En un año en el que el mundo se envolvió en banderas excluyentes, se ha consolidado el liderazgo moral de Francisco a nivel planetario

2017 ha sido un año marcado por el resurgir del nacionalismo. El primer año de mandato de Donald Trump sacudió el tablero internacional, con la primera potencia impugnando el orden multilateral que ella misma puso en pie tras la II Guerra Mundial. En un momento definido por el Papa como de verdadero «cambio de época» –y con las heridas aún sin cerrar de la crisis iniciada en 2007-2008–, han tomado fuerza corrientes que propugnan un repliegue identitario. La UE ha abierto un debate existencial sobre cómo reinventarse tras el brexit y frenar el nacionalismo euroescéptico y xenófobo. En España 2017 ha sido además el de la eclosión de la crisis catalana, que degeneró en una situación comparada por los obispos con el golpe de Estado del 23 F. La Iglesia ha hecho grandes esfuerzos por promover la concordia y frenar la polarización política, contagiada a todos los ámbitos de la sociedad. Esta labor no ha sido siempre comprendida por una parte de la opinión pública, que se ha quedado con el posicionamiento ideológico de un sector del clero.

En un año en el que el mundo se envolvió en banderas excluyentes, se ha consolidado el liderazgo moral del Papa a nivel mundial. Más allá de alzar su voz a favor de causas globales como el cuidado del planeta o los derechos de migrantes y refugiados, Francisco no ha dejado de apelar a la unidad de la familia humana, no desde una globalización homogeneizadora, sino desde el reconocimiento a las singularidades de los pueblos como factor de enriquecimiento. En el plano ecuménico, su visita a Suecia a finales de 2016 permitió la conmemoración del V centenario de la Reforma de Lutero en un clima de fraternidad entre católicos y evangélicos inimaginable hace unos años. Mientras que, en el diálogo interreligioso, se produjeron importantes avances en las relaciones con el islam, en particular con las autoridades religiosas egipcias. Además de denunciar la instrumentalización de la fe con fines violentos, la visita del Papa a El Cairo dio un espaldarazo a un concepto de ciudadanía común en la que puedan caber personas de distintas creencias y convicciones. El mismo mensaje integrador con el que Francisco busca incansablemente unir a toda la familia humana.

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