Camino sinodal alemán: un proceso espiritual

Si algún efecto se puede anticipar del camino sinodal alemán es el de poner sobre la mesa el verdadero problema que genera la Iglesia en el mundo, para discernir entre lo que actualiza y lo que asimila. Responder a las cuestiones de hoy exige una renovación de la comprensión y la vivencia de la sacramentalidad

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Una de las reuniones del camino sinodal alemán en Fráncfort el 31 de enero. Foto: EFE/EPA/Armando Baban

Si algún efecto se puede anticipar del camino sinodal alemán es el de poner sobre la mesa el verdadero problema que genera la Iglesia en el mundo, para discernir entre lo que actualiza y lo que asimila. Responder a las cuestiones de hoy exige una renovación de la comprensión y la vivencia de la sacramentalidad

En sus primeros pasos, el camino sinodal alemán se ha mostrado mucho más delicado de lo que indicaba su nombre. No se ha llamado sínodo porque no lo es, ni puede tener todas sus consecuencias jurídicas. «Puesto que es discutible nuestro estatus jurídico –reconocía el teólogo Söding en su primera intervención–, tenemos que ser teológicamente fuertes. Tenemos que convencer». Lo que ocurrirá si se convence solo a una parte no se ha planteado directamente. Con todo, parecen diluir este problema en una suerte de querencia colectiva irresistible: «Se trata de un proceso para atreverse a algo nuevo –afirma el cardenal Marx–, de un experimento». Toda esta terminología se ha querido determinar con el adjetivo espiritual.

Sin embargo, el cardenal Woelki decía haber confirmado sus peores temores al acabar las primeras sesiones: aquello se había convertido casi en un «parlamento eclesial protestante» en el que, además, los participantes se estarían escogiendo de forma sesgada. En septiembre ya había sugerido que el evento fuese calificado como una «comisión consejera» dependiente siempre de la aprobación de los obispos en la Conferencia Episcopal, para mantener la estructura que había marcado el Papa (de abajo a arriba y de arriba a abajo).

La falta de claridad que desdibuja la calificación jurídica del evento está ausente en la determinación de sus intenciones. Estas no solo son certísimas, sino que permanecieron inconmovibles ante las quejas de los que vieron en la carta de junio del Papa Francisco una severa corrección de los temas que tratar (entre otros, Menke, Müller y Woelki alzaron la voz). En esa carta, el Pontífice notaba los riesgos de un neopelagianismo obsesionado con el cambio unilateral de estructuras, e invitaba a seguir la evangelización, la obediencia al Espíritu y el sentido eclesial como criterios básicos de actuación. El planteamiento de los temas era eminentemente estructural (poder y división de poderes en la Iglesia, la existencia sacerdotal, mujeres en los servicios y ministerios de la Iglesia y vivir el amor en la sexualidad y en la convivencia). Por eso, personas nada contestatarias como el obispo Glenn o el ya mencionado Söding han considerado que la carta pedía una profundización que soslayase los planteamientos ideológicos, extraños a la fe y tendentes a escorar su barco.

Si este cambio de tono se ha dado es demasiado pronto para advertirlo. Pero, en todo caso, no ha producido un cambio en el temario. ¿Qué es lo que presupone el planteamiento de estos temas que tantas ampollas levanta? Ciertamente, la ausencia de límites en el diálogo sobre estos temas ha dado pie a intervenciones controvertidas como la del obispo Franz-Josef Bode, que vino a decir en uno de los foros que «Jesús no se habría hecho hombre [acepción masculina: mann], sino ser humano [mensch]». O las quejas de la teóloga Michaela Labudda contra el «gordo techo de cristal» de la autoridad eclesial, «intelectualmente insultante» para la mujer. «Se trata de hacer verdaderamente camino juntos», señalaba Michaela Brönner. Y así otras tantas. Pero el problema no es ni mucho menos que todas estas cuestiones sean afrontadas. Escucharlas no debe escandalizar a nadie. Si se escuchan es porque están, y se han de responder. Los dogmas deben responder con la verdad de Cristo a las cuestiones de cada época, que tiende a hacerse preguntas siempre antiguas pero en modos nuevos.

La sacramentalidad, «esencia y herida»

El problema es la apariencia sinodal, la expectativa generada de cambiar el modo de decidir el rumbo de la Iglesia. Todas las pretensiones temáticas y procesales vienen a chocar con el mismo dique: la sacramentalidad de la Iglesia. Si se decide en la Iglesia a través de los obispos, es por su diferencia sacramental; si las mujeres no acceden al sacerdocio o episcopado, es por la sacramentalidad vinculada históricamente a la masculinidad de Cristo; si el poder-servicio de la Iglesia no puede ser dividido, es por la apostolicidad sacramental del episcopado. La sacramentalidad es «la esencia y la herida de la Iglesia católica» (así titulará su libro Menke). Perder la sacramentalidad como ancla eclesial es instaurar una fe completamente distinta, como ya le ocurrió a Lutero.

La apariencia sinodal estaría siguiendo cierta crítica actual, que tiende a sostener que la posición doctrinal de la Iglesia sería tal, única y exclusivamente por la estructura de poder que la sostiene. Para esta crítica la sacramentalidad no es más que un sinónimo de estructura. Cambiar esos contenidos consistiría en hacer de esa fe erosionada –tal y como ha definido el Papa la situación alemana–, la bandera de la nueva Iglesia. Una fe débil, paralela al pensiero debole imperante, que la hiciera más creíble. Dicho de manera más sencilla: lo que se habría erosionado serían los contenidos imposibles que los obispos se han empeñado en sostener durante siglos. Destruir esa estructura de poder en cuanto tal permitiría una fe totalmente identificable con cualquier cambio social.

La cuestión fundamental es si la sacramentalidad debe ser así comprendida. Así lo ha señalado el mismo Glenn en el foro sobre el sacerdocio. Si algún efecto se puede anticipar del camino sinodal alemán es justamente ese: el de poner hoy sobre la mesa el verdadero problema que genera la Iglesia en el mundo, para discernir entre lo que actualiza (aggiornamento) y lo que asimila. Por eso, el Santo Padre en Querida Amazonia ha tratado la sacramentalidad (89 y ss.) a la hora de hablar de la inculturación, y antes de hablar del papel de las mujeres. En definitiva, responder a las cuestiones de hoy –que como avanzadilla se han presentado en Alemania, pero que fluyen hace tiempo en nuestra Iglesia en España– exige una renovación de la comprensión y la vivencia de la sacramentalidad.

Carlos Pérez Laporta
Sacerdote de la archidiócesis de Barcelona