Atrapados en España

Rodrigo Moreno Quicios
Aunque los pequeños ya han aprendido alemán, se quedarán en España. Foto: Rodrigo Moreno Quicios

Mahmoud, su mujer y sus hijos están en España en contra de su voluntad. Y aunque prefieren este destino a su Aleppo natal, han llegado expulsados de Alemania, donde tienen familia y han echado raíces en estos dos últimos años.

Su familia es una de las últimas víctimas del Convenio de Dublín, una ley de la Unión Europea que obliga a los solicitantes de asilo a permanecer en el país por el que entraron a Europa para regularizar allí su situación. Tras sufrir una traumática deportación, la familia de Mahmoud ha encontrado un techo en el centro de pastoral San Carlos Borromeo junto a otros sirios como Muhammad o Bankim y Wassim, de origen palestino. Todos estaban en el extranjero y todos han vuelto a España por la fuerza, pues entraron al continente desde Melilla.

«Lo poco que podemos ofrecer a esta gente es un lugar donde estar y tener acompañamiento jurídico para que resuelvan su necesidades de acogida y refugio», considera Javier Baeza, sacerdote responsable de este centro. Una labor de la que se encarga, en gran medida, un grupo de apoyo psicosocial y jurídico formado por la Red Solidaria de Acogida y la Coordinadora de Barrios.

A través de trabajadores sociales, intérpretes y abogados, el equipo atenúa el desarraigo de estos refugiados y les da las herramientas necesarias para que regularicen su situación lo antes posible y recuperen la libertad de movimientos.

No le vendrían mal a Muhammad, un joven sirio que, en cuanto puede, compra un billete de autobús para establecerse en Francia, Bélgica o Holanda. Aunque nunca ha tenido éxito. «Varias veces me he intentado marchar de este país que no me acoge. Me voy buscando una mejor vida y un trabajo en otro país de Europa, pero siempre me devuelven a este país que no me quiere dar ninguna de estas oportunidades», protesta.

Dentro de su enfado, Muhammad está muy satisfecho con poder alojarse en San Carlos Borromeo, pues conoce bien la calle y no quiere volver a ella. Además, ha hecho migas con los profesionales de este centro, a quienes considera una familia. «Por fin hemos tenido la suerte de encontrar unas personas que nos han acogido, nos han acompañado y nos han dado seguridad», dice en nombre de sus compañeros sirios.

Pero Muhammad también está enfadado porque «aunque nosotros hemos tenido la suerte de ser acogidos por la Iglesia, sé que hay otra mucha gente que sigue en la calle y que no tiene la oportunidad de que nadie les pueda acoger».

R. M. Q.