El amor nos compromete

Benedicto XVI ha enseñado que, «si la Iglesia se compromete en el mundo y con el mundo, es como respuesta al dinamismo del amor de Dios», escribe la directora del Máster de Doctrina Social de la Iglesia, de la Universidad Pontificia de Salamanca en Madrid

María Teresa Compte Grau
El Papa saluda a un preso en la cárcel de Rebibbia, en Roma, en diciembre de 2011

Benedicto XVI ha enseñado que, «si la Iglesia se compromete en el mundo y con el mundo, es como respuesta al dinamismo del amor de Dios», escribe la directora del Máster de Doctrina Social de la Iglesia, de la Universidad Pontificia de Salamanca en Madrid

En el año 1986, siendo su Prefecto el cardenal Joseph Ratzinger, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la Instrucción Libertatis conscientia (LC). Sólo un año después, el entonces Papa Juan Pablo II publicaba su segunda encíclica social, Solicitudo rei socialis (SRS). Ambos documentos recorrían la senda de la profundización en el giro antropológico y cristológico que el Concilio Vaticano II había dado a la doctrina social de la Iglesia (DSI). La Iglesia, abierta a la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre, fortalecía los lazos que existen entre evangelización y promoción humana, entre desarrollo y liberación. De este modo, la DSI se configuraba como anuncio y testimonio de la fe, como fuente para su educación y como instrumento privilegiado de evangelización y para el diálogo con el mundo. Ésta, tal y como recogían los primeros números de SRS, había sido la misión a la que había servido el magisterio social del Papa Pablo VI, especialmente a través de su encíclica Populorum progressio (PP): situar a la DSI en la línea antropológico-teológica profundizada por el Concilio.

En el debate sobre el hombre que el Concilio entendía como una emergencia histórica y cultural, la propuesta de la Iglesia se expresaba en términos de un humanismo teocéntrico o de la gracia, un humanismo abierto que adquiría su máxima expresión a la luz de la revelación de Dios en Jesucristo, la Encarnación y la Redención. Frente a la visión prometeica de un humanismo antropocéntrico, inmanente y cerrado, el cristianismo contempla al hombre por relación con su Creador. Esta relación, en palabras de Henri de Lubac, es nuestro primer título de nobleza y el fundamento de nuestra grandeza inalienable. El libro del Génesis lo relata así: «Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza». Y es precisamente esta verdad, la más dañada desde los años 40 del siglo pasado, según palabras del teólogo De Lubac, la que se constituye en el fundamento teológico último que sustenta el sistema moral de referencia desde el que la DSI dialoga con el mundo.

Veinte años después de LC y SRS, y cuarenta desde que Pablo VI publicara PP, Benedicto XVI retomaba estas cuestiones en su magisterio social. El hombre y su desarrollo en plenitud ocupaban la atención de quien, siendo Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, había animado la publicación de una Instrucción cuya reflexión de fondo era el significado último de la praxis cristiana, sus fundamentos, la dimensión práctica de la libertad moral y el significado teológico último de la alternativa cristiana. En un comentario a la Instrucción LC publicado en el libro Iglesia, Ecumenismo y Política, el entonces cardenal Ratzinger subrayaba algo que ha sido central en su magisterio pontificio: el Amor de Dios, fundamento último de la DSI, y la fe cristiana son históricamente operativos. ¿No es esto lo que Benedicto XVI transmite a la Iglesia y a los hombres cuando, en Deus caritas est, se atreve a hablar del cristianismo como de una historia de amor creadora, creativa y expansiva que consigue cambiar la historia del hombre y, por lo tanto, de los hombres?

La fuerza del amor

Es precisamente la fuerza del Amor que lleva a comprometerse por la justicia y la paz, la que Benedicto XVI ha colocado en el centro de su magisterio social. Esta orientación ha conseguido explicitar la naturaleza de la DSI en una máxima integradora entre fe y vida que adquiere su significado pleno en las siguientes proposiciones:

– La caridad -el amor- es la vía maestra de la DSI.
– La caridad es amor recibido y ofrecido.
– La DSI responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida.
– La DSI es caritas in veritate in re sociali.

Si la Iglesia se compromete en el mundo y con el mundo, es como respuesta al dinamismo del amor de Dios. Dios se ha comprometido radicalmente con el hombre, y la conciencia de esta opción definitiva y la aceptación del Don del amor nos vinculan a Dios y, necesariamente, a aquellos con quienes compartimos el mismo mundo y la misma vida. La respuesta afirmativa al amor de Dios, vivido y cultivado en la comunidad de la Iglesia, se manifiesta como el de una familia de hombres, de una compañía de amigos que, pese a las fragilidades de su naturaleza, no son moralmente indiferentes a la suerte de su prójimo. Así es como la fantasía creativa que despliega el amor de Dios, y que Jesucristo nos revela en el Sermón de la Montaña, adquiere forma de vínculos que nos convierten en guardianes de nuestros hermanos.

Lejos de una praxis liberadora basada en la desvinculación, la libertad cristiana se ejercita y se manifiesta en el vínculo, en las relaciones de reciprocidad, en la asunción de deberes, en el imperativo de la justicia y en el deber de comprometerse en la creación de condiciones que permitan el desarrollo en plenitud de la dimensión material y espiritual de la personalidad humana. Esta exigencia de la naturaleza humana, asumida en la Iglesia bajo la forma de un deber moral y religioso, pasa por la construcción del bien común y se concreta en la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales del ser humano visto en su integridad.

El giro antropológico que el Concilio dio a la DSI y en el que el magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI han profundizado, ha conseguido, como ha especificado Caritas in veritate, que la cuestión social se manifieste en términos de cuestión antropológica. La respuesta cristiana a este desafío no es un ejercicio de buena voluntad o el fruto de la especulación teológica, sino, como escribe Benedicto XVI al final de su última encíclica, el cumplimiento del deber de hacer «la vida terrena más divina y, por tanto, más digna del hombre». ¿No es este el proyecto de amor, libertad y liberación que Dios anhela para cada hombre y para todos los hombres?

María Teresa Compte Grau