Aquí está todo lo que cree y piensa la Iglesia

Hace veinte años, ante muchos ojos incrédulos y sorprendidos, Juan Pablo II promulgaba el documento más importante de su pontificado. Estamos hablando de uno de los textos más relevantes de los últimos cuatro siglos de la Iglesia e, indirectamente, de la Humanidad: la exposición sintética, unitaria y autorizada de la fe cristiana, en el Catecismo de la Iglesia católica. En la recta final del Año de la fe, el Papa Francisco se reúne mañana con 1.600 catequistas de unos 50 países para abordar cómo transmitir y testimoniar hoy la fe recogida en ese Catecismo

Jesús Colina. Roma

Hace veinte años, ante muchos ojos incrédulos y sorprendidos, Juan Pablo II promulgaba el documento más importante de su pontificado. Estamos hablando de uno de los textos más relevantes de los últimos cuatro siglos de la Iglesia e, indirectamente, de la Humanidad: la exposición sintética, unitaria y autorizada de la fe cristiana, en el Catecismo de la Iglesia católica. En la recta final del Año de la fe, el Papa Francisco se reúne mañana con 1.600 catequistas de unos 50 países para abordar cómo transmitir y testimoniar hoy la fe recogida en ese Catecismo

¿Qué piensa la Iglesia sobre la pena de muerte? ¿Y sobre el infierno? ¿Y sobre los ángeles? La respuesta a estas preguntas hoy es evidente para todo periodista, teólogo, laico, católico o no bautizado. Basta hojear ese volumen de unas 900 páginas, o consultarlo en línea en la página web del Vaticano.

Hace 20 años no era así. Con frecuencia, para saber la posición de la Iglesia sobre cuestiones particulares había que recurrir a documentos con exposiciones no siempre de lenguaje divulgativo. En caso de duda, era necesario consultar la opinión de teólogos, que no siempre se ponían de acuerdo.

Sin precedentes en cuatro siglos

El último Catecismo universal (válido para toda la Iglesia católica) había sido redactado por resolución del Concilio de Trento (siglo XVI), con la finalidad de ayudar a los párrocos a presentar de manera más adecuada la doctrina católica, en plena ebullición de la Reforma protestante. Fue bautizado como Catecismo de Trento, o Catecismo de San Pío V, pues fue promulgado por este Pontífice en 1566.

Obviamente, en estos más de cuatro siglos el mundo ha cambiado de manera profunda, en particular las formas de expresión. Además, han surgido nuevas cuestiones, como las que plantea la bioética, o la justicia social, que necesitan una iluminación por parte de la fe.

En esos más de cuatro siglos se habían publicado algunos catecismos locales, como el promulgado por el Papa Pío X, en 1905, para la diócesis de Roma. Pero esos textos sólo tenían difusión y vigencia en las circunscripciones eclesiásticas de los obispos que los habían promulgado y, en ocasiones, se podían constatar presentaciones de la única fe con divergencias comunicativas (no tanto de contenido) entre un país y otro, creando en ocasiones agudas polémicas.

Así nació la idea

El cardenal Ratzinger, que coordinó el Compendio del Catecismo

En ese contexto, en octubre de 1985, obispos de todo el mundo, reunidos en Sínodo en la Santa Sede, para analizar La aplicación del Concilio Vaticano II, pidieron al Papa Juan Pablo II que publicara un volumen que sirviera para presentar, de manera autorizada y sin confusiones, el conjunto de la fe de la Iglesia. Sugirieron la redacción de «un Catecismo o un compendio de toda la doctrina católica sobre la fe y la moral», de manera que pudiera convertirse en punto de referencia para todos los demás catecismos locales. Los obispos pidieron que la presentación fuera bíblica y litúrgica, con un lenguaje asequible.

La relación directa entre el Concilio y el Catecismo es tan importante que los Papas Benedicto XVI y Francisco están viviendo un año dedicado en toda la Iglesia a la profundización y vivencia de ambos. Estamos hablando del Año de la fe, que concluirá el próximo 24 de noviembre.

Una empresa titánica

En años de grandes debates y polémicas teológicas, redactar un documento sintético y completo de toda la fe cristiana parecía una empresa digna de admiración pero imposible. ¿Cómo lograr una formulación capaz de ser aceptada por los católicos de todos los continentes y por las diferentes corrientes teológicas?

Juan Pablo II, en años en los que estaba ejerciendo un papel decisivo en el desmoronamiento del comunismo en Europa del Este, no se echó para atrás. Para lograr este desafío tomó dos decisiones que resultarían cruciales. Ante todo, decidió que el documento surgiría de la colaboración con los Episcopados del mundo. Para ello, convocó una Comisión preparatoria, formada por doce cardenales y obispos de los diferentes continentes, así como una Comisión de Redacción, formada por ocho obispos y dos sacerdotes, entre ellos el actual cardenal español don José Manuel Estepa, quien poco después sería nombrado obispo. Como timonel de este enorme trabajo de redacción, el Papa Wojtyla nombró a un hombre de su mayor confianza, el cardenal Joseph Ratzinger, a quien había nombrado en 1981 Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Como Secretario de redacción, fue elegido el sacerdote dominico austríaco Christoph Schönborn (hoy cardenal arzobispo de Viena), una de las figuras emergentes en la teología católica entonces.

La Comisión trabajó durante más de cinco años, consultando a expertos de todos los países. En noviembre de 1989, envió a todos los obispos del mundo un primer borrador, pidiendo que se hicieran las observaciones necesarias antes del mes de mayo de 1990.

Tras siete versiones, entre 1991 y febrero de 1992 fue redactado el proyecto definitivo, que recibió la aprobación unánime de la Comisión de Redacción del texto. El 25 de junio, el Papa aprobaba la versión francesa del Catecismo de la Iglesia católica, que sirvió como base para las demás traducciones.

El cardenal Dolan (entonces arzobispo), rezando con unos niños

Al año siguiente, Juan Pablo II constituyó una Comisión vaticana para analizar las propuestas de modificación a la primera edición de aquel texto, llegadas de diferentes continentes. En general, se trataba de cambios que tenían por objetivo «formular algunas verdades de la misma fe de manera más adecuada a las exigencias de la comunicación catequética actual». Tras integrar algunas de estas sugerencias, Juan Pablo II promulgó, el 15 de agosto de 1997, la edición latina definitiva, que hoy día constituye el punto de referencia.

Pero el trabajo no terminó ahí. En octubre de 2002, un Congreso Catequético Internacional, convocado para conmemorar los diez años del Catecismo, concluyó formulando al Papa Juan Pablo II, entre otros asuntos, el deseo de una síntesis del Catecismo de la Iglesia católica.

Fue así como en febrero de 2003 se lanzó la preparación del Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, confiando su redacción a una Comisión de cardenales presidida por el cardenal Ratzinger. Este Compendio, una síntesis del Catecismo en preguntas y respuestas, fue publicado el 28 de julio de 2005 por el mismo Ratzinger, que para entonces se había convertido ya en Benedicto XVI.

El cardenal Christoph Schönborn, actual arzobispo de Viena, quien pasó noches sin dormir trabajando en su viejo ordenador Apple para ofrecer su contribución de redacción a este resultado definitivo, explica el verdadero valor del Catecismo con estas palabras: «El Catecismo no puede convertirse nunca en pretexto de presunción y orgullo, pues más bien nos dice que en la vida somos siempre principiantes, como niños. Ante el Catecismo, el niño y el profesor siempre están al mismo nivel, pues ante los misterios de la fe siempre somos niños. Para mí, una imagen adecuada del Catecismo es ese niño con el que se encuentra san Agustín en la playa de Civitavecchia, que le da a entender que con todo su esfuerzo teológico nunca podrá agotar la profundidad del misterio de la Santísima Trinidad».

Ahora, el relevo de la aplicación del Catecismo lo ha tomado el Papa Francisco. El 27 de septiembre, el Pontífice se reunirá con 1.600 catequistas de unos 50 países, en un congreso internacional convocado en la recta final del Año de la fe, para abordar cómo hay que testimoniar y transmitir hoy la fe recogida en ese Catecismo.

Jesús Colina. Roma