En muchos hogares se vive la duda y la ansiedad de cómo y cuándo van a encontrar los jóvenes su primer empleo. Quienes trabajamos en el ámbito de la educación intentamos formar a los alumnos desde una perspectiva académica y humana. Las familias nos acompañan en el proceso, y cada una orienta a sus hijos como mejor puede. Sin embargo, ante el mundo laboral, muchas veces obviamos algo tan sencillo como el hecho de que, junto a la preparación académica, es sumamente importante cuidar los valores. Por ello, desde la Asociación Católica del Propagandistas (ACdP) y la Universidad CEU San Pablo se organizó, el pasado martes, la primera de una serie de jornadas bajo el título Jornadas de salidas profesionales y valores. El objetivo es responder a preguntas como: ¿Se puede sobrevivir en el mundo profesional sin perder los principios? ¿Es posible conjugar la economía con la ética? ¿Tiene cabida el cristianismo en la empresa?

Es obvio que la respuesta a todos estos interrogantes es afirmativa, pero también es evidente que el mercado laboral no facilita la posibilidad de poner en práctica una determinada ética del trabajo. Ello, en ocasiones, lleva al trabajador a creer que debe jugar sucio para ascender en la empresa. Los propios jóvenes piensan, muchas veces, que para conseguir un empleo deben estar dispuestos a hacer de todo (y a cualquier precio). Sin embargo, en el mundo laboral, algo está cambiando: ya no triunfan los trepas, se busca el trabajo en equipo, la solidaridad, el compromiso…, en definitiva, se pide que haya algo más en el curriculum. ¿Qué más? Algo que no se improvisa: los valores.

La ACdP considera que la Universidad debe aportar un plus a la formación académica que reciben los jóvenes en sus centros educativos. En las I Jornadas de salidas profesionales y valores se abordó la importancia de demostrar en el mundo laboral la defensa de una serie de valores que distinguen a unos trabajadores de otros. Se trataría de potenciar el liderazgo, el coraje, la transparencia, la integridad, el crecimiento personal, el entusiasmo, la capacidad de aprendizaje, la humildad, la comunicación, la confianza en uno mismo y en los demás, la sinceridad, el compromiso personal y con la empresa y, por ende, la trascendencia. No en vano, los valores cristianos son el fundamento de un buen liderazgo profesional.

Rodeados como vivimos de libros de autoayuda para ser felices, para encontrar trabajo, amor o éxito personal y profesional, falta reflexionar sobre dónde está el origen de todos estos consejos. La felicidad consiste en entender el sacrifico y el esfuerzo como un proceso de superación y aprendizaje personal; la felicidad consiste en saber escuchar a los demás, en darse a los que nos rodean… Y que en el trabajo se puede y se debe ser feliz, sin necesidad de apartar nuestros principios éticos y morales. El trabajo debe ser una manera de autorrealizarse como cristianos, un lugar donde transmitir el mensaje cristiano en el ámbito público.

Ainhoa Uribe Otalora
Secretaria Académica del Instituto de Estudios de la Democracia, de la Universidad CEU San Pablo