Claves para la administración de bienes en la Iglesia - Alfa y Omega

En los últimos años la Santa Sede ha ofrecido orientaciones muy útiles y relevantes para una mejor administración de los bienes temporales en la Iglesia. En efecto, en el año 2014 vio la luz la carta circular Líneas orientativas para la gestión de los bienes en los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica; en 2018 se hacía público el documento Economía al servicio del carisma y de la misión. Orientaciones. La autora de ambos documentos fue la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y sus destinatarios directos fueron los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, pero mi opinión es que contienen orientaciones muy válidas para la administración de los bienes de todas las personas jurídicas en la Iglesia (diócesis, parroquias, asociaciones, fundaciones, etc.). De estos dos documentos se pueden extraer cuatro grandes palabras clave para una mejor administración de los bienes temporales en la Iglesia hoy.

En primer lugar, la insistente llamada de nuestras autoridades a recuperar el carisma como instrumento de gestión. La misión, el espíritu fundacional y el carácter de cada entidad eclesiástica deben inspirar y orientar su modo de administrar los bienes que se las han confiado. No todos los modos de administrar bienes valen para la Iglesia. Nuestro ser y misión deben impregnar las decisiones económico-patrimoniales.

En segundo lugar, la planificación. El discernimiento es una herramienta que debe acompañar nuestro actuar eclesial, individual y colectivamente, también –incluso especialmente– en lo que toca a la gestión de los bienes. Discernimiento no solo no se opone a planificación, sino que la reclama como una de sus fases.

En tercer lugar, transparencia. Solo desde la transparencia se hace posible la llamada a la corresponsabilidad (stewardship) de todos en el sostenimiento de la vida y misión de la Iglesia y la necesaria rendición de cuentas (accountability) de los administradores de los bienes.

Finalmente, pero no en último lugar, la formación como instrumento para que todos los encargados de administrar los bienes de la Iglesia –clérigos, consagrados o laicos–, puedan incorporar los elementos carismáticos propios de la Iglesia a su gestión y adquieran, además, las mejores competencias técnicas para el desempeño de su misión.