El asombro de Jesús - Alfa y Omega

El asombro de Jesús

Papa Benedicto XVI
Benedicto XVI

A causa de la cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos». En efecto, los milagros de Cristo no son una exhibición de potencia, sino signos del amor de Dios, que actúa ahí donde encuentra la fe del hombre. Escribe Orígenes: «Del mismo modo que para los cuerpos existe una atracción natural de parte de unos hacia los otros, como entre el imán y el hierro…, así tal fe ejerce una atracción sobre la potencia divina».

Jesús «se asombraba de su falta de fe». A la sorpresa de los conciudadanos, que se escandalizan, corresponde la maravilla de Jesús. También Él, en un cierto sentido, se escandaliza. A pesar de que sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, la cerrazón del corazón de su gente permanece para Él oscura, impenetrable: ¿cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que ha querido compartir nuestra humanidad? En efecto, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros buscamos siempre otros signos, otros prodigios, no nos percatamos de que el verdadero signo es Él, Dios hecho carne, es Él el más grande milagro del universo: todo el amor de Dios contenido en el corazón humano, en un rostro de hombre.

Aquella que ha comprendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque ha creído. María no se escandalizó de su Hijo: su maravilla por Él está colmada de fe, plena de amor y de gozo al verlo así humano y, al mismo tiempo, así divino.

(8-VII-2012)