Catequistas de sus verdugos
Los mártires de los primeros siglos no sólo daban testimonio de Cristo derramando su sangre, sino también al defender la fe ante sus verdugos. Estas confesiones, recogidas después en forma literaria, llegaron a ser auténticas catequesis, y «un instrumento de evangelización de primer orden». Así se explicó en las Jornadas internacionales sobre Historia y evangelización, celebradas en la Universidad CEU San Pablo, de Madrid
«Si conocieras el don de Dios te alegrarías, tú y tu imperio, rechazarías los demonios y los ídolos hechos a mano y confesarías al único Padre Dios omnipotente y a Jesucristo, su Hijo, creador de todas las cosas, que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y cuanto contiene»: así respondió el presbítero Valentín al emperador Claudio, durante el juicio que le llevó al martirio en el siglo III, según se narra en la Pasión de María y Marta con sus compañeros. Este relato es una de las abundantes Gesta Martyrium Romanorum, escritas entre los siglos IV y VII para preservar su memoria y «celebrar la identidad de los héroes cristianos» de Roma, amenazada por las invasiones bárbaras.
Durante las Jornadas internacionales de historia de la Iglesia sobre Historia y evangelización, celebradas la semana pasada en la Universidad CEU San Pablo, el doctor Fabrizio Tiddia, de la Pontificia Università della Santa Croce, de Roma, profundizó en la importante carga doctrinal y en la íntima unión entre testimonio y martirio que presentan estos relatos. «El mártir, como privilegiado testigo, es llamado a dar razón de su creencia y a transmitir todo lo que ha recibido». De hecho, en estas narraciones, las palabras de los mártires se asemejan a la instrucción catequética propia de los apóstoles, «cuya principal finalidad es transmitir a quien les pregunta la maravillosa historia de la obra de salvación» realizada por Dios.
Estos textos «mantienen la ortodoxia del contenido de la fe», pero, al ser textos literarios, ofrecen «una particular riqueza expresiva y carga inventiva», que amplía, sobre todo en lo referido a Cristo, las escuetas afirmaciones de otras profesiones de fe. Otra característica de estos relatos es que, en ellos, «permanece siempre en primer plano la confrontación entre el cristiano y el pagano». Esto implica, por ejemplo, que se insista mucho -como en el texto citado- en la figura de Dios como Padre y creador de todo, «más fuerte que los fuertes de la tierra». Esta cuestión «debía de ser uno de los núcleos centrales del debate». También abundan las exhortaciones a abandonar los demonios e ídolos fabricados, ya que –añade otro relato–, la idolatría es indigna del hombre.
Los mártires evangelizan
Esta confrontación da lugar a momentos de tensión, pero muestra cómo la preocupación principal de los cristianos juzgados, además de defender su fe, es lograr la conversión y salvación de sus verdugos. Por ejemplo, narran que lo primero que hizo Valentín, al entrar en la casa de su juez, fue arrodillarse y rezar por la conversión de toda la casa. Otra de estas narraciones cuenta que el mártir Alejandro (identificado con el Papa Alejandro I), «recluso en la cárcel, pide al tribuno Quirino, recién convertido, que lleve a él a todos los prisioneros presentes. Una vez reunidos ante él, éste pronuncia un discurso catequético», similar a los de san Pedro en los Hechos de los Apóstoles; al cual «sigue el Bautismo de todos los presentes». También el cónsul Palmatius pide ser bautizado tras interrogar al Papa Calixto.
El doctor Jerónimo Leal, encargado de presentar esta ponencia, matizó que estas Gesta son leyendas de martirio, un género distinto a las actas. Es decir, no recogen literalmente los interrogatorios o el testimonio de los testigos oculares, sino que son relatos elaborados posteriormente, con algunos elementos épicos que «no resisten la crítica histórica». Pero lo importante de ellas es ver «que están llenas de profesiones de fe y provocaciones a la conversión» y constituían, en su época, «un instrumento de evangelización de primer orden».
Don Jerónimo, también de la Universidad de la Santa Croce, es, junto con don Francisco Conde, profesor del CEU y de la Escuela de enfermería Salus infirmorum, el coordinador del Grupo de trabajo sobre historia de la Iglesia que organiza estas Jornadas bienales. Forman parte del grupo las Universidades católicas CEU San Pablo y Cardenal Herrera Oria, Pontificias de Salamanca y Comillas, y Salus infirmorum de Cádiz y Madrid.
La misma inquietud de los mártires de los primeros siglos por evangelizar la comparte la Iglesia en la sociedad actual, cuyo paradigma es Internet. Sobre este nuevo mundo versó la intervención final de las Jornadas de Historia, pronunciada por el profesor de la Universidad CEU San Pablo don Fernando Jiménez. Recordó que ya Juan Pablo II exhortó a los católicos a lanzarse «con osadía, sin temor», al areópago digital. Un areópago que, en los pocos años transcurridos desde el pontificado del Papa polaco, ha vivido otra revolución: la llegada de las redes sociales y de la «interconexión constante». Para ser capaz de evangelizar en este ámbito, es importante –subrayó– tomar conciencia de que, como afirmó Benedicto XVI, el ciberespacio «no es un mundo paralelo o puramente virtual, sino que forma parte de la realidad cotidiana de muchos, especialmente los más jóvenes». Esto, difícil de entender y asimilar para muchos, hace que –continuó el ponente– «quienes van a jugar un papel fundamental en la nueva evangelización a través de Internet sean los más jóvenes», en quien la Iglesia deposita mucha confianza. «El Papa Francisco –concluyó– insiste en que hay que ir a las periferias existenciales, sin miedo. Dejémoslos ir».