Dos millones de armenios asesinados por su fe

Cristina Sánchez Aguilar
Foto: Cristina Sánchez Aguilar

Una mujer interrumpe a Ani Hairian, nuestra guía, durante su explicación en una de las salas del Museo del Genocidio de Ereván, capital de Armenia. La mujer se llama Flora, y nos cuenta, de forma espontánea, que su bisabuela vio morir a 13 de sus 14 hijos. Solo uno salvó la vida, y fue porque una familia turca le puso la ropa de su hija, y sus vecinos no supieron que debajo del vestido había un niño armenio. «Todos tenemos a alguien en nuestra familia que ha sido víctima del genocidio», reconoce Ani. Acto seguido, ella misma se anima a contar alguna historia, como la de la abuela de su mejor amigo, que vio morir asesinados a su marido y sus tres hijos. Uno de ellos, un bebé de 40 días, falleció en sus brazos mientras ella le tapaba la boca para que no llorase. Estaban escondidos en el sótano de unos vecinos que se inmolaron por salvarles. Se volvió loca. Cuenta también la historia del abuelo de otro amigo: subió a un tren, junto a toda su familia, con destino a Berlín. «Los turcos asaltaban los trenes y fusilaban a todos los pasajeros. El abuelo se salvó porque su hermano mayor le abrazó e hizo de parapeto. Cuando sacaron los cadáveres contuvo la respiración para parecer otro muerto y, gracias a eso, hoy nos lo puede contar», explica Ani, que denuncia la participación de Alemania en el genocidio de su pueblo.

Vista del monasterio de Khor Virap, donde pasó encerrado 14 años el fundador de la Iglesia armenia. Foto: Cristina Sánchez Aguilar

Muchas de estas historias nadie las encontrará en los libros. Pero sí en las calles de Ereván. Los recuerdos de estos perseguidos por su fe se traspasan de padres a hijos, de hijos a nietos. Y de nietos… a los turistas que han visitado Armenia este 2015, año que ha conmemorado el centenario del genocidio que acabó con la vida de 1.800.000 armenios a manos de los turcos. Las imágenes de muchos de ellos están expuestas en el Museo del Genocidio. En este caso no fueron los turcos los que fotografiaban su holocausto. Armenia debe los cientos de documentos gráficos de la masacre a un soldado alemán, fanático de las fotos, que vivía en el Imperio otomano y decidió documentar lo que estaba ocurriendo.

Los motivos

«Hubo tres motivos por los que Turquía quiso exterminar a mi pueblo», explica Ani. «El primero es que los Jóvenes Turcos, que accedieron al poder en 1901, querían crear un gran reino que se extendiera desde el Mediterráneo hasta Asia central. Este territorio sería exclusivamente para los musulmanes, así que los cristianos sobraban. El segundo motivo es que los tres millones de armenios tenían muchísimas propiedades, y los turcos querían quedarse con todo. El último motivo es que el pueblo armenio estaba más agradecido a Rusia que a Turquía, y en los albores de la I Guerra Mundial, el Gobierno turco no se podía permitir que los rusos –con ayuda armenia– se anexionaran el territorio que un siglo atrás les perteneció». El día 24 de abril, los turcos encarcelaron a 600 intelectuales armenios y terminaron con sus vidas. «Elegimos ese día para conmemorar el genocidio, que terminó con casi dos millones de compatriotas». Fueron los propios turcos de a pie los que perpetraron la masacre. ¿Obligados? En el museo se conserva un manuscrito, firmado por cinco ministros otomanos, que afirma que cualquier turco que desobedeciera y no matase a los armenios, sin distinción de sexo o edad, recibiría un duro castigo.

El monte Ararat, donde reposó el Arca de Noé. Foto: Cristina Sánchez Aguilar

A la salida del museo, un árbol plantado por san Juan Pablo II durante su visita en 2001 recuerda de forma permanente que la Santa Sede apoya al pueblo armenio en su lucha porque la matanza sea reconocida internacionalmente como genocidio. También mostró su apoyo el Papa Francisco el pasado 12 de abril, durante la Misa conmemorativa del centenario en la plaza de San Pedro, a la que acudieron los máximos representantes de la Iglesia armenia: «El siglo pasado, la familia humana sufrió varias tragedias sin precedentes. La primera, que está considerada como el primer genocidio, golpeó al pueblo armenio», afirmó sin tapujos. A Turquía no le sentó muy bien esta afirmación.

La fe de los primeros cristianos

La Iglesia apostólica armenia se considera la Iglesia cristiana más antigua del mundo, incluso más que la romana, que surgió doce años después. Fueron «los apóstoles san Bartolomé y san Judas Tadeo quienes llegaron aquí y fundaron las primeras iglesias», señala Ani. Pero el gran evangelizador del territorio fue san Gregorio el Iluminador, quien, siguiendo los pasos de los apóstoles, fundó la Iglesia apostólica armenia en el año 301.

El 98 % de los armenios son cristianos de la Iglesia apostólica armenia. Foto: Cristina Sánchez Aguilar

Precisamente, la celda donde estuvo confinado san Gregorio durante 14 años es una de las paradas obligatorias en la ruta que la agencia de peregrinaciones Ain Karen –www.ainkarenviajes.es– ofrece por el pequeño país, de tres millones de habitantes y poco más de 30.000 metros cuadrados. El monasterio de Khor Virap se levantó, años después, sobre el pozo donde el pagano rey Tiridates III encerró a san Gregorio por cristiano y por ser hijo del asesino de su padre. Sometido a innumerables torturas, Gregorio sobrevivió gracias a la caridad de una viuda del pueblo cercano, que cada noche iba a tirarle comida por un pequeño agujero. Mientras el santo estuvo encerrado, cuenta la historia armenia que Tiridates III mató a una treintena de jóvenes cristianas romanas, escapadas de la persecución de Diocleciano. Entre ellas se encontraba la hoy santa virgen Hripsime, de la que el rey estaba profundamente enamorado. Tras asesinarla por elegir la fe antes que a él, el rey enloqueció hasta casi morir. Una noche, su hermana tuvo una revelación: «Dios se le apareció y le dijo que el único que podría curar a su hermano era Gregorio», explica Ani. «Mandaron sacarlo del pozo, y después de pasar día y noche rezando ante el monarca, este mejoró. Agradecido, Tiridates III pidió el bautismo y adoptó el cristianismo como religión de Estado». San Gregorio el Iluminador, después de esta conversión del país, se dedicó a reconvertir todos los templos paganos en templos cristianos.

Tierra de Noé

Foto: Álvaro Pinto

La ubicación territorial de Armenia «es parte fundamental de la historia de nuestra fe», recalca Ani. La tierra armenia se encuentra en la confluencia de los cuatro ríos en los que, según el Génesis, estaba el Paraíso. También es armenio –aunque esté en territorio turco– el monte Ararat, donde, según los exégetas, se paró el Arca de Noé después del diluvio. No es solo una teoría. En Echmiadzín, sede del Katolikós –patriarca supremo de la Iglesia Armenia–, se guarda el pequeño altar en el que Noé hizo el primer sacrificio a Dios después del diluvio. Y además, en el museo hay un trozo del mismísimo Arca. «Fue el primo de san Gregorio el Iluminador quien decidió demostrar que el Arca de Noé estaba en una ladera del Ararat. Después de muchos kilómetros de subida a la montaña bajo el frío invierno, se desmayó y vio a Jesús, quien le dijo que al despertar encontraría a sus pies un trozo de la madera. Y allí estaba». Otra curiosidad es que san Bartolomé y san Judas Tadeo llevaron a Armenia la lanza sagrada con la que fue herido el Señor en la cruz, un trozo de la propia cruz, y varias reliquias de san Juan Bautista.

Cristina Sánchez Aguilar
Ereván


La flor del genocidio

La flor morada, símbolo del genocidio y presente en todos los rincones del país, se llama nomeolvides. Tiene cinco pétalos, que simbolizan los cinco continentes en los que viven los armenios desde la diáspora. El centro tiene doce partes amarillas, que representan las doce regiones históricas de Armenia que se perdieron tras la invasión otomana. Los colores utilizados hacen referencia al presente, pasado y futuro de la tierra. El pasado negro, rememorando el 1.800.000 armenios asesinados a manos de los turcos. El morado de los pétalos es el presente, la unión impertérrita de los armenios, estén donde estén. El amarillo es el futuro, es la luz del sol, la fe y la esperanza que brillan en el horizonte.