El coraje de la verdad

Ayer, 24 de enero, la Iglesia celebró la fiesta de San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Patrono de los periodistas. Nació en Saboya en 1567, y murió en Lyon el 28 de diciembre de 1622, pero fue el 24 de enero del año siguiente cuando fue enterrado en Annecy

Miguel Ángel Velasco
Retrato de san Francisco de Sales por fray Martellange, SJ. A la derecha: J. J. Rousseau

Ayer, 24 de enero, la Iglesia celebró la fiesta de San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Patrono de los periodistas. Nació en Saboya en 1567, y murió en Lyon el 28 de diciembre de 1622, pero fue el 24 de enero del año siguiente cuando fue enterrado en Annecy

Desde la pequeña escalera que lleva a la morada de los obispos de Annecy, en la que vivió san Francisco de Sales, se puede ver, en la casa de enfrente, una lápida conmemorativa en honor de J. J. Rousseau, que también vivió allí algunos años de su intranquila vida. Se encuentran, así, a cercana distancia, las dos orientaciones fundamentales del mundo moderno, personalizadas, precisamente, en esos dos hombres.

Rousseau es el hombre de la anárquica rebeldía contra el orden establecido. Se podría ver en él al padre de un cierto periodismo, para el que todo es sucio y vulgar, cuya principal actividad es la denuncia. En el fondo, está la desesperación que nace de la falta de una finalidad para la existencia humana: el hombre existe, sin más. La denuncia va dirigida contra la misma existencia, sin buscar una mejora; contra el mundo, contra el mismo hecho de ser hombre. Esa falta de sentido y de finalidad, nueva del todo en tiempos de Rousseau, se ha convertido hoy en una constante generalizada.

Conviene echar un vistazo al otro lado, a la casa de san Francisco de Sales. El hecho de que la Iglesia lo haya reconocido como Patrono de los periodistas no es una mera formalidad, sino una opción deliberada, a partir de la cual el periodismo puede desarrollarse verdaderamente como un servicio al progreso y a la Humanidad, encontrando, así, su grandiosa y verdadera vocación, con valentía y confianza. Hoy, la mayoría cree y dice que «fiarse está bien, pero no fiarse es mejor». ¿No será a menudo un intento de evitar incomodidades, y de cubrir abusos?

El periodismo tiene plenitud de sentido sólo si es capaz de reconocer la verdad. Puede ser una vocación verdadera sólo si existe una verdad que es buena. Entonces, es justo y necesario contribuir a la difusión de esa verdad. La condición básica de la existencia del bien no obstaculiza el trabajo del periodista, sino, al contrario, es la única condición que lo hace posible, y debe ser el primer fundamento de una correcta ética periodística.

Valentía significa libertad y sinceridad que nada calla y nada esconde, franqueza frente a los de arriba. La comunidad necesita la valentía de que sea dicho lo que molesta y es incómodo; para que la franqueza sea una virtud, debe ir unida a la responsabilidad del hombre libre. La franqueza sin discreción se convierte en puro chismorreo, y la raíz profunda de la discreción se llama amor, que no tiene nada que ver con pintarlo todo de azul; puede ser también muy duro. Francisco de Sales tuvo la valentía de la mesura y de la franqueza en una época violenta. Existe el coraje de la mesura, como existe la valentía de la verdad…

Era el 27 de enero de 1984. Yo estaba en Roma como corresponsal del diario Ya y de la Editorial Católica, y todo lo escrito arriba se lo escuché, en la homilía de la Misa que celebró para los periodistas, en la fiesta de nuestro Patrono, a un cardenal de la Curia Romana. Se llamaba Joseph Ratzinger.

Miguel Ángel Velasco