«La oración de intercesión es hoy un grito al Padre por nuestros hermanos cristianos perseguidos y asesinados, y por la paz en nuestro mundo convulso»: así decía el Papa Francisco, el pasado viernes, en un encuentro con carismáticos. Este grito al Padre por los cristianos perseguidos no deja de lanzarlo el Santo Padre, una y otra vez. Lo hizo de un modo bien expresivo el último 30 de junio, fiesta de los primeros mártires de la Iglesia romana: «Hoy miramos esta Iglesia de Roma -dijo en su homilía- que crece, regada por la sangre de los mártires. Pero también es justo que pensemos en tantos mártires de hoy, que dan su vida por la fe», y recordó que, si fueron muchos los cristianos perseguidos en la época de Nerón, «hoy no son menos. Hay muchos mártires en la Iglesia, muchos cristianos son perseguidos. Pensemos en el Medio Oriente, los cristianos que deben huir de las persecuciones, los asesinados por sus perseguidores. También los cristianos expulsados de manera elegante, con guante blanco: ésta también es una persecución. Hoy en día hay más testigos, más mártires en la Iglesia que en los primeros siglos».

Durante el gran Jubileo del año 2000, en el marco tan sugestivo del Coliseo romano, el santo Papa Juan Pablo II presidió la conmemoración de los testigos de la fe del siglo XX, y señalando esos «antiguos vestigios» que «nos recuerdan la verdad de las palabras de Tertuliano, que escribía: La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos», no dudó en afirmar: «La experiencia de los mártires no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del cristianismo, son muchos los que dieron testimonio de la fe con sufrimientos a menudo heroicos. ¡Cuántos cristianos, en todos los continentes, a lo largo del siglo XX, pagaron su amor a Cristo derramando también la sangre!» Y de ese modo, respondiendo al mal con el Bien, alcanzaron la promesa del Evangelio: «Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo. ¡Qué bien se aplican estas palabras de Cristo -añadía san Juan Pablo II- a los innumerables testigos de la fe del siglo pasado, insultados y perseguidos, pero nunca vencidos por la fuerza del mal! Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida sin la posibilidad de huir de su lógica, ellos manifestaron cómo el amor es más fuerte que la muerte. Muchos rechazaron someterse al culto de los ídolos del siglo XX y fueron sacrificados por el comunismo, el nazismo, la idolatría del Estado o de la raza».

No menos heroicos, sin duda, ni menos fecundos, están siendo los sufrimientos de tantos cristianos perseguidos a lo largo también del presente siglo XXI, y hoy especialmente vivos en Iraq y en Siria, en todo Medio Oriente, en tantos países que tienen proscrito el cristianismo, aliados incluso con un Occidente que, vergonzosamente, guarda silencio, cuando no lo persigue con guante blanco, como dice el Papa Francisco. Y hasta no pocos que se dicen cristianos, contagiados del ébola del alma, se avergüenzan de su fe. Los cristianos tenemos la marca de la Cruz, sí, y con ella igualmente la garantía de la victoria. En todos los continentes, como constataba san Juan Pablo II. También en África, como testimonia esa madre de la foto que ilustra este comentario, cuya hija es una de las más de 200 niñas cristianas secuestradas y vejadas en Nigeria por los terroristas islámicos de Boko Haram. Y también en Asia: ahí está el ejemplo de Corea. En el Norte, hoy los cristianos sufren durísima persecución por parte del comunismo; ya la sufrieron los primeros cristianos del país, proclamando bien alto que el Amor, ¡Jesucristo!, es más fuerte que la muerte. El pasado agosto, el Papa Francisco beatificaba en Seúl a aquellos primeros mártires. «Si seguimos su ejemplo -dijo en la Misa de beatificación- y creemos en la palabra del Señor, comprenderemos la libertad sublime y la alegría con que afrontaron su muerte». Como han hecho «los innumerables mártires anónimos, en este país y en todo el mundo, que, especialmente en el siglo pasado, han dado su vida por Cristo o han sufrido lacerantes persecuciones por su nombre». El fruto no es otro que nuevas generaciones de cristianos. En el avión de regreso a Roma, evocando que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, decía bien claro: «Vosotros, coreanos, habéis sembrado mucho, muchísimo. Y se ve ahora el fruto de aquella siembra de los mártires».

Como muestra el Cristo en la Cruz de Fernando Gallego, en el centro de esta página, el Amor hasta dar la última gota de su sangre ha sembrado la verdadera victoria. Sí, el Amor vence.