Eduardo Agosta: «Hay una ciencia seria que puede aportar conocimiento válido sobre el cambio climático»
Nuevo miembro de la Pontificia Academia para la Vida, el director del Departamento de Ecología integral de la CEE ha publicado un artículo científico alertando del aumento de las lluvias torrenciales en España. Se trata de un escenario «más parecido al que hay en condiciones de desertificación»
—Usted es climatólogo. ¿Exactamente cuál ha sido su ámbito de investigación?
—La ciencia de la atmósfera y los océanos aplicada a la física del sistema climático, que es el núcleo duro de las ciencias del clima. Estudiamos ecuaciones dinámicas que rigen la física del sistema. Diseñamos los índices y tratamos de interpretar fenómenos a partir de nuestras metodologías para interpretar, diagnosticar y predecir. Somos los que trabajamos en la programación de los modelos que se usan en pronósticos numéricos y en proyecciones a largo plazo.
—Acaba de ser nombrado miembro correspondiente de la Pontificia Academia para la Vida. ¿Cómo ha recibido la noticia y qué cree que puede aportar?
—Recibo este encargo con profundo agradecimiento y sentido de responsabilidad y como una llamada a servir desde la ecología integral y la doctrina social de la Iglesia, aportando rigor científico y discernimiento ético para abordar los desafíos que afectan a la vida humana y la casa común. Mi compromiso es traducir conocimiento técnico sobre riesgos climáticos y sus impactos socioecológicos en propuestas y orientaciones que promuevan la justicia, la protección de los más vulnerables y el bien común.
—¿Fue climatólogo antes que carmelita?
—Yo entré en los carmelitas a los 21 años, cuando estaba terminando la licenciatura en Física ya con esta orientación. Luego hice el máster y el doctorado; es decir, me especialicé ya siendo fraile. Desde 2009 hasta 2023 fui investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de Argentina (CONICET), y sigo investigando allí. Además, aquí en España estoy en el Grupo Climamet, de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia.
«Llueve la misma cantidad pero no de la misma manera»
—Allí acaba de publicar el estudio Del control dinámico a la amplificación termodinámica. La redistribución estructural de las precipitaciones en la península ibérica. ¿En qué consiste?
—El equipo tenía una base de datos de precipitación muy robusta. Pero hacían un trabajo muy estadístico y vi que había que sacarle más provecho. Ese estudio es solo el 15 % de lo que estamos investigando, hay otros cuatro en fase de revisión por pares.
Surgió porque encontré que investigadores que se definen como climatólogos hablaban de que las lluvias totales en la península ibérica no habían cambiado. No ponían en duda el cambio climático pero decían que la realidad no coincidía con los modelos.

—¿Es así?
—Es cierto que llueve la misma cantidad, pero no de la misma manera. Hacía falta una herramienta que me permitiera medir ese cambio. Diseñé todas las ecuaciones diferenciales para lograr un índice que me permite discriminar el tipo de lluvia en cada estación. El resultado para toda la península es que ciertamente el total anual de lluvia es igual que en la década de los 50.
Pero lo que ha ocurrido en buena parte del territorio, y especialmente en la costa, es que han aumentado la torrencialidad. Es decir, llueve en forma extrema, y ha caído significativamente la lluvia ordinaria que empapa la tierra, rellena los embalses, carga los ríos. La lluvia torrencial ha saltado de 160 mm en los años 50 a casi 270 mm en la última década, casi 13 mm por década. Y la lluvia persistente y suave viene decayendo a un ritmo de 18 mm cada diez años. Hace 80 años, la lluvia torrencial representaba el 15% de la lluvia ordinaria y hoy representa casi el doble. Esto es físicamente consistente con la intensificación del ciclo hidrológico bajo condiciones de calentamiento antropogénico.
¿Por qué hay fenómenos mucho más explosivos?
—Lo ilustra con un ejemplo muy claro para los legos en la materia.
—La atmósfera sería como una esponja que absorbe la humedad que viene del mar. Los sistemas meteorológicos que producen que la humedad se condense y precipite (frentes, borrascas, DANAs…) serían una mano que la aprieta. No es que ahora haya más borrascas o DANAs, son las mismas: la misma mano que aprieta la esponja con la misma fuerza. Lo que pasa es que al aumentar la temperatura la esponja se pone rígida y el mismo mecanismo no puede hacer que llueva. Sin embargo, cuando finalmente logra apretarla, toda el agua cae de golpe en un solo evento extremo.
—¿Qué implica esto?
—El agua que cae abruptamente no solo destruye campos e infraestructuras sino que no se aprovecha, escurre al mar rápidamente y erosiona la capa fértil del terreno. Aunque el total anual de lluvia no bajara drásticamente, el suelo está más seco porque la lluvia que realmente se queda en la tierra está desapareciendo.
Además, todo esto en un contexto en el que la atmósfera sobre la península está 2º C más caliente que hace 80 años. Es decir, hay un suelo más seco y una atmósfera más caliente y sedienta. Eso genera una divergencia que produce volatilidad hidrológica y genera estos tipos de fenómenos mucho más explosivos porque hay más energía acumulada en la atmósfera.

—¿Una atmósfera más sedienta? ¿Qué significa eso?
—Una atmósfera más caliente tiene más capacidad de retener agua. Si a 10º C con 100 gramos de agua se alcanza una humedad del 100 % y se satura, a 15º C con esa misma cantidad de agua dan una humedad del 60 %. Es decir, para que en esa atmósfera llueva necesito agregar más humedad.
«No está bien el negacionismo»
—¿Puede tener alguna aplicación este estudio?
—Todos estos resultados son significativos desde el punto de vista físico y climatológico. Estamos en un nuevo régimen de precipitación para la península ibérica, más parecido al que hay en condiciones de desertificación. Esto tiene implicaciones prácticas en el manejo del recurso hídrico, al saber que cada vez hay menos disponibilidad de agua dulce. A lo mejor se podrían diseñar dispositivos que de alguna manera permitan retener parte de esa torrencialidad en embalses para que no se pierda tanta agua.
Pensando en esos artículos de investigadores que decían que llovía igual, es importante publicar esto como divulgación para que el ámbito católico entienda que no está bien el negacionismo climático; que hay una ciencia seria, que hay gente que trabaja sabiendo del tema y que esta es la que puede aportar conocimiento válido y no llevarnos a tomar decisiones equivocadas. Decir que todo está igual que antes y no pasa nada es riesgoso en un tema tan clave como la disponibilidad de agua dulce para el cultivo o el consumo humano.
—¿Cómo vive esa doble faceta de investigador y además encargado eclesial en estos temas? ¿Alguna vez se ha enfrentado a algún conflicto?
—Gracias a Dios, en la CEE los obispos tienen plena confianza en el trabajo que hago. La parte científica es lo mío por vocación. Luego está toda la parte de gestión y de incidencia sociopolítica, que tiene que ver con esto porque estos resultados y la cuestión de la ecología integral tienen implicancias políticas y sociales.
—¿Es una ventaja que haya un científico hablando en nombre de la Iglesia en este ámbito?
—Una riqueza que tenemos como Iglesia es la diversidad de perspectivas y sobre todo la integración del saber, como pidió san Juan Pablo II en su exhortación de 1990 Ex corde Ecclesiae: que las distintas disciplinas tengan un diálogo cordial y una búsqueda del bien común y de la verdad. Esto se trabaja y hace bien tanto a la Iglesia como a la sociedad.