Conciliar de Madrid acogió el 29 de abril de 2026 la Asamblea General de Escuelas Católicas de Madrid. Una oportunidad para reflexionar sobre el papel de la educación católica en la sociedad actual. Una tarea que ha llevado a cabo el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, a través de diez retos.

Crear sinergias

Una asamblea rutinaria, en palabras del delegado episcopal de Enseñanza del arzobispado de Madrid, José Luis Guzón, pero a la que la presencia del cardenal le da una relevancia especial. El salesiano la ve como ocasión en la que «hemos detectado que vamos todos en la misma línea, que hay que seguir creando sinergias y que hay que seguir mirando todos en la misma dirección».

La escuela católica es presencia de Iglesia en realidades donde muchas veces la Iglesia no llega, en palabras del arzobispo. Una presencia decisiva, pues «nuestros colegios son los primeros que acogen la fragilidad», subrayó el cardenal Cobo. Escuelas que tienen su fuerza en el «educar desde la verdad, desde la cercanía y desde la esperanza». Lo hacen desde una llamada misionera y una respuesta vocacional.

José Cobo con Escuelas Católicas en el Seminario Conciliar de Madrid. Foto: Infomadrid

Los diez retos relatados por el cardenal José Cobo, son vistos por Emilio Díaz, secretario regional de Escuelas Católicas, como «una hoja de ruta». En su reflexión, el arzobispo partía de la realidad madrileña, un cruce de caminos, «una ciudad plural compleja y fragmentada», marcada por «la diversidad cultural, la desigualdad social, familias en situaciones muy distintas y jóvenes con preguntas profundas, pero sin lenguaje religioso». En medio de esta realidad, «la escuela católica es una presencia capilar en la vida de la ciudad».

Una identidad propuesta

Hay que partir de que «la educación ya no puede pensarse desde arriba, sino desde la escucha, la participación y el discernimiento compartido», decía el arzobispo. Una educación que debe ser asumida como respuesta a una llamada misionera. En esa coyuntura, el primer reto que planteaba es «pasar de una identidad heredada a una identidad propuesta», basada en el Evangelio, que tiene que ver con el estilo y lleva a ver el educar como «un acto de esperanza en la persona, en su capacidad de crecer, de cambiar, de abrirse a la verdad», que decía el papa Francisco. Algo que debe llevar a la escuela a despertar preguntas, abrir horizontes y creer en el otro.

El segundo reto es «iniciar procesos que integren la fe y la vida», que ayude a los alumnos a aprender a vivir desde la fe. La fe no puede ser reducida a contenidos, es significativa cuando toca la vida. Por eso, «no basta con enseñar, hay que acompañar procesos personales», resaltó. En esos procesos reflexionó sobre la asignatura de Religión y la necesidad de una pastoral integrada en la misión diocesana, con una visión común entre escuela, familia y parroquia.

En una cultura centrada en el rendimiento, el cardenal Cobo ve como un tercer reto «poner a la persona en el centro». Eso porque «cada alumno es único, cada proceso es distinto y cada historia necesita ser acompañada». Algo que lleva a la escuela católica, como reconoció y agradeció, a «cuidar la interioridad, formar la libertad y acompañar las fragilidades». Algo que se lleva a cabo en los centros de escucha y mediante servicios técnicos transversales.

Un educar que se lleva a cabo en «una sociedad herida», y ese es el cuarto reto. Algo que recoge el informe FOESSA, que el cardenal insistió en que sea leído, que pone en evidencia la exclusión creciente, la desigualdad estructural y la fragilidad en muchas familias, a lo que se une la soledad, el desarraigo y la falta de sentido. Son heridas a las que «la escuela no puede ser ajena», recalcó Cobo, dado que «la educación cristiana no puede ser neutral ante la desigualdad, debe ser lugar de inclusión, cuidado y promoción». Para ello es imprescindible un trabajo misionero en red que lleve a mirar y dar respuesta a los últimos.

Ser una comunidad educativa

Un quinto reto es «ser una comunidad educativa», que sea protagonista. Algo que demanda un trabajar juntos, que se hace realidad cuando se busca fomentar la participación real, generar espacios de escucha y construir corresponsabilidad. Un educar que nace del vivir lo que se propone, dado que «la fe se transmite por contagio de vida». Y hacerlo en un contexto marcado por la falta de vocaciones, que lleva a confiar la escuela a laicos que deben ser formados en los diversos carismas y en la identidad cristiana, que genere compromiso, liderazgo y comunidades educativas que sostengan. Es necesario que cada centro entienda que necesita a los otros y que lo importante es que las escuelas católicas sean vías de transmisión de la fe, afirmó el cardenal.

José Cobo con Escuelas Católicas en el Seminario Conciliar de Madrid. Foto: Infomadrid

«No olvidar la responsabilidad pública y el diálogo social» ha sido presentado por el cardenal Cobo como sexto reto. Algo que está mediatizado por la poca participación de las familias en la comunidad educativa, procesos de decisión poco compartidos y los riesgos para la libertad y equidad educativa. Ante esta situación, «la escuela católica no puede permanecer al margen del debate público». En vista de elaborar una propuesta integrada, propone intensificar la participación en el ámbito público, evangélicamente, como levadura en la masa, desde la responsabilidad de transformar la vida pública e iluminar desde la forma de tratar a los alumnos y los proyectos educativos.El séptimo reto que apuntó el cardenal Cobo fue «educar desde la esperanza». Hacerlo, como gran comunidad educativa que son las escuelas católicas, un equipo grande y diverso, en un mundo marcado por la incertidumbre, el desasosiego y la fragilidad existencial. Una esperanza que hace ver que toda persona puede crecer, toda vida puede abrirse y todo proceso puede transformarse.